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Passy en invierno : Arquitectura

Casino Holland, Leeuwarden

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El hotel está junto al Casino Holland. Según sales, tienes que torcer a la derecha para verlo. No hay motivo para acercarse, pero el aparcamiento es compartido. Así que está el hotel, el casino y luego una nave metálica enorme, todo seguido, haciendo una L. Aparqué el coche. Iba en diagonal hacia la puerta del hotel cuando oí el sonido de las vacas. Fui directo a la única puerta de la nave que estaba abierta. Desde el quicio vi varios cientos de vacas perfectamente estabuladas. De vez en cuando, una mugía. Se me acercó un hombre sonriente. Nos saludamos y me marché. Animado por la visión, entré en la puerta de al lado, la del casino. Era tarde, tenía hambre y todo estaba cerrado. En cuanto pisé la moqueta y vi las luces parpadeantes de la recepción, decidí cenarme las avellanas del minibar.

Al día siguiente el único rastro que quedaba era un par de contenedores.

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Un parque infantil en Achlumerstraat

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La asociación de vecinos Toekomst-Vosseparkwijk tiene un hermoso parque infantil en el número 1 de Achlumerstraat. En septiembre estuvo cerrado unos días por obras. Confío en que no lo hayan restaurado en exceso. Desde la calle, flanqueda por sencillas casas unifamiliares, sin persianas ni cortinas, pueden oírse las risas de los niños, pero hay que atravesar la puerta para llegar al castillo de madera, al anfiteatro hecho con traviesas, la guardería de inmensos lucernarios y ventanales desde los que pueden verse los bancos y las cocinitas de juguete, la arena y la tirolina.

Junto a la mesa de picnic, dos madres toman un café mientras miran a sus niños de reojo. Una de ellas ha vivido en España. Hablamos de gritar y del silencio

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de Orly a Denfert-Rochereau

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Querida A.:

Recordaba ayer nuestros cigarrillos a la salida del aeropuerto. Con qué avidez abríamos la cajetilla junto a la parada de los taxis. Desacompasado, el crescendo de los motores en el despegue, llegaba después de que los aviones estuvieran ya en el aire: el eco de las terminales, imagino. Una calada más antes de tomar allí mismo un taxi camino de la ciudad. Los anodinos hoteles para viajeros junto al peripherique y los edificios de las multinacionales que empiezan a iluminarse cuando cae la tarde, al lado de las últimas casas bajas; todo pasa por las ventanillas del taxi. Una mancha gris, con ecos de azul hielo, rosas y naranjas hasta  llegar al león de Denfert-Rochereau. Y ahí empieza París.

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Un café helado en Galaxidi

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En la rada de Chirolaka, la carretera va junto el mar. No hay protección ni arcén. Dos metros más abajo, el agua clara deja ver las piedras del fondo. Galaxidi fue refugio veraniego de armadores, tal vez hasta que algunos hicieron dinero suficiente para comprarse islas particulares. Quedan casas grandes, con las contraventanas cerradas. Las conservan aún y dan al conjunto un aire lánguido. En las callejas, la sombras son de azul cerúleo y las buganvillas trepan por las paredes soleadas.

La carretera llega hasta el puerto; antes hay un bar con sombra de toldos. Sirven café frappé y desde las tumbonas se ve la línea del horizonte. Ahora, al mediodía, el cielo y el mar están poco definidos. Ni haciendo visera con la mano se distinguen bien; como si la imprecisión proviniera de uno mismo, de un fallo en la vista o de más adentro.

Llega una pareja elegante. Unos 70 años. Ella se quita por la cabeza un ligero vestido de playa, se descalza y baja la escalerilla de hierro que, desde el muelle, da al mar. A él le cuesta un poco más quitarse los mocasines y los pantalones claros. Luego se quita el polo. Deja la ropa doblada sobre la tumbona, con los zapatos al pie, y se tira desde el borde del hormigón. Solo se oye el chapoteo; el desnivel impide verlos.

El verano debe ser esto: el cuerpo propio y los ajenos; un paisaje inconcreto y no saber si merece la pena acercarse hasta el museo marítimo.

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Museo de la Acrópolis, Atenas

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Del ombligo del mundo a Radio Éxito: 2800 años de adivinación

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Hay un momento en el que el arte y la fe dejan de ser compatibles en Delfos: la Pitia adivina el futuro tan cerca del hogar de las musas, que los sacerdotes entregan los oráculos en versos hexámetros. Sin embargo, la calidad de las rimas es lamentable y los peregrinos se extrañan de que Calíope no inspire más ardorosamente a los intérpretes.

Los sacerdotes optan entonces por el pragmatismo y formulan sus comentarios en prosa. La fe de los peregrinos no es cuestionable y ante ella, la poesía claudica.

Delante del ombligo del mundo, es inevitable pensar en magos y videntes. Al menos aquí, en Delfos, se hacían preguntas con enjundia. De ellas dependían la alianza de territorios o el inicio de una campaña militar. Si la suerte favorecía a quien formulaba la pregunta, la Vía Sacra se adornaba después con un nuevo edificio repleto de tesoros.

Recuerdo bien la primera vez que escuché Radio Éxito. Fue en Sevilla. Tirado en la cama de un hotel, oía la radio sin preocuparme del dial.

-La morena no puede ser. Es una relación que ha tenido él.
– Sí pero Está en el entorno. La luna es engaño.
-¿Y mi hija lo descubre?
-Ella no detecta el tema pero más tarde a él se le ve el plumero. Yo tengo la luna y eso es una falsedad.
-¿En qué entorno está el moreno?
-En el trabajo o en la situación familiar o en los amigos.
-Me dejas de piedra. Quiera el Santísimo que lo descubra antes. Yo no se lo voy a decir porque no me va a creer. Se va por las circunstancias.
-Exactamente. Ahí se ve.
-¿Y se va?
-A ver-. Se oye barajar con garbo durante un buen rato y con voz de circunstancias la vidente pregunta: -¿Se va a ir a vivir con la chica sagitariana? Cuando digas ya, paramos.
-Ya.
-Izquierda, centro o derecha.
-Centro.
-A mi me dicen firmemente que lo tienen proyectado. ¿Están los dos trabajando?
-Él hace algunas cosillas. Ella, nada.
-¡Ahí esta!
-Te entiendo perfectísimamente.
-¿Ves? El mago con el loco: es inestable.
Pero la casa es mía. ¿Ellos al final se van o lo paran de momento?
-Yo creo que hay un parón. Dime: la izquierda o la derecha.
-Izquierda.
-Aquí hay un engaño rotundo para tu hija, hay una amiga con derecho a. “Asín” que…
-¿Y tu ves que a él le sale trabajo?
-Vamos a ver-. De nuevo, voz de preguntar a los arcanos: -¿A libra de 22 le sale trabajo?  Dime la izquierda o la derecha.
-La derecha.
-¡El mago y la muerte! Cariño, este muchacho tampoco se mata por trabajar.

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De Castri a Delfos

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Escultura
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Antes de que trasladaran el pueblo colina abajo, Delfos se llamaba Castri. Las inscripciones de las piedras con las que habían construido la escuela dieron la pista de que no debía andar lejos el templo de Apolo.

Castri: parecía un nombre celta. En fin. El caso es que, conforme fueron apareciendo estatuillas y tambores de columnas, los arqueólogos franceses consiguieron convencer a las autoridades griegas para que desmantelaran el pueblo. Ahí lo tienes ahora, a 2 kilómetros de las ruinas: un par de calles prietas de hoteles con nombres rimbombantes y camas con colchones de muelles puntiagudos.

De todas formas, si el viajero tiene tiempo,  puede cenar en το πατρικό μας Ταβέρνα (la taberna de nuestro padre). La comida es buena y hay una excelente vista sobre el que fue el olivar más grande del mundo: una inmensa llanura de un verde acre, solo interrumpida por el último contrafuerte del Parnaso.

Allí abajo se ven las luces de la playa de Cirra. Sus habitantes pagaron caro el intento de cobrar peaje a los viajeros que desembarcaban en busca del oráculo.

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Avenida Dionysou Areopagitou

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Museo de la Acrópolis

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La senda de Pikionis

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Querido J.:

Tenías razón. Aún más con esta espalda mía, que voy mirando al suelo la mitad del tiempo.. El camino que sube a la Acrópolis es una especie de Via Profana por oposición a la Sacra que arranca en los Propileos.

He leído que el arquitecto que lo construyó, Dimitris Pikionis, advirtió a Karamanlis que, como en la antigüedad, necesitaba tiempo para llevar a cabo su obra. Usó la piedra de los edificios atenienses del XIX que fueron demolidos; una destrucción que él consideraba una vergüenza. Se encargó de echar abajo las casetas de recuerdos para turistas del camino y añadió vegetación aquí y allá. El resultado es tan elegante que pasa desapercibido. No se ve. Ni siquiera te das cuenta de lo fácil que es acceder a la colina. El despiece es sencillo porque todas las piedras tienen la misma consideración, sean como sean. Algunas son muy hermosas. Las hay que parecen la base de pequeñas columnas, otras son perfectamente rectangulares y las  que apenas alcanzan a ser un pedazo de ornamento. El paso de los visitantes durante todo el día las ha igualado, dándoles el aspecto de un mármol traslúcido.

El camino no encara los propileos. Entra por su derecha y se desdibuja. En ese momento, olvidas por dónde has venido. Tal es la humildad del dibujo de la senda. Solo después, acabada la visita, entiendes que has vuelto desde un recinto sagrado a la tierra de los mortales, mientras pisas de nuevo los restos ordenados. de lo que fueron palacios, casas, vasijas y decoraciones y que ahora son una larga alfombra.

Te agradezco mucho tu advertencia, porque de no haberme avisado, habría subido al Partenón a tontas y a locas.

Nos vemos pronto,

 

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La calle Mpoumpoulinas

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La vista desde la ventana del hotel es un caos caliente que anima a salir a la calle enseguida. En la aceras, lo árboles tienen medio tronco pintado de blanco, como los tenían aquí a los lados de las carreteras, antes de que los talaran. Muchos comercios están cerrados o tienen una actividad que parece de mera subsistencia. Cerca de la plaza Exarchia, hay coches quemados y las fachadas están empapeladas con carteles reivindicativos en los que se mezclan el griego y el español o aparece el rostro de un Txipras joven y despreocupado.

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De Salónica a Atenas

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Libros
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Llevo en la cabeza dos libros: La hora inmóvil de Bernad Plossu y PIGS de Carlos Spottorno. En el caso de Plossu, el libro no ha quedado bien. No sé por qué, las fotos tienen un tono caliente que no se corresponde con las copias que expuso en el Jardín Botánico. Las recuerdo más limpias, sin el añadido del acento que no les favorece. De todas formas, dan un idea del Mediterráneo muy personal. Tanto que, aunque se reconoce bien al autor, este se aleja de su punto de vista habitual y retrata las cosas por su nombre. Llama a los objetos con más claridad que en otras ocasiones, les da sentido, los aísla sin apartarlos del contexto y así los sumerge en una luz algo violenta y meridional.

Guardo el libro de Spottorno con cuidado porque lo editó en un papel casi de periódico. En la contraportada colocó el anuncio de un banco de su invención que luego ha vuelto a aparecer en alguna de sus publicaciones: el WTF Bank. “No necesitas dinero. Todo lo que necesitas es crédito”. Dice debajo de un hermoso Ferrari. Al contrario que en otros fotolibros contemporáneos, Spottorno hace alguna advertencia, de manera que la colección de imágenes que muestra -muchas de ellas paradójicas- resulta soportable para los ciudadanos del sur de Europa: “Esto es lo que veríamos –dice- si tradujéramos en imágenes los artículos que leemos en la prensa financiera”.

Los dos libros me sirven para viajar desde Salónica a Atenas por la A1. Si es cierto que los PIGS tienen una idiosincrasia particular, también lo es que nadie quiso ayudarles durante el siglo XX mientras, cada uno de ellos sufría el doloroso sarampión de sus respectivas dictaduras. Lo mismo que ha sucedido en toda la cuenca mediterránea. Llevo la ventanilla abierta y huele a almazaras, a pescado y a los ácidos que desprende la madera cuando se quema. Me viene a la cabeza, todo de una vez, la imagen de Franco y Eisenhower paseando en coche descubierto por la Castellana, la de Atenas desierta cuando el golpe de los coroneles o la de Sarkozy, gritando Vive la Libye! 

Aunque estaba avisado, me sorprende la montaña desparramada de hormigón que es Atenas. Las luces amarillas de las farolas iluminan el extrarradio que parece adentrarse hasta el centro de la ciudad. Llego al hotel sin contratiempos, cerca del parque Areos y el Museo Arqueológico Nacional.

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Akutagawa & Futagawa

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Querida B.:

Leí a pedazos Vida de un idiota. No pude hacerlo del tirón por miedo a caer en la melancolía. Tiene gracia; el libro resulta moderno por disparejo, casi parece hecho de retazos, como los kimonos antiguos pero enseguida te das cuenta de que todo tiene relación: las naranjas y la luz roja del tren, las habitaciones de hotel y la de los domicilios en los que vive Akutagawa. Todos los personajes son él mismo y el mar, en el horizonte… El spleen, la estética y el suicidio me resultan difíciles en la misma coctelera. Aquí, tal vez, con las gotas de exotismo oriental que da la distancia y las que añade, a su vez, las lecturas occidentales de Akutagawa, el resultado es más dulzón, aunque engañoso; como las tiras donde acaban pegadas las moscas en el verano.

 
Solo una cosa me salvó de la tristeza en la que me fue sumiendo la lectura de estos cuentos oscuros. Llegaron unos números de la Rural Houses of Japan cono fotos de Futagawa. Tampoco son la alegría de la huerta, no vayas a creer, pero me sacaron del pozo. Las casas del campo japonés, sin adornos, con todos los muebles recogidos y el hogar a ras de suelo, son tan parcas que animan el espíritu y Futagawa las fotografió como nadie. Así qué terminé el libro con las revistas cerca, por si acaso.  Cuando nuestro amigo se acercaba a la playa con intenciones aviesas o se encerraba en el cuarto del hotel demasiado tiempo, yo salía a tomar el aire unos años después: entre el 58 y el 60.

 
Nos vemos pronto,

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Atocha

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