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La calle Mercaderes

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El toro de fuego

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El Capitán Morgan en la calle Comedias

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Cómo elegir el sombrero adecuado

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Los girondinos de hoy y los de antes

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Nunca vamos a estar mejor

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Ça arrive tout le temps

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El hielo

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“Estaban obstinados en que su padre los llevara a conocer la portentosa novedad de los sabios de Memphis, anunciada a la entrada de una tienda que, según decían, perteneció al rey Salomón. Tanto insistieron, que José Arcadio Buendía pagó los treinta reales y los condujo hasta el centro de la carpa, donde había un gigante de torso peludo y cabeza rapada, con un anillo de cobre en la nariz y una pesada cadena de hierro en el tobillo, custodiando un cofre pirata. Al ser destapado por el gigante, el cofre dejó escapar un aliento glacial. Dentro solo había un bloque transparente, con infinitas agujas internas en las cuales se despedazaba en estrellas de colores la claridad del crepúsculo. Desconcertado, sabiendo que los niños esperaban una explicación inmediata, José Arcadio Buendía se atrevió a murmurar:
-Es el diamante más grande del mundo.
-No -corrigió el gitano-. Es hielo.”

Gabriel García Márquez, Cien años de soledad.

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De vuelta en el Metro con Herbert Tobias

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Espíritu y Naturaleza II, Heinz Heimsoeth

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“La antigua dualidad de la Naturaleza y el mundo del espíritu se ha superado en la unidad más alta de una construcción evolutiva y comprensiva de todo lo real. El sistema del Universo presentase ahora como una única y grandiosa serie gradual. En el mundo del espíritu prosíguese lo que la Naturaleza ha empezado y continuado hasta ese punto en que irrumpe en el hombre la conciencia (ante todo la mera conciencia sensible de la realidad y del yo). Hay un solo tema fundamental, en el cual intervienen los conflictos y las síntesis de todos los grados, desde la constitución dinámica de la materia hasta las más altas creaciones del espíritu humano: el devenir de la conciencia, el despliegue y la iluminación de la inteligencia por sí misma. Fichte ha fijado rectamente el tema de la filosofía: histórica pragmática de la conciencia. Pero no ha comenzado la construcción evolutiva realmente desde los cimientos. Su idealismo ético, que pretende reconocer en la Naturaleza tan solo el material para la acción y el contenido de la representación del espíritu consciente de sí mismo, comienza la serie gradual con el principio inmanente del yo y lo inconsciente en la conciencia misma. La filosofía de la Naturaleza es la que primero ha enseñado a perseguir de grado en grado, y desde los primeros inicios del ser, la prehistoria de esta inteligencia que se despliega en la conciencia, prehistoria que se afirma de un modo espontáneo en la realidad perfectamente inconsciente de la Naturaleza. De esta suerte se ha obtenido ‘una visión distinta de la filosofía verdaderamente universal’, que ‘enlaza entre sí los términos más opuestos del saber’, lo en sí del mundo exterior material y la íntima conciencia de sí de la inteligencia libre. Para este idealismo realista ya no es el espíritu una vida de conciencia que descansa sobre sí y gira dentro de sí misma meramente, sino que brota inmediatamente de los procesos de la Naturaleza (que son, por su intrínseca esencia, actividades espontáneas de una inteligencia esencialmente inconsciente y creadora de realidades) y está perdurablemente referida en la intuición y la acción, al mundo circundante real de la Naturaleza. Y a su vez Naturaleza es ahora ‘ya no un todo muerto, que llena meramente el espacio, sino más bien un todo dotado de vida, más y más transparente al espíritu incorporado en ella, y que finalmente, y por medio de la más alta espiritualización, retorna y se concluye a sí mismo’. Ya no hay, pues, dos mundos, de la Naturaleza y del espíritu, sino solo un mundo: el mundo de la inteligencia, que vuelve a sí misma, después de haberse desplegado productivamente en los grandes reinos graduales de lo ‘real’, primero, y de lo ‘ideal’, luego. Con esta concepción queda ‘todo dualismo aniquilado para siempre, y todo resulta absolutamente una sola cosa’.

Heinz Heimsoeth. La metafísica moderna. Trad. José Gaos. Madrid, revista de occidente, 1966, p. 214

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Espíritu y Naturaleza I, Fichte

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“…ahora bien, la primera actividad del Yo es tener conciencia de algo. Pero tener conciencia de algo significa producir por lo menos dos representaciones: de la cosa y de sí mismos como distintos de la cosa. También cuando medito sobre mí mismo, por ejemplo, en cierto modo hay dos mí mismo: el que observa y medita y el que es observado y meditado, si bien estos dos Yo, son el mismo Yo. Para poderlos distinguir decimos que uno es el Yo que observa y medita, mientras que el otro, dado que en aquel momento no funciona como conciencia sino como “objeto” que es observado, decimos que es no-conciencia o mejor, visto que la conciencia que observa es el Yo, lo llamamos no-Yo. Cuando reflexionamos sobre nosotros mismos tenemos pues un Yo que tiene conciencia de un no-Yo, y los dos son las misma cosa vista una vez como sujeto y la otra como objeto de la conciencia. Es aquí donde Fichte introduce la experiencia de la producción al lado del conocimiento. El Yo de por sí es Yo y basta; no hay necesidad ni obligación alguna de que devenga objeto de reflexión. Si se realiza después, dentro del Yo, la escisión entre Yo y no-Yo, es porque algo produce esta escisión del Yo en un sujeto que conoce y un objeto de conocimiento. Pero sabemos, sostiene Fichte, que esta distinción no puede ser producida por nadie más que por el Yo mismo que produce un Yo que conoce y un no-Yo que es conocido.

Con esto se desvela el misterio de la relación entre conocimiento y mundo natural: el conocimiento es todo lo que no es mundo y, viceversa, conocimiento y mundo son uno el límite del otro. Pero he aquí el punto verdaderamente fundamental, conocimiento y mundo natural conocido son ambos productos humanos. El mundo natural ya no es entidad extraña: hombre y naturaleza, Yo y no-Yo, son una única “cosa”. El ser humano, el Yo, es actividad teorética y práctica, cognoscitiva y productiva, pero si no se crease un mundo que pudiera actuar, ¿cómo podría realizarse a sí mismo? Pues, concluye Fichte, la Naturaleza es producida por el Yo a fin de que pueda conocer y obra, porque conocer y obrar son la esencia misma del Yo. Todo esto, escribe Fichte en su obra maestra La teoría de la ciencia (1794), sólo se puede mostrar, no demostrar como querrían los incrédulos. Que el Yo y el no-Yo, el hombre y la naturaleza, sean la misma cosa es evidente. Pero esta identidad puede ser entendida en dos sentidos opuestos. Se puede considerar que la Naturaleza produzca al hombre, sus ideas y el conocimiento, como los empiristas, o elevarse hasta la filosofía empirista, o elevarse hasta la filosofía idealista y afirmar que es el sujeto quien produce la Naturaleza y al mismo tiempo las ideas y el conocimiento. “La elección […] depende de lo que se es como hombre, porque un sistema filosófico no es mueble inerte, que se puede tomar o dejar a placer, sino que está animado por el espíritu del hombre que lo posee..”

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