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Passy en invierno : ©

Casino Holland, Leeuwarden

Arquitectura
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El hotel está junto al Casino Holland. Según sales, tienes que torcer a la derecha para verlo. No hay motivo para acercarse, pero el aparcamiento es compartido. Así que está el hotel, el casino y luego una nave metálica enorme, todo seguido, haciendo una L. Aparqué el coche. Iba en diagonal hacia la puerta del hotel cuando oí el sonido de las vacas. Fui directo a la única puerta de la nave que estaba abierta. Desde el quicio vi varios cientos de vacas perfectamente estabuladas. De vez en cuando, una mugía. Se me acercó un hombre sonriente. Nos saludamos y me marché. Animado por la visión, entré en la puerta de al lado, la del casino. Era tarde, tenía hambre y todo estaba cerrado. En cuanto pisé la moqueta y vi las luces parpadeantes de la recepción, decidí cenarme las avellanas del minibar.

Al día siguiente el único rastro que quedaba era un par de contenedores.

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Leeuwarden, Frisia

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Nieuwestad, Leeuwarden

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Willemskade, Leeuwarden

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Speelmanstraat, leeuwarden

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Un parque infantil en Achlumerstraat

Arquitectura
Blogs y Webs
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La asociación de vecinos Toekomst-Vosseparkwijk tiene un hermoso parque infantil en el número 1 de Achlumerstraat. En septiembre estuvo cerrado unos días por obras. Confío en que no lo hayan restaurado en exceso. Desde la calle, flanqueda por sencillas casas unifamiliares, sin persianas ni cortinas, pueden oírse las risas de los niños, pero hay que atravesar la puerta para llegar al castillo de madera, al anfiteatro hecho con traviesas, la guardería de inmensos lucernarios y ventanales desde los que pueden verse los bancos y las cocinitas de juguete, la arena y la tirolina.

Junto a la mesa de picnic, dos madres toman un café mientras miran a sus niños de reojo. Una de ellas ha vivido en España. Hablamos de gritar y del silencio

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Voorstreek, Leeuwarden

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Su compañero era más discreto en la forma de vestir y sin embargo iba cantando “Guantanomero” a voz en cuello. Tenían la tarde de agosto a sus espaldas y el aspecto de caminar juntos hasta el mar. Funcionaban bien como pareja, pero solo él se detuvo un momento. Guantanomero siguió hasta el semáforo y esperó a su colega moviendo los puños a la altura de su pecho, como si hiciera sonar unas maracas.

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Estimado Sr. Rauschenberg

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Una semana más

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La expo en el Polvorín de la Ciudadela se prorroga hasta el 14 de enero de 2018.

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Cerca del Ayuntamiento de Londres

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San Francisco desde el hotel

Mientras tanto
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de Orly a Denfert-Rochereau

Arquitectura
Correspondencia
Viajes
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Querida A.:

Recordaba ayer nuestros cigarrillos a la salida del aeropuerto. Con qué avidez abríamos la cajetilla junto a la parada de los taxis. Desacompasado, el crescendo de los motores en el despegue, llegaba después de que los aviones estuvieran ya en el aire: el eco de las terminales, imagino. Una calada más antes de tomar allí mismo un taxi camino de la ciudad. Los anodinos hoteles para viajeros junto al peripherique y los edificios de las multinacionales que empiezan a iluminarse cuando cae la tarde, al lado de las últimas casas bajas; todo pasa por las ventanillas del taxi. Una mancha gris, con ecos de azul hielo, rosas y naranjas hasta  llegar al león de Denfert-Rochereau. Y ahí empieza París.

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La torre del tambor

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Nikko. Vuelvo en 10 minutos

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Una caseta en Pekín

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El tren que enlaza Orly con la estación de Antony no tiene conductor. Parece que circula por su cuenta y riesgo. Ya hay algunos metros en París que funcionan igual, pero en este tren, el paisaje se ve de frente. La vista es libre y remite más a los entresijos del sistema automático que al gusto de la contemplación. Pienso si habrá alguien encargado del automatismo y si no será precisamente esta la hora de su almuerzo. No disfruto de la vista. A lo lejos viene otro tren. Seguramente por las vías paralelas, pero de momento no puedo distinguir si es es así. Esta madrugada no me he asustado con las turbulencias del avión, cuando atravesaba la tormenta, ni con los gritos del pasaje: ya se sabe que el piloto tiene el mismo deseo que tú de volver a casa. Pero ahora,veo el tren que se acerca y no me gusta. Quiero estar seguro de que viene por donde debe.

Desearía mirar el paisaje como en el tren que corre paralelo al Hudson, en el que uno puede sentarse en la locomotora de cola, seguro de que en la de cabeza, un maquinista se encarga de guiar el convoy. Atrás, el río, los árboles y el terraplén se alejan engullidos por la perspectiva, cuyo punto de fuga varía conforme las curvas se suceden.

El paisaje no es solo un instrumento para recordar. Su sentido radica más bien en la creación de relaciones y posibilidades. Eliminada la melancolía que le es propia, se convierte en un motor de correspondencias cuyo engranaje es capaz de atraer hacia sí ideas y argumentos. Quien en un día cualquiera, dice Martin Seel, sale de la oficina, de la fábrica o del aula al espacio abierto y se detiene estéticamente ante una cosa o ante una escena cualquiera, no está proyectando el arte a la vida, sino abandonándose al aparecer irremplazable de lo real, presente en todas partes. El entusiasmo por lo que aparece no se verifica solo para el arte, sino que es válido para una forma de demorarse en el tiempo de la existencia, en permanente evanescencia, donde quiera que acontezca.

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