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Passy en invierno : Escultura

El Jinete de Artemision y Montaigne

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El jinete de Artemision es un niño, posiblemente africano. O monta habitualmente o aquel día, en las cuadras, decide subirse por su cuenta a un caballo que sale, también por la suya, a todo galope.

Su cara tiene ya las arrugas de lo pudo llegar a ser: determinación, valentía y miedo también.

El giro del caballo y el jinete hace pensar en aquel primer movimiento de cintura de las vírgenes góticas que parece la salida del túnel: la idea de que no todo permanecerá rígido para siempre. Aquí, 18 siglos antes de que a un artesano se le ocurriera que la madre de un dios también tiene caderas, otro nos enseña que en la representación de lo cotidiano se encierra un misterio de proporciones olímpicas.
Dice Montaigne: “Yo, que últimamente me he recogido en mi casa decidido, en cuanto de mi voluntad dependa, a pasar en reposo y solo la poca vida que me queda, pareciome no poder prestar beneficio mayor a mi espíritu que dejarlo en plena libertad, abandonado a sus propias fuerzas, que se detuviese donde tuviera por conveniente, con lo cual esperaba que pudiera en lo sucesivo adquirir mayor madurez; mas yo creo que ocurre precisamente lo contrario. Cuando el caballo escapa solo, toma cien veces más carrera que cuando el jinete lo conduce; mi espíritu ocioso engendra tantas quimeras, tantos monstruos fantásticos, sin darse tregua ni reposo, sin orden ni concierto, que para poder contemplar a mi gusto la ineptitud y singularidad de los mismos, he comenzado a poneros por escrito, esperando con el tiempo que se avergüence al contemplar imaginaciones tales”.

Con un jinete como el de Artemision no parece tampoco que haya pensamiento que se detenga.

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De Castri a Delfos

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Antes de que trasladaran el pueblo colina abajo, Delfos se llamaba Castri. Las inscripciones de las piedras con las que habían construido la escuela dieron la pista de que no debía andar lejos el templo de Apolo.

Castri: parecía un nombre celta. En fin. El caso es que, conforme fueron apareciendo estatuillas y tambores de columnas, los arqueólogos franceses consiguieron convencer a las autoridades griegas para que desmantelaran el pueblo. Ahí lo tienes ahora, a 2 kilómetros de las ruinas: un par de calles prietas de hoteles con nombres rimbombantes y camas con colchones de muelles puntiagudos.

De todas formas, si el viajero tiene tiempo,  puede cenar en το πατρικό μας Ταβέρνα (la taberna de nuestro padre). La comida es buena y hay una excelente vista sobre el que fue el olivar más grande del mundo: una inmensa llanura de un verde acre, solo interrumpida por el último contrafuerte del Parnaso.

Allí abajo se ven las luces de la playa de Cirra. Sus habitantes pagaron caro el intento de cobrar peaje a los viajeros que desembarcaban en busca del oráculo.

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Quai Branly

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Museo Nacional de Tokio

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Mizuko kuyō

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El consuelo, la culpa

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José Ramón Anda en Bergara

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carmen-y-jose-ramonQuerido José Ramón:

Ya sabes cómo son las casualidades: llevaba años detrás de una vieja edición de El cementerio marino y no había manera de encontrarla. Hasta el otro día, cuando me llamaste. Fue colgar y venírseme a la mano este ejemplar editado por Alianza que parecía esperar el rescate, ajado y con los bordes amarillos.

Hay un prólogo del propio Valéry en el que habla de algo que me rondaba hacía tiempo: la construcción del poema y por extensión de cualquier obra de arte, a partir de un compromiso con unas condiciones determinadas.

“Cada vez que pienso en el arte de escribir (en verso o en prosa), el mismo «ideal» se me ofrece. El mito de la «creación» nos seduce para querer hacer algo de nada. Sueño, entonces, que encuentro progresivamente mi obra a partir de puras condiciones de forma, cada vez más reflexionadas, cada vez más precisadas, hasta el punto de proponer o imponer casi…un tema o, al menos, una familia de temas”.

“Observemos –dice después- que las condiciones de forma precisas no son sino la expresión de la inteligencia y de la conciencia de que poseemos medios de los que podemos disponer y de su alcance así como de sus límites y sus defectos”.

En tu caso, esos medios tan concretos y de los que no te has apartado durante todo este tiempo, condicionan inexorablemente la idea, la hacen aparecer. Una y otra –idea y representación- resultan inseparables. Cuanta mayor es la exactitud en la forma, más clara resulta la contemplación de la obra. No estoy contra el azar, ya ves: el azar me ha hecho encontrar el texto que buscaba. Tú mismo has llamado Ezustekoa a un par de esculturas en las que la forma previa te llevó a resultados poco previstos. Sin embargo, es el rigor, convertido al final en una aparente sencillez, el que nos permite comprender. “Lo espontáneo –dice Valéry- aunque sea excelente o incluso seductor, nunca me parece bastante mío”.

Miro estas últimas esculturas tuyas hechas de tilo, mientras me explicas cómo has vaciado los troncos enseguida, para que la madera no se estropee. La elección de la métrica: una madera clara, un calibre determinado y la decisión impuesta por la materia que da lugar a un lugar más íntimo. Son esculturas franqueables y casi preparadas para ser colocadas en el paisaje, variantes de aquellos troncos huecos que ahora se abren. De miradores del cielo, pasan a ser lugares que incluyen en sí mismos el contenido al que dan acceso.

Atravesarlas equivale a estar en ellas. En el caso de otras puertas, las tori japonesas o tu propia puerta del parque de la memoria, Atariaren beasarkada , es necesario cruzar su umbral porque funcionan a modo de separación entre el lugar profano y el sagrado. Estas, al contrario, no llevan a ninguna parte, porque todo está en ellas. Cruzarlas es permanecer en ellas y la meditación, el acceso a la idea, no se pospone para un lugar más alejado. Todo proviene de la misma condición, como habría dicho Valéry. La materia impone el tema. O tal vez, consciente o inconscientemente, es el deseo el que busca en la materia. Sea como fuere, el todo resulta mayor que la suma de las partes y así, las nociones más simples se diluyen en favor de un ser–estar, el être francés, una cierta indefinición en lo contemplado a través de la exactitud de las formas.

Tal vez sea la relación profunda entre idea y materia la que hace desaparecer cualquier atisbo de narración y permite que lo abstracto, en su sentido más espiritual, resulte tan evidente. Y eso es lo conmovedor para el que observa, porque no puede dejar de mirar sin mirarse a sí mismo, como en estos versos de nuestro poeta:

“Para mí solo, en mí solo, en mí mismo
Y junto a un corazón, del verso fuente,
Entre el vacío y el suceso puro,
De mi grandeza interna espero el eco:
Es la amarga cisterna que en el alma
Hace sonar, futuro siempre, un hueco”. (1)

Con el deseo de verte pronto,

José Ramón Anda expone en Aroztegi Aretoa. Barrenkalea, 7, Bergara (Gipuzkoa) del 18 de septiembre a l 11 de octubre
En la foto, Carmen Otermin y José Ramón Anda

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Que se vele el negativo

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Registro 2505 Fundación Oteiza

 

“De niño comencé mi escultura como fotógrafo, construí yo mi primera máquina, haciendo un pequeño agujero en una piedra, para descubrir distinto lo que veía o lo que no veía bien, era un punto de luz que mi agujero de luz definía en redondo, un fotograma que obtenía de un mundo en la sombra, un instante de comprensión luminosa y espacial. Y terminé de escultor estropeando voluntariamente mi vieja cámara de fotógrafo, al abrir la escultura de mi Caja vacía para que le entrase y se llenase toda de luz”.

Fotografía Vasca y fotomaquia

Jorge Oteiza

Más, Aquí

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En la biblioteca de Alzuza

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“Hasta que no ordene y revise mi pobre biblioteca…”

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En el estudio de José Ramón Anda

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vía: jennilee

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El MAN con tapones

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Del Museo Arqueológico Nacional lo mejor es el acrónimo. Para sí lo quisiera le Musée de l´Homme en Paris. La remodelación del M A N no ha evitado que siga siendo un lugar anodino, poco atractivo, en el que el visitante recorre vitrinas tan pesadas como aquellas del parisino Museo del Hombre, ahora y hasta 2015 en obras. Será el espíritu de los tiempos o la calificación de bien de interés cultural del edificio pero la impronta es tan academicista que la visita se parece mucho a la lectura de aquellos libros de historia en los que uno, en el marasmo infantil, debía hacer un enorme esfuerzo por distinguir a los hititas de los sumerios. La falta de gracia de las salas ha de ser compensada de alguna forma. Tal ve la disposición de las obras, la forma de contar la historia o incluso la revisión de los objetos expuestos.

Las salas antiguas del British o las de la Biblioteca Nacional Española tienen el encanto de lo perdurable, de la exquisitez de lo museístico. El museo de Quai Branly, del criticado Jean Nouvel, hacen de la antropología un asunto emocionante para quien se acerca con un mínimo interés. En el M A N uno tiende a quedarse más bien frío porque incluso la contemplación de una vasija , una escultura o cualquier otra pieza concreta se ve acompañada de unas condiciones muy poco propicias. Antiguas podríamos decir.

El edificio tampoco es muy buen anfitrión para el visitante: la planta baja del M A N está concebida de tal forma que el mostrador de información pasa casi desapercibido, En la taquilla –atendida por un solo trabajador- más de 10 personas equivalen a una cola amorfa e ingobernable y si uno quiere visitar la exposición temporal ha de volver hacia atrás siguiendo indicaciones confusas y poco lógicas.

Queda, de todas formas, el ejercicio de la abstracción. Apartarse de todo y mirar cualquiera de las maravillas que pueden verse en el museo. A no ser, claro, que un padre de familia aparezca al otro lado de la sala, explicado a sus vástagos y a su cónyuge, que tanatos significa muerte y que por eso los tanatorios y que tenemos que ir a Grecia y que os acordáis cuando estuvimos en Egipto y ahora veremos las momias y cuánto grita usted y menos mal que llevo en el bolsillo los tapones que uso para viajar en el Alvia.

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La casa y el rostro del juez Elí

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miguel-leache-eli-juezDe la ornamentación del claustro de san Zoilo, esta imagen de Elí, uno de los jueces de Israel. 40 años impartiendo justicia para terminar así, viejo, desdentado y ciego. Elí parece escuchar la profecía de Samuel a quien él mismo había enseñado en la fe desde niño.

 

“Un hombre de Dios se presentó a Elí y le dijo: «Así habla el Señor: Yo me revelé a la familia de tu padre, cuando ellos estaban en Egipto, bajo el poder de la casa del Faraón. Elegí a tu padre entre todas las tribus de Israel, para que fuera mi sacerdote y subiera a mi altar, para que hiciera arder el incienso y llevara el efod en mi presencia. Y asigné a la familia de tu padre todas las ofrendas que hacen quemar los israelitas. ¿Por qué entonces pisotean mi sacrificio y mi ofrenda, que yo prescribí para mi Morada? ¿Por qué honras a tus hijos más que a mí, haciéndolos engordar con lo mejor de todas las ofrendas de mi pueblo Israel? Por eso, el Señor, el Dios de Israel, pronuncia este oráculo: Yo había dicho que tu familia caminaría siempre en mi presencia. Pero ahora –oráculo de Señor– ¡lejos de mí todo eso! Porque yo honro a los que me honran, pero los que me desprecian son humillados. Llegan los días en que amputaré tu brazo y el de la familia de tu padre, de manera que no habrá más ancianos en tu casa. Tú verás un rival en la Morada; y aunque todo le vaya bien a Israel, nunca habrá ancianos en tu casa. Sin embargo, mantendré a algunos de tus descendientes cerca de mi altar, para que se consuman tus ojos y se desgaste tu vida; pero todos los vástagos de tu casa morirán en la flor de la edad. Y te servirá de señal lo que les sucederá a tus hijos Jofní y Pinjás: ambos morirán el mismo día. En cambio, yo me suscitaré un sacerdote fiel, que obrará conforme a mi corazón y a mis deseos. Yo le edificaré una casa duradera, y él caminará en presencia de mi Ungido todos los días de su vida. Y todos los que subsistan de tu casa irán a postrarse delante de él por una moneda de plata y una miga de pan, y le dirán: Admíteme, por favor, a cualquiera de las funciones sacerdotales, para que tenga un pedazo de pan que comer»”.

 

El libro de Samuel

 

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Joel Saphiro y el tamaño de las cosas

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