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Passy en invierno : Estados

Akutagawa & Futagawa

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Querida B.:

Leí a pedazos Vida de un idiota. No pude hacerlo del tirón por miedo a caer en la melancolía. Tiene gracia; el libro resulta moderno por disparejo, casi parece hecho de retazos, como los kimonos antiguos pero enseguida te das cuenta de que todo tiene relación: las naranjas y la luz roja del tren, las habitaciones de hotel y la de los domicilios en los que vive Akutagawa. Todos los personajes son él mismo y el mar, en el horizonte… El spleen, la estética y el suicidio me resultan difíciles en la misma coctelera. Aquí, tal vez, con las gotas de exotismo oriental que da la distancia y las que añade, a su vez, las lecturas occidentales de Akutagawa, el resultado es más dulzón, aunque engañoso; como las tiras donde acaban pegadas las moscas en el verano.

 
Solo una cosa me salvó de la tristeza en la que me fue sumiendo la lectura de estos cuentos oscuros. Llegaron unos números de la Rural Houses of Japan cono fotos de Futagawa. Tampoco son la alegría de la huerta, no vayas a creer, pero me sacaron del pozo. Las casas del campo japonés, sin adornos, con todos los muebles recogidos y el hogar a ras de suelo, son tan parcas que animan el espíritu y Futagawa las fotografió como nadie. Así qué terminé el libro con las revistas cerca, por si acaso.  Cuando nuestro amigo se acercaba a la playa con intenciones aviesas o se encerraba en el cuarto del hotel demasiado tiempo, yo salía a tomar el aire unos años después: entre el 58 y el 60.

 
Nos vemos pronto,

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Guerre à la tristesse

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Estimada Sra. Lindo:

Ya no me quedo más de 2 días en sanfermines. El 8 me voy a cualquier sitio. Iba a llover al este y salí camino del Maestrazgo. A 400 km de casa, Pamplona era una altar dedicado a la tortura y la violación. Debería haber viajado sin móvil. Los periodistas más insignes dedicaban sus reflexiones a un puré de toros, alcohol, fiesta y abusos sexuales; una especie de cinta de Moebius en la que no se puede distinguir dónde empieza una cosa y acaba otra. He leído hoy su artículo que ha resultado una especie de guinda, ¡Viva la Cultura! Inevitable recordar el grito de Millán-Astray. Algo más joven que el del general golpista  prefiero el de Inge Morath: Guerre à la trisstesse!

Ese no salir del cascarón, Sra. Lindo, no es un patrimonio nacional. Eche un ojo a la Gran Bretaña y a su nuevo Consejo de Ministros o a la China milenaria. Quitarse de encima los prejuicios es un negocio personalísimo, porque si hablamos en términos de país, sabe usted que nuestras ansias de europeísmo no tienen rival en toda la Unión.

A pesar de lo que dice el vals de Astráin y a no ser que el catetismo sea supino, nadie cree que las de su pueblo sean “en el mundo entero unas fiestas sin igual”. Si los periódicos son incapaces de hacer periodismo de calidad y dar contenido a las páginas de Cultura, es su problema, no el de los lectores. Le recuerdo que en el periódico en el que usted escribe hay una hermosa sección dedicada a la tauromaquia y si la prensa española quiere espejos en los que mirarse, solo tiene que cruzar la frontera o preguntarle a usted acerca de lo que lee en inglés.

“Nunca te olvides de que esto es España” dice usted. Yo tampoco voy a los toros. Dejé de ir no hace mucho. Antes me gustaban. Hasta me sabía algunos artículos del reglamento. Ya no me interesan. Ahora prefiero la pelota. Claro que esto tiene un inconveniente: es más localista, más provinciana. Sin embargo, mientras recorría el Maestrazgo, La Iglesuela del Cid, Mirambel, veía cómo preparaban sus calles para los festejos taurinos. En Cantavieja oí la noticia de la muerte del torero Barrio y también leí las barbaridades de algunos tuiteros. Creo como usted que los toros desaparecerán tarde o temprano porque si está mal tirar una cabra desde un campanario o arrancarle la cabeza a un pato corriendo a galope tendido, la lidia de un animal hasta su muerte tampoco parece de recibo. Todo llegará. (Los mayas dejaron de jugar a la pelota: al que perdía, lo pasaban a cuchillo).

Me parece que aún vive usted en los Estados Unidos de América y aunque es un país hecho de emigración, sabe que ahí sí que puede decirse “Nunca te olvides de que esto es USA”. Cualquier celebración, por no hablar de cualquier invasión patriótica es un buen ejemplo del localismo norteamericano.

Hablaba usted el otro día en la radio del 15% de la población norteamericana: de los negros. Tal y como lo contaba usted y por lo que se ve en las grabaciones de los videoaficionados, si tuviera que elegir, prefiero el toreo, que –por cierto- no es solo un asunto español: Aunque a mi no me verá en sus gradas, las plazas del sur de Francia programan festejos de primer nivel, lo mismo que algunos países centroamericanos.

Si quiere hablamos ahora de los decibelios y el alcohol.  Ya que se cita a sí misma y a los que son como usted, haré  lo propio. En toda mi vida -apenas nos separan 2 años- he estado en uno o dos conciertos de música popular. Prefiero la música clásica. Si Anne-Sophie Mutter toca cerca, igual voy y he recorrido un buen puñado de kilómetros para oír a La Netrebko. Eso no me impide reconocer que el rock es cultura y que su transmisión se produce a base de  decibelios, algo que soporto con mucha dificultad, al contrario que cientos de miles de personas en todo el mundo, desde Central Park a La Défense,  que disfrutan de lo que les gusta a todo volumen. Seguro que habrá visto el documental del concierto de los Beatles en el Shea Stadium delante de 55.000 personas. Sé que le gustan. El equipo de sonido que llevaban para la gira fue insuficiente y “muchas adolescentes y mujeres fueron vistas llorando, gritando, e incluso desmayadas”.

Ese grupo de personas al que usted dice pertenecer y al que con ironía atribuye una “falta de sensibilidad cultural necesaria”, sabe perfectamente diferenciar entre unas cosas y otras.  No es el Lincoln Center ni su orquesta de jazz pero le pondré como ejemplo las cifras que acaba de publicar el Ayuntamiento de Pamplona: “1,5 millones de personas han participado en los actos programados dentro de las fiestas de San Fermín que este año han contado con cinco espacios participativos impulsados por distintos colectivos. En las cifras totales destacan el número de personas que se acercaron a ver los disparos de las colecciones de fuegos artificiales y que sumaron 424.000 espectadores y las que acudieron a las verbenas que han regresado a la Plaza del Castillo (más de 140.000 personas). Otro incremento de público reseñable se ha producido en el ciclo Jazzfermín”. Tal vez no sean actividades a las que Fumaroli daría su placet pero Colina y Domínguez tampoco están mal.

Lo del “desparrame” me parece algo vago, aunque como creo que le entiendo, le diré que no sabe usted cómo lo pasamos. Se disfruta mucho. Ves a amigos con los que no coincides durante meses, paseas por una ciudad irreconocible, blanca y roja, llena de alegría. Una ciudad abierta, dispuesta a disfrutar después de un año de trabajo. Ya sabe usted que san Fermín se celebraba el 24  de septiembre pero por motivos meteorológicos, hace mucho que se decidió adelantar la fecha a julio. Es una fiesta mitad religiosa mitad pagana, como casi todas las fiestas europeas. Ni mejor ni peor. Tan socializadora como todas. Tan desparramada como todas. Con los mismos decibelios que las que se celebran en Berlín. No; no es verdad. Con menos decibelios que las berlinesas. Con la misma producción de basura, con los mismos riesgos, con las mismas grescas, con los mismos hurtos y luego hablaremos de lo demás.

En cuanto a esto de las “Las mujeres que ostentan algún tipo de cargo en la ciudad saben a qué ha respondido este tabú que comenzó a resquebrajarse cuando se produjo el asesinato de Nagore Laffage”, ¿por qué las mujeres? ¿por qué las que ostentan un cargo público? El derecho y la representación política van siempre detrás del ciudadano. Esto es siempre así: el legislador, el político responden –si es que responden- a un clima determinado. Ese tabú se resquebrajó  desde abajo y gracias a eso, este año, en el 87% de los casos las denuncias de abusos o violaciones han terminado con la detención de los agresores.

Desde luego, la prensa no ayuda mucho en todo esto: publica fotos y artículos de hace 4 años, funde locuciones relativas a los abusos con imágenes de parejas que pasean de la mano en sanfermines, da voz a tertulianos como Victoria Lafora que dice “que los jóvenes que corren delante del toro tienen tal adrenalina, se sienten tan machos, tan fuertes porque son capaces de sortear el riesgo de un animal que creen que la calle y las mujeres son suyas” Si además usted refiere cosas como que “a diario se nos ha venido informando de los encierros sanfermineros, que han tenido también su salto a la página de sucesos con las cinco o siete agresiones sexuales denunciadas” comprenderá que el cacao resulta más bien espeso aunque pro domo prensa. Como siempre.

Las fiestas no son sagradas, ni las ancestrales ni las que se acaban de inventar. El dinero es sagrado. Por eso no se denuncia ¿Qué cree usted que pasa en las fiestas de Bayonne, en el Oktoberfest de Munich o en cualquier festival de rock? De los hijos de Woodstock, ni hablamos. Sin embargo, en Pamplona, ahora sí se denuncia y, a pesar del flaco favor que la prensa está haciendo a la ciudad, a la fiesta y a sí misma, resulta gratificante comprobar que hemos aprendido a distinguir y que la Administración apoya y promueve una actitud inequívoca que no tiene que ver con la tradición, con los toros, con la fiesta ni con la testosterona.

La ciudad no se entrega al exceso ni hay necesidad de superar ningún miedo. ¿Miedo de qué? Desde luego yo no puedo decir que durante los años en lo que he participado activamente en la fiesta haya visto cometer ninguna brutalidad. A no ser que pueda ser tenida por tal cosa beber, reir, cantar, bailar o andar de farra hasta las tantas. He pillado trompas de mucho mayor calibre en cualquier otro momento y siempre he tenido la sensación de que la masa estaba en otra parte. El único momento de los sanfermines en que me he sentido parte activa de un grupo numeroso fue en el Riau-riau, cuando de forma más o menos pacífica, empujábamos a los municipales para impedir el avance de la Corporación hacia las Vísperas. Luego, aquello se estropeó. Pero durante unos años aquella forma de protesta contra la Autoridad, fuera del signo que fuera, resultaba gratificante. Todos sabíamos el papel que jugábamos: el munícipe, el policía y el ciudadano. Era la tarde en la que podías empujar. Era la masa, sí, pero una masa que conocía perfectamente sus límites. Solo la política consiguió acabar con aquel juego. Yo también temo a la “masa feroz”. Me provoca pánico. Pero créame si le digo que no la encontrará aquí. Verá el alcohol sin medida como en cualquier sitio: en quien no sabe beber o en quien lo hace por primera vez.

Recuerdo el 78, cuando mataron a Germán Rodríguez. El Ayuntamiento suspendió las fiestas. No hubo dudas:  7.000 disparos de material antidisturbios y 130 disparos de bala. Seguro que usted se acuerda también de la enorme tensión que se produjo. Sí. Hubo luto entonces, como ahora ha habido manifestaciones que han llenado la Plaza del Castillo contra las agresiones. Tampoco ha habido dudas. Pero usted prefiere el batiburrillo. Ese sentirse ajena que proclama, parece más bien aplicable al discernimiento de los hechos. Como a usted y como a mí, los toros no le interesan a un número creciente de españoles. Lo mismo que los decibelios. No digamos si ya hemos cumplido unos años. Parece usted sentirse ajena a que no estamos dispuestos a tolerar los abusos sexuales, a que una cosa y otra no tienen la más mínima relación, a que la mayoría no hemos tolerado nunca el delito y que algunos que descreíamos de la prensa, empezamos a no tolerar los abusos del periodismo.

Ya sabe usted que no es sosa. Aunque tampoco es valiente. Lo que ha escrito usted es simplemente correcto: políticamente correcto. Vamos, lo que se lleva ahora.

Con afecto,

 

p.d. Entienda por favor que los enlaces son para mí. Tengo menos memoria que Dory.

Otra cosa: se habrá fijado que en ninguna de las fotos que la prensa publica a troche y moche, se protege la intimidad de las chicas que enseñan el pecho. Sí, lo hacen voluntariamente. Pero digo yo que, posiblemente, cualquiera de ellas deseará no ser reconocida en las imágenes que circulan en la televisión y los periódicos. Ni un triste rectángulo tapando los ojos. ¿Para qué? ¿Para estropear la imagen?

 

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Bodas, cigarrillos y Thomas Sauvin

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Querida A.:

¿Qué regalamos en nuestra boda? Ya no se llevaban los puros ¿o sí? A las chicas, peladillas en unas bolsas de celofán. No me acuerdo. Fuimos de mesa en mesa, como se va ahora. Ahora ¿Qué se regala? Hubo unos años en los que se generalizó el pitillo rubio: unos paquetitos de Winston de 10 cigarrillos con los que, como dice san Pablo, no se hacía acepción de personas. Todos fumábamos entonces y unos flajos para la sobremesa era una buena idea; ya había entonces quien se quejaba del tufo de los habanos. Aquellas vitolas con los anillos entrelazados o con las efigies de los contrayentes, eran cosa de ver. Cuántos de esos puros han andado por casa haciendo kirrís-karrás.

Todo esto para decirte que llegó el otro día un librito que habla de las bodas y los cigarrillos al otro lado del mundo. Thomas Sauvin ha publicado una minucia en forma de paquete de tabaco, que contiene Hasta que la muerte nos separe. Las fotos forman parte de un archivo rescatado en una planta de reciclaje en las afueras de Pekín. Mientras las veo, recuerdo el primer cigarrillo que fumamos juntos, detrás de unas matas; recuerdo las marcas que fumábamos cada uno –tú negro y yo rubio-, del tufo en la ropa y de la dificultad para dejarlo. Recuerdo también a mi padre, 20 años después de dejarlo él, una noche de san Lorenzo, en Ortzantzurieta.

-Ahora me fumaría un cigarro-. Dijo, cruzando las manos detrás de la cabeza.

(Más, en Josef Chladek Photobook Blog)

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Una foto para el Facebook

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¿Le importa que me haga una foto con usted antes de que tire de la anilla?

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Todo es cuestión de tiempo

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25 años después de un juicio por obscenidad, Cincinnati reflexiona sobre Robert Mapplethorpe
“¿Qué piensa usted cuando escucha el nombre de Robert Mapplethorpe? Para muchas personas, la mención del artista evoca conflictos críticos y momentos culturales en la historia de América: la crisis del SIDA y las vidas perdidas; una época pasada en la historia bohemia de Nueva York (los días de Kansas City de Max y el Hotel Chelsea); la aceptación de la fotografía como medio de bellas artes”.

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De vuelta

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Los fingers son una parte muy melancólica de los aeropuertos. Cuando no están unidos a los aviones, es mejor no mirarlos demasiado tiempo. No hace falta explicar por qué. Además de lo obvio, esa falta de conexión produce una línea vertical semejante a las esquinas hopperianas desamparadas y taciturnas. La diferencia está en que aquí, en el aeropuerto, todo parece tener solución. Al abrigo de la intemperie, detrás de las cristaleras, sabemos que vendrán los aviones. Pasan los vehículos eléctricos empujando caravanas de carritos; hay periódicos y alguien te mira la maleta, por si llevas un bote de desodorante demasiado grande.

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Shimokitazawa Festival

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Mizuko kuyō

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El consuelo, la culpa

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108 pasiones

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La torre de Tokio es muy fea. Es una especie de torre Eiffel sin gracia, pero como está pintada conforme a las normas internacionales de aviación, al menos trae a la memoria los comics de Tintín.

Desde la terraza acristalada, el título de Vila-Matas resulta intercambiable: Tokio no se acaba nunca. El horizonte es una ansiedad que solo se calma reduciendo el campo de visión: justo aquí abajo, aparecen, entre los árboles, los tejados grises del templo de Zojo-Ji. Los budistas también tienen sus sectas y la Jodo-shu es la más extendida en el Japón. Este es su templo principal. Casi escondido en un bosquecillo de coníferas, un monje tañe con un madero la campana que purifica a los fieles y los aparta de las 108 pasiones que les impiden seguir el camino recto. ¡108! Si al menos sirviera para conservar las pocas que conozco.

Dentro del templo principal está terminando la oración de la tarde. Van a cerrar.

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El puente sobre el Katsura

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Anímate. Enseguida estamos en casa. Es como el otro día junto al puente sobre el río Katsura. Cómo llovía. Hubo un momento en el que pareció que nunca acabaría de llover. ¿Te acuerdas? Refugiados en el porche de una casa particular, junto al café. Creo que ninguno hizo una foto. Bueno, para eso está internet. Aquí el cielo está despejado y pasa un ciclista. El sol del mediodía ilumina su cara o más bien su borrón legal. ¿De dónde sacaban los de aquella tarde sus trajes para el agua? En cuanto cayó la primera gota, aparecieron de la nada, pedaleando vestidos de plástico amarillo o naranja. Llovía como en las xilografías japonesas, con esas gotas gordas que se ven caer contra el suelo. Ni un solo taxi libre y la parada del autobús, al otro lado de la calle. Mucho más allá, al final del puente, la ciudad. Anímate. En cuatro días estamos en casa.

 

 

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El género, la literatura

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Estimado I.:

Tardé mucho en llegar al hotel y creo que terminé de enfriarme. Desde Neptuno el tráfico estaba interrumpido por una manifestación. No era muy numerosa pero el colapso fue inversamente proporcional. Pasaba por allí y me llamaron la atención los gritos. Algo acerca de tus dientes contra el bordillo.

Patriarcado asesino, decía la pancarta de la cabecera, en referencia a la violencia de género. Detrás, los manifestantes, en su mayoría chicas muy jóvenes enarbolaban carteles con los nombre de las asesinadas en el último año. A la derecha de la cabecera, camina por su cuenta una mujer con una gran coleta cana tirando de un carro de la compra, en el que lleva cajas de cartón con su propia propaganda. En un momento determinado coloca una pegatina en el megáfono de una de las chicas y a esta no le sienta bien.

-¿Así cómo vamos a hacer la revolución, compañera?- Le recrimina la veterana.

La marcha va precedida por 10 o 12 policías, sus furgonetas con las luces de emergencia y una ambulancia. Los agentes caminan como de puntillas mientras escuchan tras ellos qué es ser un hombre

Ya ha caído la noche y hace frío. Se restablece el tráfico y paro un taxi. Hay que dar un largo rodeo porque la Gran Vía está cortada. Hay un desfile de carnaval. El taxista se disculpa porque soy su tercer cliente y es su primer día. En realidad acaba de obtener la licencia y ha contratado a un conductor que se ocupará del coche a partir de mañana. Cree que la cosa será rentable. No le voy a decir yo que todos sus colegas con los que hablo dicen que el negocio es una ruina. Uno me ha dicho esta mañana que va un 10% por debajo de los gastos. A otro le he prestado el móvil porque no actualiza su Tom Tom desde vete a saber cuándo.

Me pitan los oídos en la recepción del hotel. Los recepcionistas están cortados por el mismo patrón: dos jóvenes semi hipsters con pulseras de tela –I love Río-, barba y pelo a la cabaña sujeto con gomina. El registro va lento y me noto las rodillas. El chico se queja soltando aire por la nariz pero esto no acelera el trámite.

Ya no salgo a cenar y saco de la maleta el libro que me vendiste. El título me sonaba de algo. Luego caí. El blog de Juan Carlos Monedero se llama comiendo tierra. Nada más, porque de Branimir Šćepanović no sabía nada.

Dos cazadores pasan la noche en una tienda de campaña cerca del bosque. Va a amanecer. Un hombre que ha sabido que está muy enfermo viaja hacia su lugar de origen para morir. Hay dos planos narrativos que se entrelazan: los cazadores y el enfermo van a encontrarse y a partir de ese momento el relato se convierte en una enorme metáfora que avanza a base de repeticiones.

La idea es sencilla y aunque la escritura no es brillante, el libro se deja leer sobre todo porque el lector encuentra enseguida acomodo entre los personajes del relato o incluso simplemente como eso, como lector, reconociendo el sistema, el bosque, el claro, la noche y el día, el deslumbramiento de la luz, la función de cada sujeto, la del guardabosques o la de los recién casados.

Quizás muy simple; puede ser. Muy del este, si me permites un reduccionismo impropio, teniendo en cuenta que el autor es serbio. Digo muy del este porque, a veces, uno parece verse envuelto en un cuento asiático y, a lo mejor, es así como funciona bien, desplazando las reglas de la escritura hacia el oriente, nuestro oriente del norte, como sucede con las novelas de Bohumil Hrabal.

Tu recomendación y unas décimas de fiebre se han mezclado con el sonido lejano de los fuegos artificiales del carnaval madrileño. Tal vez en RENFE podrán cambiarme el billete de vuelta.

Cordialmente,

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Trileros en la calle Fèdèration

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En la esquina de la Rue de la Fédération y el Quai Branly se apostan los trileros a primera hora de la mañana. Para calentar el ambiente, hacen el juego entre ellos. Siempre resulta un poco burdo. Se supone que quienes se acercan a la Torre Eiffel va tan cortos de reflejos como para caer en la trampa de los cubiletes.

No importa que ellos vistan igual: las mismas deportivas, los mismos pantalones o que ella, la de la panoja,  la suelte como si fuera un clínex.

El caso es que siempre pica alguien. La hipnosis de la bolita no tiene fin. Sea del tamaño que sea. Siempre hay un momento en el que vamos confiados a la Torre Eiffel o a la Cibleles.

Y entonces dices: -Quita; que ya sé yo.

“Estoy convencido de que por haberme acostumbrado desde niño a marchar por el buen camino y a no poner engaños ni falacias en mis juegos infantiles (menester es advertir que los de la niñez no son tales juegos, menester es juzgarlos en las criaturas como sus acciones más serias), no hay pasatiempo, por ligero que sea, al cual deje yo de aportar por natural propensión, instintivamente, una tenaz oposición al engaño. En los juegos de baraja mi lealtad es idéntica, trátese de cuartos o de doblones; lo mismo cuando me es indiferente ganar o perder, cuando juego con mi mujer y mi hija, que cuando me las he con un extraño. Mis propios ojos bastan para que me mantenga digno. No hay quien pueda vigilarme tan de cerca, ni nadie a quien yo respete más”.

Los Ensayos

Montaigne

 

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Por Cádiz en pijama

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Estoy convaleciente en un hospital. La habitación es grande, pintada de blanco y sin ningún adorno en las paredes, tiene antecámaras y recovecos que solo descubro a tentón, porque entra mucha luz y la claridad es tanta que no puedo distinguir un espacio de otro con la vista.

El sitio es muy agradable. Si el paciente lo desea, una enfermera lee la prensa a través de un pequeño altavoz instalado en la cabecera de una de las 2 camas que hay en cada habitación. Hay vasos de agua fresca en varias mesitas y algo de comida.

Después de pasear por toda la habitación vuelvo a la cama y encuentro a una familia acostada. Un matrimonio en una de las camas y su hijo en la otra. Es un chico como de 10 años, más bien regordete. Me siento a los pies de la suya, desconcertado. El chaval se arrebuja obligándome a levantarme. Se hace con la manta y la sobrecama. Le digo que no me conoce, que cuando me enfado tengo muy mal carácter. No se inmuta. Sus padres tampoco. Me voy.

En el aparcamiento subo a un coche que me prestó una amiga. Es un Jaguar dorado de carreras. Qué ocurrencias. Me dijo que usara casco. Me lo pongo a duras penas. Es muy incómodo. He de parar un par de manzanas más adelante para quitármelo porque el dolor de cabeza es insoportable. No es de mi talla.

Conduzco por la ciudad mientras atardece. No cabe duda de que estoy en Cádiz. Las casas bajas de los arrabales están pintadas de amarillo y azul. De los dinteles de las puertas cuelgan bombillas desnudas y detrás, al fondo, se ve la bahía. Voy haciendo el ridículo con un coche de carreras. No estoy seguro de si aún llevo puesto el pijama.

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De dónde viene todo esto: Passy en invierno. 9 años por el barrio

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