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Passy en invierno : Libros

El hielo

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“Estaban obstinados en que su padre los llevara a conocer la portentosa novedad de los sabios de Memphis, anunciada a la entrada de una tienda que, según decían, perteneció al rey Salomón. Tanto insistieron, que José Arcadio Buendía pagó los treinta reales y los condujo hasta el centro de la carpa, donde había un gigante de torso peludo y cabeza rapada, con un anillo de cobre en la nariz y una pesada cadena de hierro en el tobillo, custodiando un cofre pirata. Al ser destapado por el gigante, el cofre dejó escapar un aliento glacial. Dentro solo había un bloque transparente, con infinitas agujas internas en las cuales se despedazaba en estrellas de colores la claridad del crepúsculo. Desconcertado, sabiendo que los niños esperaban una explicación inmediata, José Arcadio Buendía se atrevió a murmurar:
-Es el diamante más grande del mundo.
-No -corrigió el gitano-. Es hielo.”

Gabriel García Márquez, Cien años de soledad.

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Espíritu y Naturaleza II, Heinz Heimsoeth

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“La antigua dualidad de la Naturaleza y el mundo del espíritu se ha superado en la unidad más alta de una construcción evolutiva y comprensiva de todo lo real. El sistema del Universo presentase ahora como una única y grandiosa serie gradual. En el mundo del espíritu prosíguese lo que la Naturaleza ha empezado y continuado hasta ese punto en que irrumpe en el hombre la conciencia (ante todo la mera conciencia sensible de la realidad y del yo). Hay un solo tema fundamental, en el cual intervienen los conflictos y las síntesis de todos los grados, desde la constitución dinámica de la materia hasta las más altas creaciones del espíritu humano: el devenir de la conciencia, el despliegue y la iluminación de la inteligencia por sí misma. Fichte ha fijado rectamente el tema de la filosofía: histórica pragmática de la conciencia. Pero no ha comenzado la construcción evolutiva realmente desde los cimientos. Su idealismo ético, que pretende reconocer en la Naturaleza tan solo el material para la acción y el contenido de la representación del espíritu consciente de sí mismo, comienza la serie gradual con el principio inmanente del yo y lo inconsciente en la conciencia misma. La filosofía de la Naturaleza es la que primero ha enseñado a perseguir de grado en grado, y desde los primeros inicios del ser, la prehistoria de esta inteligencia que se despliega en la conciencia, prehistoria que se afirma de un modo espontáneo en la realidad perfectamente inconsciente de la Naturaleza. De esta suerte se ha obtenido ‘una visión distinta de la filosofía verdaderamente universal’, que ‘enlaza entre sí los términos más opuestos del saber’, lo en sí del mundo exterior material y la íntima conciencia de sí de la inteligencia libre. Para este idealismo realista ya no es el espíritu una vida de conciencia que descansa sobre sí y gira dentro de sí misma meramente, sino que brota inmediatamente de los procesos de la Naturaleza (que son, por su intrínseca esencia, actividades espontáneas de una inteligencia esencialmente inconsciente y creadora de realidades) y está perdurablemente referida en la intuición y la acción, al mundo circundante real de la Naturaleza. Y a su vez Naturaleza es ahora ‘ya no un todo muerto, que llena meramente el espacio, sino más bien un todo dotado de vida, más y más transparente al espíritu incorporado en ella, y que finalmente, y por medio de la más alta espiritualización, retorna y se concluye a sí mismo’. Ya no hay, pues, dos mundos, de la Naturaleza y del espíritu, sino solo un mundo: el mundo de la inteligencia, que vuelve a sí misma, después de haberse desplegado productivamente en los grandes reinos graduales de lo ‘real’, primero, y de lo ‘ideal’, luego. Con esta concepción queda ‘todo dualismo aniquilado para siempre, y todo resulta absolutamente una sola cosa’.

Heinz Heimsoeth. La metafísica moderna. Trad. José Gaos. Madrid, revista de occidente, 1966, p. 214

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Espíritu y Naturaleza I, Fichte

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“…ahora bien, la primera actividad del Yo es tener conciencia de algo. Pero tener conciencia de algo significa producir por lo menos dos representaciones: de la cosa y de sí mismos como distintos de la cosa. También cuando medito sobre mí mismo, por ejemplo, en cierto modo hay dos mí mismo: el que observa y medita y el que es observado y meditado, si bien estos dos Yo, son el mismo Yo. Para poderlos distinguir decimos que uno es el Yo que observa y medita, mientras que el otro, dado que en aquel momento no funciona como conciencia sino como “objeto” que es observado, decimos que es no-conciencia o mejor, visto que la conciencia que observa es el Yo, lo llamamos no-Yo. Cuando reflexionamos sobre nosotros mismos tenemos pues un Yo que tiene conciencia de un no-Yo, y los dos son las misma cosa vista una vez como sujeto y la otra como objeto de la conciencia. Es aquí donde Fichte introduce la experiencia de la producción al lado del conocimiento. El Yo de por sí es Yo y basta; no hay necesidad ni obligación alguna de que devenga objeto de reflexión. Si se realiza después, dentro del Yo, la escisión entre Yo y no-Yo, es porque algo produce esta escisión del Yo en un sujeto que conoce y un objeto de conocimiento. Pero sabemos, sostiene Fichte, que esta distinción no puede ser producida por nadie más que por el Yo mismo que produce un Yo que conoce y un no-Yo que es conocido.

Con esto se desvela el misterio de la relación entre conocimiento y mundo natural: el conocimiento es todo lo que no es mundo y, viceversa, conocimiento y mundo son uno el límite del otro. Pero he aquí el punto verdaderamente fundamental, conocimiento y mundo natural conocido son ambos productos humanos. El mundo natural ya no es entidad extraña: hombre y naturaleza, Yo y no-Yo, son una única “cosa”. El ser humano, el Yo, es actividad teorética y práctica, cognoscitiva y productiva, pero si no se crease un mundo que pudiera actuar, ¿cómo podría realizarse a sí mismo? Pues, concluye Fichte, la Naturaleza es producida por el Yo a fin de que pueda conocer y obra, porque conocer y obrar son la esencia misma del Yo. Todo esto, escribe Fichte en su obra maestra La teoría de la ciencia (1794), sólo se puede mostrar, no demostrar como querrían los incrédulos. Que el Yo y el no-Yo, el hombre y la naturaleza, sean la misma cosa es evidente. Pero esta identidad puede ser entendida en dos sentidos opuestos. Se puede considerar que la Naturaleza produzca al hombre, sus ideas y el conocimiento, como los empiristas, o elevarse hasta la filosofía empirista, o elevarse hasta la filosofía idealista y afirmar que es el sujeto quien produce la Naturaleza y al mismo tiempo las ideas y el conocimiento. “La elección […] depende de lo que se es como hombre, porque un sistema filosófico no es mueble inerte, que se puede tomar o dejar a placer, sino que está animado por el espíritu del hombre que lo posee..”

Teoría del Derecho

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Galaxidi, Schiller y el mar

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El Museo Naval de Galaxidi está en una casa que albergó antes el Ayuntamiento. En una de las salas se conserva una hermosa colección de cartas y postales. En las paredes, unos sesenta óleos y acuarelas todos dedicados a la navegación. La mayoría de los cuadros están pintados por aficionados de finales del XIX o principios del XX: desde la travesía más serena, hasta la tormenta más oscura; casi todos con un punto naif que los hace muy distintos a las marinas o los naufragios del romanticismo.

Esperanza Guillén tiene un libro que se llama precisamente así: Naufragios. Habla entre otros, claro, del “Mar glacial” de Friedrich y dice:

“La obra de Friedrich puede servir para ilustrar la distinción romántica establecida por Schiller entre lo ingenuo y lo sentimental. Si el primer término se refiere a una relación inmediata entre el artista y la naturaleza , es decir, la propia de quien forma un todo con ella, lo sentimental alude a un esfuerzo, cuando el hombre se ha vuelto artificial, por recuperar ese estado natural. La relación con la naturaleza, reflexiva y distanciada, es la de quien pretende alcanzar de nuevo una unidad que le permita superar ese estado de alienación. El artista clásico es ingenuo, el romántico es sentimental”

Y luego cita a Schiller en su Educación estética del hombre:

“Mientras el hombre, en su primer estado físico, acoge el mundo sensible por modo meramente pasivo, limitándose meramente a sentirlo, forma todavía un todo con el mundo; y por lo mismo que él es mundo, no hay en realidad mundo para él. Solo cuando, en el estado estético, coloca el mundo fuera, es decir, lo contempla, solo entonces separa de él su personalidad, y entonces se le aparece un mundo, precisamente porque ha dejado de formar un todo con él”.

La mayoría de estos cuadros del Museo Naval de Galaxidi están pintados con ese candor al que se refiere Schiller. Su mensaje es de grado uno, como si hubiera una vuelta al origen de la representación. Después de más de un siglo de “tragedia del paisaje”, hay aquí un alejamiento de lo sentimental que hacen del mar, de nuevo, algo por descubrir.

Otro café helado.

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De Adriano a Napoleón

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Cerca de la Biblioteca de Adriano, antes de entrar en el Ágora, hay algunas librerías de viejo. El dueño de una de ellas me enseña algunos libros de grabados. Le digo que busco fotos pero tiene cosas muy modernas editadas por empresas y bancos, cuando había dinero para fastos. Más antiguo, le digo. Cruza la callejuela y vuelve con un álbum de fotos en miniatura de la vida de Napoleón. Cigarros Gener. La Habana, Cuba. ¿Cómo habrá llegado hasta aquí?

-Ciento cincuenta.

El último propietario ha reemplazado la cubierta perdida por una de polipiel, horrible, marrón, con las letras blancas de Letraset. Vida de Napoleón.

-Cien euros Muy antiguo.

¿Dónde voy con esto todo el día? ¿Qué hago con esta tapa de escay pegada al antebrazo?

-Me lo pienso y tal vez vuelvo luego-. Le digo sin demasiada seguridad.

A la noche, miro los precios en el hotel.

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De Salónica a Atenas

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Llevo en la cabeza dos libros: La hora inmóvil de Bernad Plossu y PIGS de Carlos Spottorno. En el caso de Plossu, el libro no ha quedado bien. No sé por qué, las fotos tienen un tono caliente que no se corresponde con las copias que expuso en el Jardín Botánico. Las recuerdo más limpias, sin el añadido del acento que no les favorece. De todas formas, dan un idea del Mediterráneo muy personal. Tanto que, aunque se reconoce bien al autor, este se aleja de su punto de vista habitual y retrata las cosas por su nombre. Llama a los objetos con más claridad que en otras ocasiones, les da sentido, los aísla sin apartarlos del contexto y así los sumerge en una luz algo violenta y meridional.

Guardo el libro de Spottorno con cuidado porque lo editó en un papel casi de periódico. En la contraportada colocó el anuncio de un banco de su invención que luego ha vuelto a aparecer en alguna de sus publicaciones: el WTF Bank. “No necesitas dinero. Todo lo que necesitas es crédito”. Dice debajo de un hermoso Ferrari. Al contrario que en otros fotolibros contemporáneos, Spottorno hace alguna advertencia, de manera que la colección de imágenes que muestra -muchas de ellas paradójicas- resulta soportable para los ciudadanos del sur de Europa: “Esto es lo que veríamos –dice- si tradujéramos en imágenes los artículos que leemos en la prensa financiera”.

Los dos libros me sirven para viajar desde Salónica a Atenas por la A1. Si es cierto que los PIGS tienen una idiosincrasia particular, también lo es que nadie quiso ayudarles durante el siglo XX mientras, cada uno de ellos sufría el doloroso sarampión de sus respectivas dictaduras. Lo mismo que ha sucedido en toda la cuenca mediterránea. Llevo la ventanilla abierta y huele a almazaras, a pescado y a los ácidos que desprende la madera cuando se quema. Me viene a la cabeza, todo de una vez, la imagen de Franco y Eisenhower paseando en coche descubierto por la Castellana, la de Atenas desierta cuando el golpe de los coroneles o la de Sarkozy, gritando Vive la Libye! 

Aunque estaba avisado, me sorprende la montaña desparramada de hormigón que es Atenas. Las luces amarillas de las farolas iluminan el extrarradio que parece adentrarse hasta el centro de la ciudad. Llego al hotel sin contratiempos, cerca del parque Areos y el Museo Arqueológico Nacional.

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Akutagawa & Futagawa

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Querida B.:

Leí a pedazos Vida de un idiota. No pude hacerlo del tirón por miedo a caer en la melancolía. Tiene gracia; el libro resulta moderno por disparejo, casi parece hecho de retazos, como los kimonos antiguos pero enseguida te das cuenta de que todo tiene relación: las naranjas y la luz roja del tren, las habitaciones de hotel y la de los domicilios en los que vive Akutagawa. Todos los personajes son él mismo y el mar, en el horizonte… El spleen, la estética y el suicidio me resultan difíciles en la misma coctelera. Aquí, tal vez, con las gotas de exotismo oriental que da la distancia y las que añade, a su vez, las lecturas occidentales de Akutagawa, el resultado es más dulzón, aunque engañoso; como las tiras donde acaban pegadas las moscas en el verano.

 
Solo una cosa me salvó de la tristeza en la que me fue sumiendo la lectura de estos cuentos oscuros. Llegaron unos números de la Rural Houses of Japan cono fotos de Futagawa. Tampoco son la alegría de la huerta, no vayas a creer, pero me sacaron del pozo. Las casas del campo japonés, sin adornos, con todos los muebles recogidos y el hogar a ras de suelo, son tan parcas que animan el espíritu y Futagawa las fotografió como nadie. Así qué terminé el libro con las revistas cerca, por si acaso.  Cuando nuestro amigo se acercaba a la playa con intenciones aviesas o se encerraba en el cuarto del hotel demasiado tiempo, yo salía a tomar el aire unos años después: entre el 58 y el 60.

 
Nos vemos pronto,

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Guerre à la tristesse

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Estimada Sra. Lindo:

Ya no me quedo más de 2 días en sanfermines. El 8 me voy a cualquier sitio. Iba a llover al este y salí camino del Maestrazgo. A 400 km de casa, Pamplona era una altar dedicado a la tortura y la violación. Debería haber viajado sin móvil. Los periodistas más insignes dedicaban sus reflexiones a un puré de toros, alcohol, fiesta y abusos sexuales; una especie de cinta de Moebius en la que no se puede distinguir dónde empieza una cosa y acaba otra. He leído hoy su artículo que ha resultado una especie de guinda, ¡Viva la Cultura! Inevitable recordar el grito de Millán-Astray. Algo más joven que el del general golpista  prefiero el de Inge Morath: Guerre à la trisstesse!

Ese no salir del cascarón, Sra. Lindo, no es un patrimonio nacional. Eche un ojo a la Gran Bretaña y a su nuevo Consejo de Ministros o a la China milenaria. Quitarse de encima los prejuicios es un negocio personalísimo, porque si hablamos en términos de país, sabe usted que nuestras ansias de europeísmo no tienen rival en toda la Unión.

A pesar de lo que dice el vals de Astráin y a no ser que el catetismo sea supino, nadie cree que las de su pueblo sean “en el mundo entero unas fiestas sin igual”. Si los periódicos son incapaces de hacer periodismo de calidad y dar contenido a las páginas de Cultura, es su problema, no el de los lectores. Le recuerdo que en el periódico en el que usted escribe hay una hermosa sección dedicada a la tauromaquia y si la prensa española quiere espejos en los que mirarse, solo tiene que cruzar la frontera o preguntarle a usted acerca de lo que lee en inglés.

“Nunca te olvides de que esto es España” dice usted. Yo tampoco voy a los toros. Dejé de ir no hace mucho. Antes me gustaban. Hasta me sabía algunos artículos del reglamento. Ya no me interesan. Ahora prefiero la pelota. Claro que esto tiene un inconveniente: es más localista, más provinciana. Sin embargo, mientras recorría el Maestrazgo, La Iglesuela del Cid, Mirambel, veía cómo preparaban sus calles para los festejos taurinos. En Cantavieja oí la noticia de la muerte del torero Barrio y también leí las barbaridades de algunos tuiteros. Creo como usted que los toros desaparecerán tarde o temprano porque si está mal tirar una cabra desde un campanario o arrancarle la cabeza a un pato corriendo a galope tendido, la lidia de un animal hasta su muerte tampoco parece de recibo. Todo llegará. (Los mayas dejaron de jugar a la pelota: al que perdía, lo pasaban a cuchillo).

Me parece que aún vive usted en los Estados Unidos de América y aunque es un país hecho de emigración, sabe que ahí sí que puede decirse “Nunca te olvides de que esto es USA”. Cualquier celebración, por no hablar de cualquier invasión patriótica es un buen ejemplo del localismo norteamericano.

Hablaba usted el otro día en la radio del 15% de la población norteamericana: de los negros. Tal y como lo contaba usted y por lo que se ve en las grabaciones de los videoaficionados, si tuviera que elegir, prefiero el toreo, que –por cierto- no es solo un asunto español: Aunque a mi no me verá en sus gradas, las plazas del sur de Francia programan festejos de primer nivel, lo mismo que algunos países centroamericanos.

Si quiere hablamos ahora de los decibelios y el alcohol.  Ya que se cita a sí misma y a los que son como usted, haré  lo propio. En toda mi vida -apenas nos separan 2 años- he estado en uno o dos conciertos de música popular. Prefiero la música clásica. Si Anne-Sophie Mutter toca cerca, igual voy y he recorrido un buen puñado de kilómetros para oír a La Netrebko. Eso no me impide reconocer que el rock es cultura y que su transmisión se produce a base de  decibelios, algo que soporto con mucha dificultad, al contrario que cientos de miles de personas en todo el mundo, desde Central Park a La Défense,  que disfrutan de lo que les gusta a todo volumen. Seguro que habrá visto el documental del concierto de los Beatles en el Shea Stadium delante de 55.000 personas. Sé que le gustan. El equipo de sonido que llevaban para la gira fue insuficiente y “muchas adolescentes y mujeres fueron vistas llorando, gritando, e incluso desmayadas”.

Ese grupo de personas al que usted dice pertenecer y al que con ironía atribuye una “falta de sensibilidad cultural necesaria”, sabe perfectamente diferenciar entre unas cosas y otras.  No es el Lincoln Center ni su orquesta de jazz pero le pondré como ejemplo las cifras que acaba de publicar el Ayuntamiento de Pamplona: “1,5 millones de personas han participado en los actos programados dentro de las fiestas de San Fermín que este año han contado con cinco espacios participativos impulsados por distintos colectivos. En las cifras totales destacan el número de personas que se acercaron a ver los disparos de las colecciones de fuegos artificiales y que sumaron 424.000 espectadores y las que acudieron a las verbenas que han regresado a la Plaza del Castillo (más de 140.000 personas). Otro incremento de público reseñable se ha producido en el ciclo Jazzfermín”. Tal vez no sean actividades a las que Fumaroli daría su placet pero Colina y Domínguez tampoco están mal.

Lo del “desparrame” me parece algo vago, aunque como creo que le entiendo, le diré que no sabe usted cómo lo pasamos. Se disfruta mucho. Ves a amigos con los que no coincides durante meses, paseas por una ciudad irreconocible, blanca y roja, llena de alegría. Una ciudad abierta, dispuesta a disfrutar después de un año de trabajo. Ya sabe usted que san Fermín se celebraba el 24  de septiembre pero por motivos meteorológicos, hace mucho que se decidió adelantar la fecha a julio. Es una fiesta mitad religiosa mitad pagana, como casi todas las fiestas europeas. Ni mejor ni peor. Tan socializadora como todas. Tan desparramada como todas. Con los mismos decibelios que las que se celebran en Berlín. No; no es verdad. Con menos decibelios que las berlinesas. Con la misma producción de basura, con los mismos riesgos, con las mismas grescas, con los mismos hurtos y luego hablaremos de lo demás.

En cuanto a esto de las “Las mujeres que ostentan algún tipo de cargo en la ciudad saben a qué ha respondido este tabú que comenzó a resquebrajarse cuando se produjo el asesinato de Nagore Laffage”, ¿por qué las mujeres? ¿por qué las que ostentan un cargo público? El derecho y la representación política van siempre detrás del ciudadano. Esto es siempre así: el legislador, el político responden –si es que responden- a un clima determinado. Ese tabú se resquebrajó  desde abajo y gracias a eso, este año, en el 87% de los casos las denuncias de abusos o violaciones han terminado con la detención de los agresores.

Desde luego, la prensa no ayuda mucho en todo esto: publica fotos y artículos de hace 4 años, funde locuciones relativas a los abusos con imágenes de parejas que pasean de la mano en sanfermines, da voz a tertulianos como Victoria Lafora que dice “que los jóvenes que corren delante del toro tienen tal adrenalina, se sienten tan machos, tan fuertes porque son capaces de sortear el riesgo de un animal que creen que la calle y las mujeres son suyas” Si además usted refiere cosas como que “a diario se nos ha venido informando de los encierros sanfermineros, que han tenido también su salto a la página de sucesos con las cinco o siete agresiones sexuales denunciadas” comprenderá que el cacao resulta más bien espeso aunque pro domo prensa. Como siempre.

Las fiestas no son sagradas, ni las ancestrales ni las que se acaban de inventar. El dinero es sagrado. Por eso no se denuncia ¿Qué cree usted que pasa en las fiestas de Bayonne, en el Oktoberfest de Munich o en cualquier festival de rock? De los hijos de Woodstock, ni hablamos. Sin embargo, en Pamplona, ahora sí se denuncia y, a pesar del flaco favor que la prensa está haciendo a la ciudad, a la fiesta y a sí misma, resulta gratificante comprobar que hemos aprendido a distinguir y que la Administración apoya y promueve una actitud inequívoca que no tiene que ver con la tradición, con los toros, con la fiesta ni con la testosterona.

La ciudad no se entrega al exceso ni hay necesidad de superar ningún miedo. ¿Miedo de qué? Desde luego yo no puedo decir que durante los años en lo que he participado activamente en la fiesta haya visto cometer ninguna brutalidad. A no ser que pueda ser tenida por tal cosa beber, reir, cantar, bailar o andar de farra hasta las tantas. He pillado trompas de mucho mayor calibre en cualquier otro momento y siempre he tenido la sensación de que la masa estaba en otra parte. El único momento de los sanfermines en que me he sentido parte activa de un grupo numeroso fue en el Riau-riau, cuando de forma más o menos pacífica, empujábamos a los municipales para impedir el avance de la Corporación hacia las Vísperas. Luego, aquello se estropeó. Pero durante unos años aquella forma de protesta contra la Autoridad, fuera del signo que fuera, resultaba gratificante. Todos sabíamos el papel que jugábamos: el munícipe, el policía y el ciudadano. Era la tarde en la que podías empujar. Era la masa, sí, pero una masa que conocía perfectamente sus límites. Solo la política consiguió acabar con aquel juego. Yo también temo a la “masa feroz”. Me provoca pánico. Pero créame si le digo que no la encontrará aquí. Verá el alcohol sin medida como en cualquier sitio: en quien no sabe beber o en quien lo hace por primera vez.

Recuerdo el 78, cuando mataron a Germán Rodríguez. El Ayuntamiento suspendió las fiestas. No hubo dudas:  7.000 disparos de material antidisturbios y 130 disparos de bala. Seguro que usted se acuerda también de la enorme tensión que se produjo. Sí. Hubo luto entonces, como ahora ha habido manifestaciones que han llenado la Plaza del Castillo contra las agresiones. Tampoco ha habido dudas. Pero usted prefiere el batiburrillo. Ese sentirse ajena que proclama, parece más bien aplicable al discernimiento de los hechos. Como a usted y como a mí, los toros no le interesan a un número creciente de españoles. Lo mismo que los decibelios. No digamos si ya hemos cumplido unos años. Parece usted sentirse ajena a que no estamos dispuestos a tolerar los abusos sexuales, a que una cosa y otra no tienen la más mínima relación, a que la mayoría no hemos tolerado nunca el delito y que algunos que descreíamos de la prensa, empezamos a no tolerar los abusos del periodismo.

Ya sabe usted que no es sosa. Aunque tampoco es valiente. Lo que ha escrito usted es simplemente correcto: políticamente correcto. Vamos, lo que se lleva ahora.

Con afecto,

 

p.d. Entienda por favor que los enlaces son para mí. Tengo menos memoria que Dory.

Otra cosa: se habrá fijado que en ninguna de las fotos que la prensa publica a troche y moche, se protege la intimidad de las chicas que enseñan el pecho. Sí, lo hacen voluntariamente. Pero digo yo que, posiblemente, cualquiera de ellas deseará no ser reconocida en las imágenes que circulan en la televisión y los periódicos. Ni un triste rectángulo tapando los ojos. ¿Para qué? ¿Para estropear la imagen?

 

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La caza de la tortuga

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23 ColonelDespard

 

La carpa viva
Unos días antes de las elecciones, me cruzo en la Castellana con una manifestación que reivindica algo sobre carpas vivas. Carpas vivas dicen las camisetas de los manifestantes. Por la calzada avanzan varios todoterrenos que tiran de lanchas a motor con carteles en español y en inglés: Freedom to the sport fishing .Our fishes are europeans. El último de los vehículos arrastra una plataforma sobre la que viaja un enorme jabalí disecado,

Los restos del ICONA
En Neptuno, donde ya hay tráfico, tomo un taxi. La conversación arranca por los atascos y las dificultades propias de los domingos madrileños. El chófer es un joven que conoce a uno de los manifestantes. Me cuenta que el ICONA introdujo la carpa en los ríos españoles para eliminar otras especies invasoras y que ahora los ecologistas quieren, a su vez, acabar con la carpa. Quienes practican la pesca sin muerte están indignados  con la sentencia Tribunal Supremo que ha declarado especies invasoras la carpa viva, el cangrejo rojo y la trucha arcoíris.

Un taxista selectivo
Agotado el asunto piscícola el conductor se lanza a las movedizas arenas de la opiniones personales acerca de la política y muestra sus reticencias acerca del criterio de los ciudadanos.

-¿Para ser elegidos?-. Pregunto ingenuo.
-Para votar-. Contesta con una rotundidad que asusta un poco.
-Pero hombre…
-Que no, que no. Que hay mucha gente que no sabe lo que vota. Yo, si pudiera, no dejaría votar a más de uno. ¡A usted, sí!
-Y a mí ¿por qué sí?
– Parece usted tener discernimiento.
-¡Ah! Pues muchas gracias-. Acierto a decir ya francamente espantando.

Llegamos entonces al punto de destino y cuando me bajo del auto, me dice:

-Yo, es que he estudiado ciencias políticas.

No tengo reflejos para preguntarle en qué Universidad.

Persecución implacable
Las palabras del taxista me han perseguido hasta después de las elecciones. Sabía que las especies foráneas, el discernimiento y el voto restringido tenía que ver con algo que había leído pero solo después del 26 de junio y de los cientos de insultos proferidos contra quienes votan distinto, me he acordado del coronel Despard.

Colgado por el cuello
Edward Despard fue colgado el 22 de febrero de 1803 en la prisión de Horsemonger Lane. unos meses antes fue arrestado durante una reunión con 40 trabajadores en la taberna Oakley Arms. La reunión tenía como objeto poner en marcha un movimiento que rompiera las cadenas de la esclavitud y recuperara algunas de las libertades perdidas.

Desde el otro lado del Atlántico
Despard había desembarcado en Jamaica como teniente del ejército británico en 1766 y allí comprendió enseguida que la sociedad esclavista estaba basada en el terror. En los trabajos de fortificación de la isla contó con mano de obra proveniente de todo tipo de etnias y religiones: una de las “cuadrillas variopintas” a las que se refieren Peter Linebaugh y Marcus Rediker en La Hidra de la Revolución (1)Acostumbrado a trabajar con todo tipo de hombres, Despard fue enviado a la actual Nicaragua en 1779 para luchar contra los españoles. Allí conoció a los indios Mosquito, gracias a los que él y su gente pudieron sobrevivir. 5 años después, siendo capitán, estaba en la costa de Belice que ya se había convertido en terrenos privados. La caoba, aserrada por esclavos, viajaba hasta Gran Bretaña, donde empresarios como Chippendale habían hecho de la ebanistería una industria. Para entonces los esclavos superaban a las personas libres en una proporción de uno a seis.

Un acuerdo con España
El convenio de Londres firmado en 1786 entre España y Gran Bretaña obligó a este último país a evacuar a 2.000 personas a Belice desde la Costa Mosquitos. Despard estaba encargado de la substancia y la integración de aquellos hombres, en su mayoría desertores y prisioneros, muchos de los cuales habían servido bajo sus órdenes en Nicaragua.

La dieta de la tortuga
La pesca y la caza estaban prohibidas, pero era imposible hacer respetar la prohibición. Las tortugas eran la dieta básica de los indios Mosquito, mayas y bucaneros. privatizadas las tierras, la colonia se hizo dependiente de las importaciones americanas, de manera que los precios de los alimentos no tardaron en ser prohibitivos. En contra del convenio de Londres, según Linebaugh y Rediker y con la aquiescencia de España, según otras fuentes, Despard autorizó el cultivo de plátanos, batatas, maíz y piña para asegurar la subsistencia de los más pobres y llegó a embargar y vender los barcos de quienes infringían las normas comerciales.

Los votantes ignorantes
La adjudicación de una parcela a un hombre “libre y de color” hizo que la tensión aumentara. Los colonos se quejaron a la metrópoli cuando Despard actuó en favor de aquel. Poco después, Despard se presentó a las elecciones para magistrado. Sus enemigos alegaron que alguno de los votos habían sido emitidos por “ignorantes cazadores de tortugas y hombres de color que no poseían propiedad alguna ni tenían lugar fijo de residencia”.

Llamado a Londres por sus superiores, terminó como se indica más arriba.

(1) La Hidra de la Revolución fue premiado con el “International Labor History Association”. Mejor comprar.

 

 

 

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Baroja y alrededores

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Bernardinas

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Karakarakas, Capitolio, ir y venir

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Ir y venir a Venezuela, unos detrás de otros, como si fuera la decimoctava autonomía y el Atlántico un aguazal.

Una pasión repentina por lo que sucede en Caracas llena los informativos, como si antes nadie hablara de las relaciones de los canarios o los vascos con Venezuela o de la envidia por las fuentes del eterno petróleo que mana en sus campos. Cuando aquí perforábamos en cualquier ladera con aspecto bituminoso y sin ningún resultado, allá bastaba con pinchar con un palillo. Veíamos Caracas como una ciudad que se apartaba de los generales con dificultad, a base de producción propia y capitalismo puro y duro. Una ciudad que crecía mientras las chabolas quedaban justo al lado de los rascacielos y el consumo no lograba que los militares desaparecieran completamente de las calles.

Todo eso lo fotografió Paolo Gasparini durante 6 décadas y hace un par de años publicó Karakarakas. “Una narración visual razonada en tanto que hilvana pedazos de fotos, frases, textos anudados para expresar una idea autoral. Karakarakas está hecho de imágenes en conjunto, no de imágenes individuales. Las fotos están ubicadas en dobles páginas o dispuestas en el papel alternando las cualidades tonales, el pasado y el presente, para aludir finalmente a momentos consonantes que no han trasmutado en 60 años”.

“En las manos de un fotógrafo menor, –reseña Daily Colector- este tipo de fotografía urbana crítica, mezclada con ideas políticas podría haberse convertido en un línea desalentadora y estridente, pero aquí es una prueba del talento perdurable de Gasparini y de su capacidad para la composición compleja. A pesar de que en algunos de los temas puede haber un silencio sombrío y desalentador, las imágenes nos llevan en busca de conexiones secundarias y terciarias que se nos hayan podido escapar en un primer momento. La Caracas de Gasparini es un reto vibrante, con todos sus defectos visibles e invisibles y sus problemas obstinadamente intratables: es un lugar que resuena con vida auténtica y energía”.

Unos años antes, en 2009, Christopher Anderson publicó Capitolio, un libro bastante más duro en el que apenas hay esperanza y solo algún rastro de sensualidad oscurecida entre páginas de miseria y dificultades. El libro rebosa tensión y la muestra de las fotografías no dejó indiferente a nadie. Hacia el final hay una impresionante foto de Hugo Chávez contrapuesta con otra de ciudadanos con las manos levantadas. Es un punto de inflexión a partir del cual, Anderson habla específicamente de lo político y lo hace con la misma crudeza que antes había usado para hablar de lo social. “La palabra Capitolio – reseña RM– alude al edificio abovedado que alberga a un gobierno. En este libro, Caracas misma se convierte en un metafórico Capitolio. En lugar de muros, tenemos una arquitectura modernista putrefacta que se ha construido con petrodólares”.

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Sander, Pliego

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Querido L.:

Ya ha llegado la fotografía de Pliego de la que me hablaste. Efectivamente, el parecido con la de Sander es notable, aunque solo aparente. El aire de los personajes es el mismo pero la diferencia no es solo el lugar donde se tomó. Sander sale al camino y nuestros jóvenes vienen al estudio a ser fotografiados. “Vamos a que nos retraten” es ir hacia  la cámara estática, al lugar en el que la decisión de ser fotografiado proviene del sujeto, no del fotógrafo.

No es lo mismo vestirse para ir al fotógrafo que fotografiar a dos jóvenes ataviados para ir al baile de un pueblo cercano. ¿Qué lleva a Sander a buscar esa imagen? Hoy tiene un carácter etnográfico, pero en su día fue tan contemporánea como un selfie y sin embargo Sander es un documentalista que habla de la relación de las personas con el grupo social o profesional al que pertenecen. Esa es su intención: crear una tipología, un colección representativa de quienes viven a su alrededor.

Carlos Cánovas habla en su Navarra/Fotografías del estudio de Emilio Pliego y de la época dorada de estas imágenes en las que el retratado es casi “un mal necesario”, un estereotipo que se muestra como los otros quieren verlo.

Aunque el tiempo no lo iguala todo, el valor de estas dos imágenes contrapuestas reside quizás  en su complementariedad; efectivamente no hay una foto de estudio en la que un cliente vaya a retratarse vestido de albañil con la cara tiznada, pero por una vez, aunque solo sea una casualidad, estamos ante la cámara que es perseguida o persigue a un mismo sujeto.

Gracias por tu aviso. Nos vemos pronto,

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La impureza

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Querido R.:

Compré Underground cuando volví a casa. Lo había visto en alguna estación de tren o en algún aeropuerto y no me pareció el mejor sitio para hacerme con él. Lo leo a ratos, para que no se me atragante. Aunque está bien hilado y no es morboso, cada historia resulta dramática y una sesión demasiado larga, acaba por agobiar.

Ya sabes que si estoy con esto es porque, al menos de momento, soy incapaz de leer acerca de cosas más próximas. Recuerdo cuando devoraba libros sobre la cuestión vasca: acción y reacción. Se estaba bien en la teoría. Luego todo fue tan doloroso.

Lo que sucedió en el metro de Tokio, hace 20 años, a 10.000 kilómetros de distancia, me resulta algo más fácil de leer. Encuentro formas de comprender la vida, el trabajo, las relaciones familiares, el perdón o el odio y me sirve de algo.

Hay un párrafo que te gustará. Lo transcribo después.

Confío en que nos veamos pronto.

“Existe un tipo de marginación invisible en nuestra sociedad. Me refiero a una marginación psicológica hacia las víctimas del gas sarín. Por eso hay personas que tratan de ocultarlo. Sucedió lo mismo con las víctimas de la bomba atómica. No es más que una suposición mía, pero quizás esté relacionado con el concepto de impureza que impera en la sociedad japonesa. Desde la antigüedad, en Japón, se creía que si uno se relacionaba con la muerte o con la desgracia, quedaba impuro y los impuros eran marginados de manera sistemática. Es una tradición que en su momento quizás tuviera sentido. Por mucho que los marginasen, la comunidad cuidaba de ellos. No podían realizar los mismos trabajos, es verdad, pero en cierto sentido les protegían, existían rituales de purificación que, poco a poco, «curaban» esa impureza. El concepto funcionaba con cierta eficacia, ¿no cree?
En la actualidad ha desaparecido ese tipo de funcionamiento comunitario, pero la conciencia de la impureza existe en estado latente. Eso podría ser la causa de la marginación inconsciente. La reacción de la gente es, hasta cierto punto, inofensiva pero para las víctimas eso es muy duro”.

Kanzô Nakano, psicólogo entrevistado por Haruki Murakami en Underground

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Los ojos de los otros: Viver y Sancari

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Cyril Connolly
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París

 


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Acabemos el año, sí. Atravesemos las convenciones atados al palo mayor porque esto no terminará ahora. Después del concierto, habrá más.

Dice Charles Lamb: “De todos los sonidos de todas las campanas (la música de las campanas es la más cercana al umbral del cielo) el más solemne y conmovedor es el repique que despide al año viejo. Nunca lo oigo sin que en mi mente se concentren todas las imágenes difusas de los últimos doce meses; todo lo que he hecho o sufrido, realizado o abandonado en ese tiempo que se ha ido para siempre”.

Solo será un momento; luego seguimos. El tiempo suficiente para amarrarme un poco mejor; mientras dure la travesía. No terminaré como Palinuro. Ya hablaremos en tierra firme.

Entretanto, tengo a la vista 2 libros; los más melancólicos que he encontrado. Uno es de Mariela Sancari y se titula Moisés. Sancari no vio el cadáver de su padre cuando falleció, así que no pudo pasar por el inicio del duelo que es precisamente la visión de la muerte.

Tiempo después, puso un anuncio en el periódico buscando hombres de la edad que entonces tendría su padre, con ojos claros y rasgos más o menos parecidos. Los fotografió y compuso un libro triste y reparador al mismo tiempo. Conforme el lector pasa las páginas dividas en trípticos, los hombres fotografiados parecen entremezclarse en el intento de recomponer la figura del padre, abocado a una segunda muerte: la de quien mira.

El otro es una edición de Javier Viver; Révélations Iconographie de la Salpêtrière. Paris 1875-1918. Viver selecciona de manera muy contemporánea más de 300 fotos de entre las 4.000 que forman la colección del hospital.“La Salpêtrière –dice la editorial RM- se hizo teatro de variedades en las sesiones de los martes, ante una concurrida representación de las élites culturales y científicas, mediante la inducción por hipnosis de contorsiones, crisis epilépticas y ataques de histeria, el registro y exposición de gabinetes de curiosidades y rarezas biológicas, fenómenos y monstruos. El resultado fue un archivo fotográfico sin precedentes, testigo de la época colonial, realizado con la intención “panóptica” del régimen disciplinario y documento sistematizado de los límites del alma humana”.

Compré este libro seguro de que me reconocería enseguida en alguno de los personajes fotografiados. Solo por estadística debería funcionar, pensé. Sin embargo, sucede como en el Moisés de Sancari: es por superposición. Los rasgos de unos y otros componen mi retrato enseguida. Hombres, mujeres, niños, tullidos, alucinados y cheposos me devuelven mi propia imagen. Cuando I. vio el libro me habló del test de Leopold Szondi.  Se muestra al sujeto grupos de fotografías de pacientes con determinadas enfermedades y aquel manifestará simpatía o disgusto. Las afinidades o las antipatías, permitirán hallar determinados rasgos de quien se somete al examen.

Alcánzame ese cabo.  más fuerte me amarraré. No solo por el miedo al sueño, también para mirarme a través de los otros. Los ojos de los otros.

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Ken, Nochevieja de Charles Lamb

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12232916_975367419191455_6351666030719899261_oNochevieja es el nuevo libro de la editorial Ken. Un texto de Charles Lamb perfecto para leer antes de que acabe el año. Ácido, contradictorio y moderno. Resulta asombroso que fuera publicado por primera vez en 1821. Las ilustraciones de Miren Doiz casan muy bien con el texto. Son agrias y podría decirse que un poco british.

Aquí ya habíamos dado cuenta de sus Confesiones de un borracho. Esta obrita y la breve autobiografía que cierra el libro de Ken, dan un idea muy escueta de la tristísima vida de un excelente autor.

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