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Passy en invierno : Mientras tanto

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Un paseo por el barrio…

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El olivar de Cirra

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Cuando te adentras en el olivar de Cirra, ves que los árboles están separados, como debe ser. Hay acequias, caminos principales y sendas. Algunos olivareros trajinan en silencio. Desde arriba parece otra cosa. Parece una selva sólida, roma e impenetrable. Solo en los bordes, algunos acebuches salvajes dan sensación de debilidad.

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De trafalgar a Tampere

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Europa está erizada de monumentos a los muertos y debajo de cada estatua hay una reivindicación. Cada uno recuerda lo suyo o impide recordar a los demás. La ardilla española podría recorrer el continente desde Trafalgar a Tampere, saltando de piedra en bronce, de caballo en fusil. Durante estos últimos años he hablado muchas veces con L. acerca de la memoria histórica. Su punto de vista desapasionado y humano me ha hecho comprender -siempre más allá de las ideas- la necesidad imperiosa de saber dónde se encuentran los muertos. Mucho antes que el monumento, es el lugar. El limbo del no saber es un abismo y la negación del conocimiento o los medios para conocer es una forma de crueldad; así transcurran 100 años.

Antes de salir de Villajimena doy una vuelta alrededor de la iglesia. En todo este rato no ha aparecido un alma. Muchos campos de cereal están aún sin cosechar y las espigas se doblan bajo una brisa que no trae ningún olor. Parece como si, en muchos kilómetros a la redonda, nadie estuviera haciendo nada: ni pan ni ladrillos, nada.

Otras transiciones

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Un lugar donde leer

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El coche de Google Maps pasa de largo en Villajimena. El pueblo queda a la izquierda saliendo de Palencia hacia el norte, por la P 405.

Para compensar la desidia del conductor googleano, Villajimena tiene una página web en la que se explica el origen de su rotundo nombre y se reproducen algunos versos del bardo local. En el pueblo no hay nadie. Aquí y allá se levantan como túmulos, montones de escombros antiguos sobre los que hace años que ha crecido la vegetación. El paisaje se hace algo más abrupto al norte, por la hondonada que deja el arroyo del Prado Moral. Hace un día limpio y fresco y en el atrio de la iglesia hay un banco de madera que tiene ya la textura de la piedra.

Me siento a leer las últimas páginas de Un altar para la madre de Ferdinando Camon. Apenas se oyen los gritos de las golondrinas mientras lo termino. En la contraportada el autor cita a Jung: “En todas las civilizaciones, desde las paganas, griega y romana, hasta las tribales africanas y las de América precolombina, hasta llegar a las actuales, los ritos de salvación pasan por fases que se reproducen de forma idéntica: hay una muerte, para vencer a la muerte se construye un símbolo que reclama al muerto y se consagra dicho símbolo, se ofrece en nombre de la comunidad, en una ceremonia celebrada por alguien digno de este papel”.

El relato de Camon es, desde luego, emocionante y la idea religiosa a la que se ve abocado su final es la única posible. Sin embargo, el placer de la muerte silenciosa se hace tanto más atractivo cuanto más necesaria parece la exaltación del otro. El motivo es fácil de comprender.

A propósito de todo esto, de los reconocimientos, las miserias y las necesidades, unas líneas del poeta de Villajimena: “Como todo lo tengo perdido hasta el momento, sólo aceptaría posibles colaboraciones con importantes personajes del mundo del cine o canción. De esta forma abstenerse curiosos, no teléfonos, ni tampoco visitas porque no haré caso”.

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Op het graf, een hart van steen.

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Pauline Dupuy, un contrabajo y L’orage

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Melody Gardot

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Gino Paoli: una versión en condiciones

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Stacey Kent, La venus de Milo y más

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