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Vulcano

Mientras tanto


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Esta piedra mide en su lado más ancho 7 centímetros. Estaba en el camino del volcán que da nombre a todos los volcanes. Parece mineral de hierro oxidado y visto con buena luz, da unos hermosos colores calientes y viejos. No tiene brillo. Parece reseca, como si la hubieran exprimido.

El camino para llegar al cráter no es largo: apenas una hora de subida sin dificultad. Si se hace a primera hora, se evita el calor, y algo de brisa llega hasta la pista que, poco a poco, se aparta de la vegetación y se hace cada vez más terrosa.

Un poco antes del comienzo de la ascensión hay una piscina natural de aguas sulfuradas y paredes amarillas. Desde la mañana, los bañistas se ponen a remojo, dejando la cabeza fuera y allí se están un buen rato, aprovechando las propiedades curativas, mientras soportan el olor que se abre paso entre los tenderetes de la carretera. Hay flotadores con forma de tiburón, de pulpo y flamenco; alquiler de quads y motorinos, tiendas de bañadores, de pulseras y collares hechos con piedrecitas de basalto. Allá queda todo, pequeño, a la sombra del volcán.

Mientras subes, el horizonte se hace nítido y después del último chamizo y del último arbusto deshojado, aparece una fumarola, un hilo de humo a cuyo pie hay formada una masa de azufre color limón pasado. Allá hay otras fumarolas más activas y otras más diseminadas por la ladera. Todas dicen: estoy vivo. Lo estoy, dicen, a pesar de que, cuando te asomas al cráter, allá abajo solo hay desolación. Una tierra yerma en la que nada parece dispuesto a crecer.

Es una hermosa mañana para la desolación. El horizonte divide dos azules intensos y tu miras hacia adentro, hacia un lugar en el que la última vez que pasó algo fue hace 130 años, cuando el estallido hizo que el monte creciera 5 metros. Mientras vuelve a suceder algo, la imagen da para una bandera dividida en dos franjas horizontales y un circulo central.

Al Este de la isla está el puerto. Ha atracado un ferry y los turistas desembarcan tirando de sus maletas con ruedas. A los lados del camino de hormigón, más tiendas con recuerdos de Vulcano. Allá abajo. Unas personitas se detienen un momento y miran un colgante, un imán para la nevera.

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