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Passy en invierno : Libros

Jersey de camuflaje

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No se oye bien la radio ni el teléfono. Hay interferencias. Hace días que pasa esto. Alguien llama y, entre ruidos, noto que me conoce. Aunque yo no sé quién es, me da a entender que es él quien produce las interferencias y que es fácil espiarme en casa y en el trabajo. Él ha hecho que yo no pueda acceder a algunos expedientes. Cita nombres y quiere verme. A pesar de que parece un chantaje o una venganza, el tipo parece simpático. Quedamos en un centro comercial lleno de pasillos y recovecos con pequeños establecimientos: peluquerías, tiendas de animales, de cosmética. Parecen estar en declive. Entro en una cafetería y me siento a una mesa. Hablo de nuevo por teléfono con mi extorsionador. Mientras lo hago, cabizbajo, miro la mesa y cuando acabo, levanto la vista: tengo sentado frente a mí a un hombre que me mira mal. Sostiene un libro: -Váyase-. Me dice. En el imperativo está implícito que él estaba allí antes de que yo llegara, pero yo no le había visto. Me doy cuenta de que su jersey es del mismo color que el del hombre que está de espaldas detrás de él. Uno había quedado camuflado en otro. Me levanto y me voy.

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Los rostros fugaces

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«Si como decían los griegos la filosofía nace del asombro, lo que Benjamin ilumina es un tipo esencial de asombro, específicamente moderno caracterizado por el extravío. Los surrealistas lo elevaron a clave o rasgo crucial del azar objetivo. Aragon: El campesino de París, pudo -tras la huella intensa de Baudelaire- cifrar en el deambular callejero la posibilidad de contemplar la continua metamorfosis que inspira la “mitología moderna”: ”Cada día cambia el sentimiento moderno de la existencia”. (…)

En realidad, sentirse perdido es algo común e inevitable desde el momento mismo de la configuración de las nuevas ciudades. Con las transformaciones de Haussmann en el París del siglo XIX, escribe Benjamin, aliena a los parisinos de su ciudad. Ya no se sienten en ella en casa. Comienzan a ser conscientes del carácter inhumano de la gran ciudad. (…)

Pero el extravío surge no solo de la nueva imagen laberíntica de la ciudad, sino también de la contraposición entre yo y la multitud que el nuevo escenario urbano ocasiona. Edgar Allan Poe, en su relato El hombre de la multitud, y tras el Baudelaire dan un perfil literario a esa contraposición, a la que también se refiere Benjamin: “la multitud de la gran ciudad despertaba miedo, repugnancia, terror en los primeros que la miraron de frente”.

Quizás no seamos hoy demasiado conscientes de lo que supuso esta auténtica sacudida, como modificación de la sensibilidad y de la experiencia. Nada hace más fuerte el sentimiento moderno de la soledad que mirarse en el espejo de una infinidad de rostros fugaces e itinerantes, desconocidos, que introducen de golpe en nuestro corazón el redoble de la incertidumbre».

Walter Benjamin. Tiempo, lenguaje, Metrópoli Extravío en la ciudad, Conocimiento y experiencia estética de lo moderno

José Jiménez

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Cada uno

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«Erasmo se burla del hombre como el viejo Demócrito, aunque se necesitarían tal vez mil Demócritos para abarcar tal séquito de necios: “Son increíbles los trastornos y las catástrofes que suscita un animalito tan ruin, de tan corta vida, porque a veces basta una batalla, o el azote de una epidemia, para arrebatar y aniquilar en un instante a millares de ellos”. Es claro que Erasmo se refiere a los disturbios doctrinales especialmente teológicos, que estaban desencadenando en esos momentos luchas de religión, unida a una plaga que estaba enrareciendo aún más el ambiente. Montaigne dice al respecto: “Y es el caso que lo que me parece traer tanto desorden a nuestras consciencias, en todos estos disturbios de la religión en los que estamos, es ese sentirse dispensados de la fe por parte de los católicos” En cuanto a la peste: “Vime atacado dentro y fuera de mi casa por una peste, más vehemente que cualquier otra”»

Solo si Dios quiere” La visión religiosa de Michel de Montaigne: El fideismo
James Andrés Pérez Montoya *

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Un mayordomo en Nueva York

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Ha muerto Limonov

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Religare

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«Durante la epidemia de peste de 1630 a 1633 el comisario aconsejó al obispo que mantuviera menos reuniones religiosas Y que evitara aglomeraciones populares. La advertencia suscitó protestas por parte del prelado, modestas es al principio y luego cada vez más airadas. El obispo trato hábilmente de atraerse el apoyo de personalidades locales, lo que consiguió fácilmente dado que, como de costumbre, las medidas sanitarias resultaban impopulares y molestas. El 1 de abril de 1632 Capponi comunicaba al Magistrado de Florencia que “todos buscan entorpecerme porque están irritados por mi presencia”, Y respecto al obispo y sus afirmaciones amenazadoras añadía malhumorado: “Que me excomulgue y que haga lo que quiera que a mí nada me importa, yo estoy aquí para servir a Su Alteza Serenísima “».

¿Quién rompió las rejas de Monte Lupo?

Carlo M. Cioplla

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Resistencia al accidente

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«Y había algunos que pensaban que vivir moderadamente y guardarse de todo lo superfluo debía ofrecer gran resistencia al dicho accidente y, reunida su compañía, vivían separados de todos los demás recogiéndose y encerrándose en aquellas casas donde no hubiera ningún enfermo y pudiera vivirse mejor, usando con gran templanza de comidas delicadisimas y de óptimos vinos y huyendo de todo exceso, sin dejarse hablar de ninguno ni querer oír noticia de fuera, ni de muertos ni de enfermos, con el tañer de los instrumentos y con los placeres que podían tener se entretenían. Otros, inclinados a la opinión contraria, afirmaban que la medicina certísima para tanto mal era el beber mucho y el gozar y andar cantando de paseo y divirtiéndose y satisfacer el apetito con todo aquello que se pudiese, y reírse y burlarse de todo lo que sucediese; y tal como lo decían, lo ponían en obra como podían yendo de día y de noche ora a esta taberna ora a la otra, bebiendo inmoderadamente y sin medida y mucho más haciendo en los demás casos solamente las cosas que entendían que les servían de gusto o placer».

El Decamerón
Giovanni Bocaccio

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Traducir en el mismo barco

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No recordaba que Stoterdijk habla en En el mismo mismo barco del Decamerón y la peste en la Toscana del siglo XIV. Como es un libro muy corto lo he vuelto a leer: «…la regeneración de los hombres por obra de los hombres presupone un espacio en el que, por convivencia, se inaugure un mundo».

Siempre había leído a Sloterdijk de forma distraída, buscando fogonazos, metáforas, apoyos o refutaciones para ideas más o menos líquidas. Así leí su trilogía Esferas.

Hoy, con más calma, viendo las dificultades en la lectura del librito publicado hace ahora 20 años por Siruela, he encontrado este artículo de Rafael Martín-Gaitero que me ha desanimado por completo. Sobre todo su final: «Si, por indicación del mandante, es decir, a impulsos de la editorial, el traductor ha pretendido hacer más fácil la lectura del texto, muy difícil para los alemanes, ha hecho un flaco servicio al autor. Quien quiera apreciar el estilo de Sloterdijk y aquilatar la comprensión de su pensamiento deberá proveerse del original».

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La extrañeza

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«La extrañeza, pues, se despierta en último término por la constatación de que las cosas sólo son visibles encubriendo en el mismo acto un medio de claridad determinado por el horizonte de la totalidad y sólo ese medio, que trasciende de la particularidad, hace posible la obviedad. No está dicho que ese ámbito transcendental esté configurado por contenidos como los obvios o por contenidos totalmente diversos, pero, como quiera que sea, lo que mantiene viva la extrañeza es que las cosas exceden del perfil de familiaridad con que nos salen al paso».

La concepción Zubiriana de la Filosofía
Antonio Pintor Ramos

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La Gran Vía, Madrid

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«Y para conseguirlo es necesario abandonar totalmente la humanización que proyectamos sobre el mundo. porque de entrada es imposible explicar las cosas como cosas que son a partir de nuestro pensamiento, que sitúa a la persona en el centro y lo mira todo asimilándolo al ser humano. Por lo tanto debemos volver al punto de partida. Quizás cuando hayamos abandonado totalmente esta humanización, esta sensibilización, y hayamos conseguido observar las cosas como cosas, ellas nos devolverán nuestra mirada cohesionadora de un puntapié y se manifestarán con toda su auténtica fantasía. La fantasía que no llega hasta aquí no es más que una prueba de la debilidad de la mirada y del exceso emocional que provoca la confusión entre el yo y el Otro. Es evidente que la fantasía y la emoción van en contra una de la otra. La fantasía pertenece a las cosas que se rebelan y nos devuelven la mirada, mientras que la emoción es una mistificación que surge en nuestro interior cuando damos la espalda a la mirada».

La ilusión documental
Takuma Nakahira

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Hierba blanca

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El hombre que cuida la basílica de san Gregorio me dice que les echan gasoil junto a la charca. Para que se limpien. Luego señala a contra luz, mugas y ribazos y dice por dónde vienen los jabalíes y dónde les esperan y cuántos mataron ayer. Solo hay jabalíes y corzos. Qué vas a hacer con los corzos. Asustarles. Así. Abre los brazos en cruz y casi puedes verles huir a saltos. Ya no quedan conejos, ni perdices y aquellos campos ahora llecos traían buen trigo de año y vez. Lo dice todo de seguido, sin distinguir el reino vegetal del animal. Es verdad que el valle, lomas abajo, lo iguala todo y solo unos pinos de repoblación de un color de cubo de playa deslucen la seriedad del paisaje.

Más allá de la encina de Mendaza, en el campo de fútbol abandonado, las hierbas son casi blancas, tendidas de tanto restregarse los jabalíes contra ellas. Ahora, a mediodía, no hay más que silencio. Se han marchado ya unos excursionistas después de hablar a voces un buen rato.

Traigo un bocadillo y algo de Machado. Después del almuerzo, al abrigo de unas rocas rojas, abro al azar Los complementarios:

“¿Fue Alfredo de Vigny quien dijo de los políticos que no merecían, por el hecho de gobernar bien o mal, mayor loa o censura que los cocheros por conducir hábil o zurdamente sus carruajes? Tal vez fue Vigny, aunque no lo recuerdo bien. Descartemos cuanto haya en estas palabras de excesivo menosprecio para los políticos, o para los cocheros, según casos y pueblos. Reconozcamos una parte de razón en la boutade del poeta, y olvidemos cuanto ella supone de incomprensión de la vida política. Basta de elogios descomedidos y de censuras melancólicas para gente tan de escaleras abajo, en el orden espiritual, como políticos y cocheros. Si el auriga sabe su oficio, sigamos con él y paguémosle puntualmente su salario. Si guía mal, habrá que despedirlo. Porque dentro de su coche vamos todos. Mas ¿qué haremos con un cochero loco o borracho que nos lleva a galope y alegremente al precipicio? Habrá que arrojarlo a la cuneta del camino, después de arrancarle por la fuerza las riendas de la mano. Revolución se llama a esta fulminante jubilación de cocheros borrachos. Palabra demasiado fuerte. No tan fuerte, sin embargo, como romperse el bautismo.
Madrid, 1 enero, 1915

Mas Dios nos libre de los nuevos cocheros, de los sustitutos de estos cocheros locos. En España ha habido siempre un gobierno malo y una opinión descontenta, que aspiraba vehementemente a otro peor. Cuando fracasen las cabezas pediremos que gobiernen las botas”.

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La invención y la mentira

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“El aforismo de Lincoln sobre engañar a la gente viene al caso, como de costumbre. El escritor que da informaciones poco exactas o presenta invenciones como datos objetivos, de manera consciente o no, está explotando la ignorancia del lector. Solo el lector informado tendrá consciencia de que se ha violado el contrato. Si le divierte lo suficiente, puede que reescriba el contrato en privado, leyendo la presunta no ficción como mera invención, como un bulo, una <ficción> según la quinta definición del Oxford English Dictionary .

 

Puede que los escritores estén reescribiendo el contrato en la actualidad. Tal vez toda la idea del contrato es completamente pre-posmoderna, y los lectores se avienen a aceptar los datos falsos en la no ficción con tanta calma como aceptan la información objetiva en la ficción.

 

Indudablemente estamos tan embotados por el volumen de información inverificable recibido que admitimos los seudohechos de forma más o menos equivalente a como admitimos los hechos. Y debido al mismo embotamiento solemos aceptar exageraciones de todo tipo: anuncios publicitarios, historias sobre celebridades <filtraciones> políticas, declaraciones patrióticas y moralistas y así sucesivamente, leyéndolo todo sin que nos importe demasiado que el material sea increíble o que estén intentando manipularnos.

 

Si esta falta de distinción entre lo ficticio y lo factual es una tendencia general, quizás deberíamos celebrarla como una victoria de la creatividad sobre el objetivismo indiscriminado y poco imaginativo. Sin embargo, el hecho me preocupa porque me parece que al no distinguir la invención de la mentira se pone en peligro la imaginación”.

 

Hechos y/o/más ficción 1998 Sobre la escritura, la lectura, la imaginación 

Ursula K. Le Guin ed. Cículo de tiza

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Un guardarropa en Berlín

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«La forma en que cada afirmación de un clásico puede recoger los comentarios de la posteridad puede compararse, en cierto modo (si se me permite recurrir a una imagen tan trivial),con un gancho o con la percha de la pared de un guardarropa.Los sucesivos usuarios del guardarropa llegan uno tras otro y cuelgan en la percha sombreros, chaquetas, paraguas, bolsas y demás; la carga se hincha, densa, colorista, diversificada,y finalmente la percha desaparece por completo bajo ella. Para el lector nativo, el clásico es una cosa intrincada y abarrotada, es un lugar lleno de personas y de voces, de cosas y recuerdos que vibran con ecos. Para el lector extranjero, sin embargo, el clásico ofrece a menudo el aspecto solitario del guardarropa después del horario de trabajo: una habitación vacía sólo con hileras de perchas desnudas sobre una pared desnuda, y esa austeridad extrema, esta simplicidad firme desconcertante, explica en parte la impresión paradójica de modernidad que es más probable que él experimente».

Breviario de saberes inútiles

Simon Leys

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Nos vemos el 17 a la tarde

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Los colores de nuestros recuerdos. Michel Pastoureau

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Un paseo por lo que queda del barrio

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