
Entro por el número 2 de la rue de Jarente y a los quince metros la calle se acaba cortada por una fuente para los pescaderos del mercado Sainte-Catherine, que necesitaban agua cerca. De ahí el nombre del callejón: impasse de la Poissonnerie. En 1783. el arquitecto Caron la montó como una fachada en miniatura. Pilastras dóricas, un frontón triangular y como remate una pirámide con una bola. Todo mira hacia arriba, como un altar al que le hubieran quitado el santo. En el bajorrelieve central hay un haz de lictor: el manojo de varas atado alrededor de un hacha que también usa en su emblema la Guardia Civil y que vale para un roto y un descosido. Cuando Caron lo talló significaba el poder civil del rey. Pocos años después la Revolución no tuvo que picarlo.
El mismo símbolo pasó a significar lo contrario: la unión de los ciudadanos contra el rey. La misma cara sirvió a los dos amos. El haz de los lictores, el fasces, derivó en fascismo y al sur de los Pirineos, nos quedamos con esa sola idea. Aquí, intacta, es hoy uno de los emblemas de la República. Un símbolo es una máscara que no cambia de gesto aunque cambie de dueño. A los lados de la fuente dos delfines y dos cuernos de la abundancia. Lo que me detiene es el remate. En el tímpano hay una boca de agua tallada entre juncos de la que cae un chorro de piedra: agua fingida, detenida justo en el momento de caer. El agua de verdad sale más abajo, sin ceremonia, por un mascarón de bronce con cara de sátiro. A Voltaire -avant la façade- le habría repugnado el rococó del que viene este truco, esos amasijos de conchas, esa naturaleza imitada.
Salgo del callejón. Justo al lado están desmontando un rodaje: recogen focos, enrollan cable, cargan el atrezo en una furgoneta. Lo que durante unas horas fue otra cosa vuelve a ser una calle. En la esquina, junto a un bar de moda, hay una quedada de jóvenes con máscaras de neopreno con forma de perro. Sin quitárselas, conforme llegan, se besan unos y otros. Parece que se reconocen sin problema. Al menos no beben sus cervezas a cuatro patas. Me acuerdo de Godard, que le hizo decir a un personaje turbio que la fotografía es la verdad y el cine la verdad veinticuatro veces por segundo. Lo decía en una película sobre mentiras. La frase se cita como una certeza pero es casi una broma.
Me aparto. La pared del fondo del patio es de un gris que no acaba de ser gris. Ni piedra ni ceniza. Greige. Si estuviera más cerca del rio, si fuera otra hora…











