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Passy en invierno : Estética

La victoria de lo intrascendente

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«Pero la obra de Christo, en efecto, no es trascendente. No pretende mostrarnos la verdad que subyace bajo las apariencias, más bien se conforma con mostrarnos las enormes posibilidades que ofrece el trato imaginativo con esas mismas apariencias. Esta labor <intrascendente> puede espantar a los críticos amantes de lo épico más incluso que su sospechosa adaptación al mundo real. Pero lo que sin duda les parecerá más intolerable es que su participación resulte innecesaria: los trabajos de Christo tienen una dimensión mediática tan resonante y constituyen unos éxitos tan incontestables que no requieren mediación crítica. Christo ha conseguido imbricar la inutilidad de su esfuerzo con la urdimbre contemporánea, con los ritmos habituales de una sociedad economizada. Su obra resulta desde ese punto de vista, clásica en la medida en que, a diferencia de todo el arte de vanguardia que surge de la contra del sentido común, brota con naturalidad en la ribera de la corriente que arrastra a la misma sociedad y la agasaja con unos frutos que cualquiera es capaz de saborear sin esfuerzo».

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«Su educación socialista no sólo atenúa la suspicacia que despierta esta profesión de cinismo, sino que enfatiza el valor dialéctico de su controversia real y activa con lo dado. Los trabajos en los que Christo fue obligado a participar no trataban de conducir al espectador a otro mundo, de naturaleza espiritual, sino de incidir a través de la ficción en su percepción de la realidad. Los fines de semana era enviado con su cuadrilla a las granjas que bordeaban las vías del Orient Express con la misión de adecentarlas y maquillar su productividad al objeto de que los viajeros occidentales -que difícilmente obtenían otra perspectiva de Bulgaria- apreciaran su prosperidad. Este entrenamiento no sólo predispuso a Christo a trabajar en grupo y en el ambiente real, sino que, seguramente, le hizo meditar sobre el tema del encubrimiento, el escenario y la imagen».

Estrategias del dibujo en el arte contemporáneo. Juan José Gómez Molina coordinador. Editorial Cátedra. Capítulo XIII Nada más profundo que la piel: los dibujos de Christo. Ramón Salas

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París, Arizona

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«Creo que la mente es lo más valioso del mundo… Hace poco estuve en Israel y me llevaron de Belén a Jericó por veredas polvorientas hasta llegar a la frontera con Jordania, y el paisaje me pareció un desierto como otro cualquiera, pero con una diferencia: nunca olvido que este es de los más antiguos del mundo; que hace 7.000 años la gente ya construía todos nuestros recuerdos aquí, era una superficie de 300 km. Sólo queda tierra y rocas, no hay vestigios, pero uno lo sabe. Es absolutamente antidialéctico afirmar que no es diferente de cualquier zona desértica de Arizona. No es posible separar las cosas, pues toda nuestra percepción del mundo proviene de nuestra mente. No se puede divorciar algún tipo de existencia formal de la existencia mental, funcionan juntas y encajan bien».

Christo Javacheff

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La comunicación eficaz

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«Christo no es un artista que goce de una gran reputación en su ámbito profesional, seguramente debido a la espléndida reputación de la que goza fuera de él. La referencia a su obra no falta en ninguna obra importante sobre arte contemporáneo, pero si bien la bibliografía sobre Christo es amplísima, su trabajo no ha dado lugar a una intensa reflexión estética. Quizá porque esta reflexión resulta innecesaria. Él es, posiblemente, el primer artista contemporáneo que ha sido capaz de comunicar sus ideas estéticas inmediata y eficazmente a un público masivo. Sus grandes intervenciones mediante telas en paisajes urbanos o naturales han sido contempladas y disfrutadas en directo por millones de personas a pesar de permanecer expuestas en la práctica totalidad de los casos, menos de tres semanas. Sería incontable la cantidad de público que ha accedido al conocimiento de su obra a través de los distintos canales por los que se distribuye. De manera escrupulosamente privada, Christo no sólo consigue modificar transitoriamente un retazo del mundo, logra, sobre todo, alterar el orden de prelación de los acontecimientos. Su imaginación, su mirada, su modo particular de ver las cosas alcanzado una dimensión pública que le ha puesto en disposición de competir con la monolítica, convencional y estable visión de realidad que difunden las grandes empresas de comunicación».

Estrategias del dibujo en el arte contemporáneo. Juan José Gómez Molina coordinador. Editorial Cátedra. Capítulo XIII Nada más profundo que la piel: los dibujos de Christo. Ramón Salas

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La salida del barco

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El texto de la carta: «Le estoy profundamente agradecido por su consideración y su correspondencia durante todos estos años. Es lamentable, pero he perdido la oportunidad de hablar con usted de nuevo y contestar así a sus últimas y amables palabras. Pensé en visitarle, pero su barco ya había partido, así que redacté esta nota para que el mensajero le hiciera llegar mi gratitud. Con gran respeto, Ao se inclina ante el Comisionado de Administración Guan».

La nota del MET: «Wang Ao fue un erudito de Suzhou que se convirtió en Gran Secretario, uno de los puestos más prominentes de la burocracia imperial. El texto de esta carta es decoroso, pero casi completamente desprovisto de contenido. Wang comienza con una disculpa por no escribir al destinatario más a menudo y luego termina rápidamente diciendo que el barco se va y no pueda escribir más. Aunque la carta es superficial, la lujosa papelería con estampado de hortensias y la sinuosa pincelada de una mano famosa hicieron de este un objeto digno de atesorar». (En la exposición Reclusión y comunión en el arte chino. Hasta agosto del 2022. una forma de inteligente de contraponer las soledades y la comunicación de estos últimos meses con las de la cultura china).

«…casi completamente desprovisto de contenido» Dice el MET y, sin embargo, en una sola carta, tantas cosas: el placer -o la obligación- de comunicarse, sin decir nada apenas. Basta con saludar y hacerlo con elegancia. Describir una acción que encadena otras que no se citan: un no llegar a tiempo; tal vez la visión de un barco que ya se ha adentrado en el mar, medir la distancia con el destinatario, comparar el recorrido de este y del mensajero. O una inacción: la pereza de un encuentro que no es tan gratificante como la correspondencia. Y todo como una excusa para justificar el gusto por la escritura, casi por la pintura con un sentido directo, como si no hubiera una pantalla intermedia entre lo dicho y su representación.

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Arnold Bocklin

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Nadie se siente ofendido porque te acerques y fotografíes el cuadro. Hay una buena luz natural y todas las pinturas se ven frescas. Te llevas a casa un recuerdo que miras de vez en cuando. El simbolismo, la barca de Caronte o las monedas para cruzar no te interesan, pero te atrae el destino sin regreso, sin eco.

Berlin, Nationalgalerie, Staatliche Museen Preussischer Kulturbesitz.

Extra tipográfico

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Este era

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Me he acordado de otro sueño de hace 6 años. Era este coche. ¡Existe!

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Los rostros fugaces

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«Si como decían los griegos la filosofía nace del asombro, lo que Benjamin ilumina es un tipo esencial de asombro, específicamente moderno caracterizado por el extravío. Los surrealistas lo elevaron a clave o rasgo crucial del azar objetivo. Aragon: El campesino de París, pudo -tras la huella intensa de Baudelaire- cifrar en el deambular callejero la posibilidad de contemplar la continua metamorfosis que inspira la “mitología moderna”: ”Cada día cambia el sentimiento moderno de la existencia”. (…)

En realidad, sentirse perdido es algo común e inevitable desde el momento mismo de la configuración de las nuevas ciudades. Con las transformaciones de Haussmann en el París del siglo XIX, escribe Benjamin, aliena a los parisinos de su ciudad. Ya no se sienten en ella en casa. Comienzan a ser conscientes del carácter inhumano de la gran ciudad. (…)

Pero el extravío surge no solo de la nueva imagen laberíntica de la ciudad, sino también de la contraposición entre yo y la multitud que el nuevo escenario urbano ocasiona. Edgar Allan Poe, en su relato El hombre de la multitud, y tras el Baudelaire dan un perfil literario a esa contraposición, a la que también se refiere Benjamin: “la multitud de la gran ciudad despertaba miedo, repugnancia, terror en los primeros que la miraron de frente”.

Quizás no seamos hoy demasiado conscientes de lo que supuso esta auténtica sacudida, como modificación de la sensibilidad y de la experiencia. Nada hace más fuerte el sentimiento moderno de la soledad que mirarse en el espejo de una infinidad de rostros fugaces e itinerantes, desconocidos, que introducen de golpe en nuestro corazón el redoble de la incertidumbre».

Walter Benjamin. Tiempo, lenguaje, Metrópoli Extravío en la ciudad, Conocimiento y experiencia estética de lo moderno

José Jiménez

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Los colores de nuestros recuerdos. Michel Pastoureau

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Galaxidi, Schiller y el mar

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El Museo Naval de Galaxidi está en una casa que albergó antes el Ayuntamiento. En una de las salas se conserva una hermosa colección de cartas y postales. En las paredes, unos sesenta óleos y acuarelas todos dedicados a la navegación. La mayoría de los cuadros están pintados por aficionados de finales del XIX o principios del XX: desde la travesía más serena, hasta la tormenta más oscura; casi todos con un punto naif que los hace muy distintos a las marinas o los naufragios del romanticismo.

Esperanza Guillén tiene un libro que se llama precisamente así: Naufragios. Habla entre otros, claro, del «Mar glacial» de Friedrich y dice:

“La obra de Friedrich puede servir para ilustrar la distinción romántica establecida por Schiller entre lo ingenuo y lo sentimental. Si el primer término se refiere a una relación inmediata entre el artista y la naturaleza , es decir, la propia de quien forma un todo con ella, lo sentimental alude a un esfuerzo, cuando el hombre se ha vuelto artificial, por recuperar ese estado natural. La relación con la naturaleza, reflexiva y distanciada, es la de quien pretende alcanzar de nuevo una unidad que le permita superar ese estado de alienación. El artista clásico es ingenuo, el romántico es sentimental”

Y luego cita a Schiller en su Educación estética del hombre:

“Mientras el hombre, en su primer estado físico, acoge el mundo sensible por modo meramente pasivo, limitándose meramente a sentirlo, forma todavía un todo con el mundo; y por lo mismo que él es mundo, no hay en realidad mundo para él. Solo cuando, en el estado estético, coloca el mundo fuera, es decir, lo contempla, solo entonces separa de él su personalidad, y entonces se le aparece un mundo, precisamente porque ha dejado de formar un todo con él”.

La mayoría de estos cuadros del Museo Naval de Galaxidi están pintados con ese candor al que se refiere Schiller. Su mensaje es de grado uno, como si hubiera una vuelta al origen de la representación. Después de más de un siglo de “tragedia del paisaje”, hay aquí un alejamiento de lo sentimental que hacen del mar, de nuevo, algo por descubrir.

Otro café helado.

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El Jinete de Artemision y Montaigne

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El jinete de Artemision es un niño, posiblemente africano. O monta habitualmente o aquel día, en las cuadras, decide subirse por su cuenta a un caballo que sale, también por la suya, a todo galope.

Su cara tiene ya las arrugas de lo pudo llegar a ser: determinación, valentía y miedo también.

El giro del caballo y el jinete hace pensar en aquel primer movimiento de cintura de las vírgenes góticas que parece la salida del túnel: la idea de que no todo permanecerá rígido para siempre. Aquí, 18 siglos antes de que a un artesano se le ocurriera que la madre de un dios también tiene caderas, otro nos enseña que en la representación de lo cotidiano se encierra un misterio de proporciones olímpicas.
Dice Montaigne: «Yo, que últimamente me he recogido en mi casa decidido, en cuanto de mi voluntad dependa, a pasar en reposo y solo la poca vida que me queda, pareciome no poder prestar beneficio mayor a mi espíritu que dejarlo en plena libertad, abandonado a sus propias fuerzas, que se detuviese donde tuviera por conveniente, con lo cual esperaba que pudiera en lo sucesivo adquirir mayor madurez; mas yo creo que ocurre precisamente lo contrario. Cuando el caballo escapa solo, toma cien veces más carrera que cuando el jinete lo conduce; mi espíritu ocioso engendra tantas quimeras, tantos monstruos fantásticos, sin darse tregua ni reposo, sin orden ni concierto, que para poder contemplar a mi gusto la ineptitud y singularidad de los mismos, he comenzado a poneros por escrito, esperando con el tiempo que se avergüence al contemplar imaginaciones tales».

Con un jinete como el de Artemision no parece tampoco que haya pensamiento que se detenga.

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La senda de Pikionis

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Querido J.:

Tenías razón. Aún más con esta espalda mía, que voy mirando al suelo la mitad del tiempo.. El camino que sube a la Acrópolis es una especie de Via Profana por oposición a la Sacra que arranca en los Propileos.

He leído que el arquitecto que lo construyó, Dimitris Pikionis, advirtió a Karamanlis que, como en la antigüedad, necesitaba tiempo para llevar a cabo su obra. Usó la piedra de los edificios atenienses del XIX que fueron demolidos; una destrucción que él consideraba una vergüenza. Se encargó de echar abajo las casetas de recuerdos para turistas del camino y añadió vegetación aquí y allá. El resultado es tan elegante que pasa desapercibido. No se ve. Ni siquiera te das cuenta de lo fácil que es acceder a la colina. El despiece es sencillo porque todas las piedras tienen la misma consideración, sean como sean. Algunas son muy hermosas. Las hay que parecen la base de pequeñas columnas, otras son perfectamente rectangulares y las  que apenas alcanzan a ser un pedazo de ornamento. El paso de los visitantes durante todo el día las ha igualado, dándoles el aspecto de un mármol traslúcido.

El camino no encara los propileos. Entra por su derecha y se desdibuja. En ese momento, olvidas por dónde has venido. Tal es la humildad del dibujo de la senda. Solo después, acabada la visita, entiendes que has vuelto desde un recinto sagrado a la tierra de los mortales, mientras pisas de nuevo los restos ordenados. de lo que fueron palacios, casas, vasijas y decoraciones y que ahora son una larga alfombra.

Te agradezco mucho tu advertencia, porque de no haberme avisado, habría subido al Partenón a tontas y a locas.

Nos vemos pronto,

 

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Akutagawa & Futagawa

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Querida B.:

Leí a pedazos Vida de un idiota. No pude hacerlo del tirón por miedo a caer en la melancolía. Tiene gracia; el libro resulta moderno por disparejo, casi parece hecho de retazos, como los kimonos antiguos pero enseguida te das cuenta de que todo tiene relación: las naranjas y la luz roja del tren, las habitaciones de hotel y la de los domicilios en los que vive Akutagawa. Todos los personajes son él mismo y el mar, en el horizonte… El spleen, la estética y el suicidio me resultan difíciles en la misma coctelera. Aquí, tal vez, con las gotas de exotismo oriental que da la distancia y las que añade, a su vez, las lecturas occidentales de Akutagawa, el resultado es más dulzón, aunque engañoso; como las tiras donde acaban pegadas las moscas en el verano.

 
Solo una cosa me salvó de la tristeza en la que me fue sumiendo la lectura de estos cuentos oscuros. Llegaron unos números de la Rural Houses of Japan cono fotos de Futagawa. Tampoco son la alegría de la huerta, no vayas a creer, pero me sacaron del pozo. Las casas del campo japonés, sin adornos, con todos los muebles recogidos y el hogar a ras de suelo, son tan parcas que animan el espíritu y Futagawa las fotografió como nadie. Así qué terminé el libro con las revistas cerca, por si acaso.  Cuando nuestro amigo se acercaba a la playa con intenciones aviesas o se encerraba en el cuarto del hotel demasiado tiempo, yo salía a tomar el aire unos años después: entre el 58 y el 60.

 
Nos vemos pronto,

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Desmayo en Washington Square

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chicas-parque-nueva-york¿Cuánto hace de esta foto? ¿Diez, once años? De vez en cuando aparece en los archivos y la sigo mirando igual. Esa especie de desmayo con pamela en mitad de Washington Square. No sé si todo puede pasar en cualquier sitio, pero en esta plaza hay una posibilidad de que las cosas sucedan.

Un poco más apartado, recuerdo, había un tipo tocando el saxofón. ¿por qué no estaba en el Blue Note? Cualquiera sabe. Podría haber sido Donald Harrison y estaba junto a la verja del parque.

Muñoz Molina contaba hace tiempo algunas cosas de la plaza: “Quien deambula una tarde fresca de sol por Washington Square, quien se sienta a comer un bocadillo, a mirar a la gente sin hacer nada, a observar las nubes viajeras sobre las cornisas altas de los edificios, a escuchar a un trío de músicos de jazz, no imagina que esa plaza de Nueva York, claramente uno de los lugares memorables del mundo, estuvo a punto de ser destruida, a principios de los años sesenta, en el momento cumbre del urbanismo despótico y la rendición incondicional a los coches: parece mentira ahora, pero a través de Washington Square iba a pasar una autopista de cuatro carriles en cada sentido, y no fueron precisamente arquitectos ni urbanistas los que evitaron la catástrofe. Fue una mujer valerosa y autodidacta, Jane Jacobs, que vivía con su familia en ese vecindario, en la calle Hudson, otra obra maestra involuntaria de ecología cívica, y que llevaba a sus hijos a jugar cada día a Washington Square”.

 

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Seth Gueko en el metro

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paris-photo-201520151114_161el rap y el francés

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Grullas, Nescafé y crisantemos

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En el aparcamiento hay una jaima de plástico. Desde donde estoy, su vértice apunta justo al este. El color del ocaso invita a mirar en la dirección opuesta y al otro lado el cielo es azul cerúleo con vetas rosas, como el mármol de Estremoz. He venido al hipermercado a comprar unos crisantemos blancos para llevar al cementerio y por el mismo precio me llevo un lánguido y delicado espectro de colores. Mientras miro hacia oriente, una bandada de grullas atraviesa el cielo, formando dos uves, camino del sur y, sobre ellas, en dirección opuesta, cruza una avioneta. La señora de la floristería me dice que ponga las flores en el suelo del auto, apretaditas entre los asientos y ya no hay más luz.

En mitad de Tokio, un cementerio apretujado, colina arriba. En muchas de las tumbas, una taza de café, una lata de refresco o una botella vacía de whisky. Junto a un grifo, hay una escoba, unos cepillos y una pala para uso común.

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