
En el aparcamiento hay una jaima de plástico. Desde donde estoy, su vértice apunta justo al este. El color del ocaso invita a mirar en la dirección opuesta y al otro lado el cielo es azul cerúleo con vetas rosas, como el mármol de Estremoz. He venido al hipermercado a comprar unos crisantemos blancos para llevar al cementerio y por el mismo precio me llevo un lánguido y delicado espectro de colores. Mientras miro hacia oriente, una bandada de grullas atraviesa el cielo, formando dos uves, camino del sur y, sobre ellas, en dirección opuesta, cruza una avioneta. La señora de la floristería me dice que ponga las flores en el suelo del auto, apretaditas entre los asientos y ya no hay más luz.
En mitad de Tokio, un cementerio apretujado, colina arriba. En muchas de las tumbas, una taza de café, una lata de refresco o una botella vacía de whisky. Junto a un grifo, hay una escoba, unos cepillos y una pala para uso común.
Una librería de viejo en ,1 Chome-1 Kanda Jinbocho, Chiyoda, Tokyo 101-0051,
Tengo en las manos una crisálida que no mide más de 3 centímetros. Separada del lugar en el que se encontraba, no parece que vaya a acabar su ciclo. Pero noto un ligerísimo cosquilleo y contra toda regla natural, se convierte en una cardelina. La cardelina más pequeña del mundo que enseguida se arranca a volar.

El museo exhibe una colección de prendas Boro.
El texto del catálogo dice más o menos:
No hace mucho tiempo las japonesas se hacían su propia ropa. La crudeza del invierno en algunas áreas del país, hacía que esa ropa llegara a ser más importante que la comida, de manera que no se perdía ni un solo hilo. Se usaba la misma ropa a través de muchas generaciones, parcheada con retazos de tela y haciéndola más gruesa. Si la prenda resultaba ya inutilizable se rasgaba para obtener hilos con los que hacer nueva ropa. Con el tiempo aparecieron patrones de diseño, las técnicas se refinaron y nació un cierto sentido de la estética.
Boro, está ganando reconocimiento internacional en la escena del arte actual.
Aunque la traducción es “en mal estado” no es fácil encontrar ropa tan poderosa y hermosa como esta . Se puede sentir el calor de la costura. los deseos, la fuerza, la sabiduría quienes cosían y su posible sentido de la belleza. No importa la crudeza de la vida, vivieron una vida de amor. No importa si vivieron una vida miserable porque sabían cómo sobrevivir con alegría. simplemente disfrutaron creando para sí mismas con recursos limitados, sin perder ni un solo hilo. Ahora, después de tanto tiempo, Boro ha llegado a representar lo opuesto a la cultura de consumo: no contiene residuos, sólo «amor» para la familia, algo que dura para siempre. Boro, lo que está en mal estado y a la vez es tan hermoso, parece hacernos las preguntas fundamentales de la vida en un mundo moderno.
El templo de Senso-Ji se ve muy bien desde la terraza del museo Amuse. Uno puede subir al último piso y sin que nadie le diga nada, sentarse en un silla de plástico y disfrutar del panorama. Las nubes vuelan por encima de la torre casi tan bajas como los cuervos.
Los cuervos en Japón son muy grandes. Aquí te haces a la idea del libro de Masahisa Fukase. No de sus razones, sino de la facilidad de alcanzar el objeto: hay quien piensa que Fukase habla de la guerra y quien cree ver en sus fotografías, la sombra del desengaño amoroso. El caso es que los graznidos te acompañan siempre, vayas donde vayas. Resulta agradable y a la vez un poco siniestro. La mezcla de templos y cuervos, por ejemplo, es muy apropiada porque ayuda a la introspección. No aquí arriba, en la terraza. Desde esta altura, todo se ve de manera más despreocupada. Va a llover. En el cuartel de bomberos de al lado, el jefe de guardia forma al retén, les dirige unas palabras y manda romper filas. Luego bajan las persianas de las cocheras. Son las 5.

Los fingers son una parte muy melancólica de los aeropuertos. Cuando no están unidos a los aviones, es mejor no mirarlos demasiado tiempo. No hace falta explicar por qué. Además de lo obvio, esa falta de conexión produce una línea vertical semejante a las esquinas hopperianas desamparadas y taciturnas. La diferencia está en que aquí, en el aeropuerto, todo parece tener solución. Al abrigo de la intemperie, detrás de las cristaleras, sabemos que vendrán los aviones. Pasan los vehículos eléctricos empujando caravanas de carritos; hay periódicos y alguien te mira la maleta, por si llevas un bote de desodorante demasiado grande.
“Take me a photo”. Me pide un joven sentado en un poyete. Tiene unos rasgos proporcionados, la tez oscura y la barba de una semana. Parece alegre. Detrás de él, la pared neutra de la casa ayuda a la imagen. Hace un día nublado; hay una luz difusa y no tiene que entornar sus enormes ojos para mirar al objetivo. Luego me siento junto a él para mostrarle el resultado en la pantalla.
Cuando un desconocido te pide que le fotografíes es muy difícil que el resultado sea interesante. Esas fotos sirven para otros propósitos: uno puede después charlar con la persona retratada acerca de cualquier cosa. Tal vez haya oportunidad de hacer una mejor o de escuchar historias interesantes
En este caso no las hubo. Un hombre grande, se acerca a grandes zancadas hacia nosotros. Me pregunta algo que no entiendo, aunque sé qué dice: me pide que elimine la imagen. Le explico como puedo qué ha sucedido. Se dirige al joven y le pregunta de dónde es. “I am Syrian”. Entonces, le pide que, a su vez, me exija el borrado de la foto. “No photo. Finish photo”. Me dice el joven. La borro delante del hombre de seguridad y me quedo con el joven sirio, intentando una conversación.
El hombre de seguridad vuelve para pedirme que le acompañe. Para entonces ya sé que en la casa hay un centro para refugiados, El hombre me señala un cartel colocado detrás del cristal de la puerta a la que se llega después de subir 6 u 8 peldaños. Se prohíbe tomar fotografías. El hombre lo señala y le digo que me parece bien que en el edificio coloque los carteles que quiera pero que la vía pública es otra cosa; que si quiere ayudar a la seguridad de los refugiados, coloque un cartel en la acera.
Vuelvo con el joven sirio y al rato, vuelve el hombre de seguridad con su jefa. Tengo que explicarle todo de nuevo y ella llama a un intérprete para que el joven ratifique mi versión. Dice que es verdad, Él me ha pedido una foto. Recurro al traductor de Google: “Comprendo el problema de seguridad de los refugiados. Colaboren ustedes: coloquen el cartel de la puerta en la calle”.
A veces, la protección de los derechos del otro resulta una imposición cuando no una limitación de sus libertades. Aún charlamos un rato. Nos despedimos todos amistosamente, deseándonos suerte. “Germany is good”. Oigo al joven sirio mientras me alejo camino de una barbería turca.