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Richter y el barreño

Arquitectura
Estados
Fotografía
Tokio


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Estoy con el ojo en el visor para comprobar que las verticales están en su sitio. Me despistan los postes. La mayoría están torcidos. Consigo que las casas se yergan sin errores de perspectiva, pero a los lados, siempre aparecen líneas que entran sin recato hacia el interior de la imagen.

Me siento un rato para buscar referencias y saber qué estoy fotografiando. El terremoto del 11 de marzo de 2011 y el tsunami que le siguió arrasaron ciudades enteras. Murieron casi 20.000 personas. Aquí, en Tokio, a cientos de kilómetros del epicentro, se sintió la sacudida durante varios minutos. En barrios como Matsudo y Shibamata, cerca del río Edo, el temblor prolongado hizo que el terreno perdiera su resistencia durante la vibración y terminara comportándose como un líquido viscoso. Los postes se hundieron o se inclinaron. 

Enseguida, mi problema con las verticales deja de serlo y se convierte en un recordatorio. Una línea desajustada me permite evocar con delicadeza y respeto un desastre que no viví y un lugar en el que no estuve. Al mismo tiempo, uno de esos postes parece hundirse en mi cerebro como una aguja fina, como si mi cráneo también hubiera sufrido un proceso de licuefacción. El extremo afilado del poste hace sinapsis en alguna zona remota del recuerdo. Mi madre nos bañaba en un barreño de zinc que encajaba en el fregadero. Hay una foto en la que aparezco dentro: enjabonado, pequeño y feliz. Era el mismo barreño que mi madre usaba para hacer la colada. Hasta que compró una lavadora de carga superior: un cilindro perfecto de la marca Otsein. En el centrifugado, la máquina se movía enloquecida por la cocina en un zarandeo rítmico cada vez más intenso, mientras el ruido del motor subía hacia los agudos. Entonces aparecen Richter y su escala y el círculo se cierra.

No estaba aquí en 2011, ni estoy ahora en el barreño de la cocina. No puedo recordar algo que no he vivido y tal vez recuerde mal algo que sucedió hace 60 años y, sin embargo, un poste torcido me lleva de un sitio a otro a una velocidad que no creo que alcance la luz.