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Passy en invierno Un paseo por el barrio y más allá.

Espíritu y Naturaleza II, Heinz Heimsoeth

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“La antigua dualidad de la Naturaleza y el mundo del espíritu se ha superado en la unidad más alta de una construcción evolutiva y comprensiva de todo lo real. El sistema del Universo presentase ahora como una única y grandiosa serie gradual. En el mundo del espíritu prosíguese lo que la Naturaleza ha empezado y continuado hasta ese punto en que irrumpe en el hombre la conciencia (ante todo la mera conciencia sensible de la realidad y del yo). Hay un solo tema fundamental, en el cual intervienen los conflictos y las síntesis de todos los grados, desde la constitución dinámica de la materia hasta las más altas creaciones del espíritu humano: el devenir de la conciencia, el despliegue y la iluminación de la inteligencia por sí misma. Fichte ha fijado rectamente el tema de la filosofía: histórica pragmática de la conciencia. Pero no ha comenzado la construcción evolutiva realmente desde los cimientos. Su idealismo ético, que pretende reconocer en la Naturaleza tan solo el material para la acción y el contenido de la representación del espíritu consciente de sí mismo, comienza la serie gradual con el principio inmanente del yo y lo inconsciente en la conciencia misma. La filosofía de la Naturaleza es la que primero ha enseñado a perseguir de grado en grado, y desde los primeros inicios del ser, la prehistoria de esta inteligencia que se despliega en la conciencia, prehistoria que se afirma de un modo espontáneo en la realidad perfectamente inconsciente de la Naturaleza. De esta suerte se ha obtenido ‘una visión distinta de la filosofía verdaderamente universal’, que ‘enlaza entre sí los términos más opuestos del saber’, lo en sí del mundo exterior material y la íntima conciencia de sí de la inteligencia libre. Para este idealismo realista ya no es el espíritu una vida de conciencia que descansa sobre sí y gira dentro de sí misma meramente, sino que brota inmediatamente de los procesos de la Naturaleza (que son, por su intrínseca esencia, actividades espontáneas de una inteligencia esencialmente inconsciente y creadora de realidades) y está perdurablemente referida en la intuición y la acción, al mundo circundante real de la Naturaleza. Y a su vez Naturaleza es ahora ‘ya no un todo muerto, que llena meramente el espacio, sino más bien un todo dotado de vida, más y más transparente al espíritu incorporado en ella, y que finalmente, y por medio de la más alta espiritualización, retorna y se concluye a sí mismo’. Ya no hay, pues, dos mundos, de la Naturaleza y del espíritu, sino solo un mundo: el mundo de la inteligencia, que vuelve a sí misma, después de haberse desplegado productivamente en los grandes reinos graduales de lo ‘real’, primero, y de lo ‘ideal’, luego. Con esta concepción queda ‘todo dualismo aniquilado para siempre, y todo resulta absolutamente una sola cosa’.

Heinz Heimsoeth. La metafísica moderna. Trad. José Gaos. Madrid, revista de occidente, 1966, p. 214

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Espíritu y Naturaleza I, Fichte

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“…ahora bien, la primera actividad del Yo es tener conciencia de algo. Pero tener conciencia de algo significa producir por lo menos dos representaciones: de la cosa y de sí mismos como distintos de la cosa. También cuando medito sobre mí mismo, por ejemplo, en cierto modo hay dos mí mismo: el que observa y medita y el que es observado y meditado, si bien estos dos Yo, son el mismo Yo. Para poderlos distinguir decimos que uno es el Yo que observa y medita, mientras que el otro, dado que en aquel momento no funciona como conciencia sino como “objeto” que es observado, decimos que es no-conciencia o mejor, visto que la conciencia que observa es el Yo, lo llamamos no-Yo. Cuando reflexionamos sobre nosotros mismos tenemos pues un Yo que tiene conciencia de un no-Yo, y los dos son las misma cosa vista una vez como sujeto y la otra como objeto de la conciencia. Es aquí donde Fichte introduce la experiencia de la producción al lado del conocimiento. El Yo de por sí es Yo y basta; no hay necesidad ni obligación alguna de que devenga objeto de reflexión. Si se realiza después, dentro del Yo, la escisión entre Yo y no-Yo, es porque algo produce esta escisión del Yo en un sujeto que conoce y un objeto de conocimiento. Pero sabemos, sostiene Fichte, que esta distinción no puede ser producida por nadie más que por el Yo mismo que produce un Yo que conoce y un no-Yo que es conocido.

Con esto se desvela el misterio de la relación entre conocimiento y mundo natural: el conocimiento es todo lo que no es mundo y, viceversa, conocimiento y mundo son uno el límite del otro. Pero he aquí el punto verdaderamente fundamental, conocimiento y mundo natural conocido son ambos productos humanos. El mundo natural ya no es entidad extraña: hombre y naturaleza, Yo y no-Yo, son una única “cosa”. El ser humano, el Yo, es actividad teorética y práctica, cognoscitiva y productiva, pero si no se crease un mundo que pudiera actuar, ¿cómo podría realizarse a sí mismo? Pues, concluye Fichte, la Naturaleza es producida por el Yo a fin de que pueda conocer y obra, porque conocer y obrar son la esencia misma del Yo. Todo esto, escribe Fichte en su obra maestra La teoría de la ciencia (1794), sólo se puede mostrar, no demostrar como querrían los incrédulos. Que el Yo y el no-Yo, el hombre y la naturaleza, sean la misma cosa es evidente. Pero esta identidad puede ser entendida en dos sentidos opuestos. Se puede considerar que la Naturaleza produzca al hombre, sus ideas y el conocimiento, como los empiristas, o elevarse hasta la filosofía empirista, o elevarse hasta la filosofía idealista y afirmar que es el sujeto quien produce la Naturaleza y al mismo tiempo las ideas y el conocimiento. “La elección […] depende de lo que se es como hombre, porque un sistema filosófico no es mueble inerte, que se puede tomar o dejar a placer, sino que está animado por el espíritu del hombre que lo posee..”

Teoría del Derecho

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Piensos Cometa, Aizoáin

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Galaxidi, Schiller y el mar

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El Museo Naval de Galaxidi está en una casa que albergó antes el Ayuntamiento. En una de las salas se conserva una hermosa colección de cartas y postales. En las paredes, unos sesenta óleos y acuarelas todos dedicados a la navegación. La mayoría de los cuadros están pintados por aficionados de finales del XIX o principios del XX: desde la travesía más serena, hasta la tormenta más oscura; casi todos con un punto naif que los hace muy distintos a las marinas o los naufragios del romanticismo.

Esperanza Guillén tiene un libro que se llama precisamente así: Naufragios. Habla entre otros, claro, del “Mar glacial” de Friedrich y dice:

“La obra de Friedrich puede servir para ilustrar la distinción romántica establecida por Schiller entre lo ingenuo y lo sentimental. Si el primer término se refiere a una relación inmediata entre el artista y la naturaleza , es decir, la propia de quien forma un todo con ella, lo sentimental alude a un esfuerzo, cuando el hombre se ha vuelto artificial, por recuperar ese estado natural. La relación con la naturaleza, reflexiva y distanciada, es la de quien pretende alcanzar de nuevo una unidad que le permita superar ese estado de alienación. El artista clásico es ingenuo, el romántico es sentimental”

Y luego cita a Schiller en su Educación estética del hombre:

“Mientras el hombre, en su primer estado físico, acoge el mundo sensible por modo meramente pasivo, limitándose meramente a sentirlo, forma todavía un todo con el mundo; y por lo mismo que él es mundo, no hay en realidad mundo para él. Solo cuando, en el estado estético, coloca el mundo fuera, es decir, lo contempla, solo entonces separa de él su personalidad, y entonces se le aparece un mundo, precisamente porque ha dejado de formar un todo con él”.

La mayoría de estos cuadros del Museo Naval de Galaxidi están pintados con ese candor al que se refiere Schiller. Su mensaje es de grado uno, como si hubiera una vuelta al origen de la representación. Después de más de un siglo de “tragedia del paisaje”, hay aquí un alejamiento de lo sentimental que hacen del mar, de nuevo, algo por descubrir.

Otro café helado.

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Un café helado en Galaxidi

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En la rada de Chirolaka, la carretera va junto el mar. No hay protección ni arcén. Dos metros más abajo, el agua clara deja ver las piedras del fondo. Galaxidi fue refugio veraniego de armadores, tal vez hasta que algunos hicieron dinero suficiente para comprarse islas particulares. Quedan casas grandes, con las contraventanas cerradas. Las conservan aún y dan al conjunto un aire lánguido. En las callejas, la sombras son de azul cerúleo y las buganvillas trepan por las paredes soleadas.

La carretera llega hasta el puerto; antes hay un bar con sombra de toldos. Sirven café frappé y desde las tumbonas se ve la línea del horizonte. Ahora, al mediodía, el cielo y el mar están poco definidos. Ni haciendo visera con la mano se distinguen bien; como si la imprecisión proviniera de uno mismo, de un fallo en la vista o de más adentro.

Llega una pareja elegante. Unos 70 años. Ella se quita por la cabeza un ligero vestido de playa, se descalza y baja la escalerilla de hierro que, desde el muelle, da al mar. A él le cuesta un poco más quitarse los mocasines y los pantalones claros. Luego se quita el polo. Deja la ropa doblada sobre la tumbona, con los zapatos al pie, y se tira desde el borde del hormigón. Solo se oye el chapoteo; el desnivel impide verlos.

El verano debe ser esto: el cuerpo propio y los ajenos; un paisaje inconcreto y no saber si merece la pena acercarse hasta el museo marítimo.

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El Jinete de Artemision y Montaigne

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El jinete de Artemision es un niño, posiblemente africano. O monta habitualmente o aquel día, en las cuadras, decide subirse por su cuenta a un caballo que sale, también por la suya, a todo galope.

Su cara tiene ya las arrugas de lo pudo llegar a ser: determinación, valentía y miedo también.

El giro del caballo y el jinete hace pensar en aquel primer movimiento de cintura de las vírgenes góticas que parece la salida del túnel: la idea de que no todo permanecerá rígido para siempre. Aquí, 18 siglos antes de que a un artesano se le ocurriera que la madre de un dios también tiene caderas, otro nos enseña que en la representación de lo cotidiano se encierra un misterio de proporciones olímpicas.
Dice Montaigne: “Yo, que últimamente me he recogido en mi casa decidido, en cuanto de mi voluntad dependa, a pasar en reposo y solo la poca vida que me queda, pareciome no poder prestar beneficio mayor a mi espíritu que dejarlo en plena libertad, abandonado a sus propias fuerzas, que se detuviese donde tuviera por conveniente, con lo cual esperaba que pudiera en lo sucesivo adquirir mayor madurez; mas yo creo que ocurre precisamente lo contrario. Cuando el caballo escapa solo, toma cien veces más carrera que cuando el jinete lo conduce; mi espíritu ocioso engendra tantas quimeras, tantos monstruos fantásticos, sin darse tregua ni reposo, sin orden ni concierto, que para poder contemplar a mi gusto la ineptitud y singularidad de los mismos, he comenzado a poneros por escrito, esperando con el tiempo que se avergüence al contemplar imaginaciones tales”.

Con un jinete como el de Artemision no parece tampoco que haya pensamiento que se detenga.

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Museo de la Acrópolis, Atenas

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Del ombligo del mundo a Radio Éxito: 2800 años de adivinación

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Hay un momento en el que el arte y la fe dejan de ser compatibles en Delfos: la Pitia adivina el futuro tan cerca del hogar de las musas, que los sacerdotes entregan los oráculos en versos hexámetros. Sin embargo, la calidad de las rimas es lamentable y los peregrinos se extrañan de que Calíope no inspire más ardorosamente a los intérpretes.

Los sacerdotes optan entonces por el pragmatismo y formulan sus comentarios en prosa. La fe de los peregrinos no es cuestionable y ante ella, la poesía claudica.

Delante del ombligo del mundo, es inevitable pensar en magos y videntes. Al menos aquí, en Delfos, se hacían preguntas con enjundia. De ellas dependían la alianza de territorios o el inicio de una campaña militar. Si la suerte favorecía a quien formulaba la pregunta, la Vía Sacra se adornaba después con un nuevo edificio repleto de tesoros.

Recuerdo bien la primera vez que escuché Radio Éxito. Fue en Sevilla. Tirado en la cama de un hotel, oía la radio sin preocuparme del dial.

-La morena no puede ser. Es una relación que ha tenido él.
– Sí pero Está en el entorno. La luna es engaño.
-¿Y mi hija lo descubre?
-Ella no detecta el tema pero más tarde a él se le ve el plumero. Yo tengo la luna y eso es una falsedad.
-¿En qué entorno está el moreno?
-En el trabajo o en la situación familiar o en los amigos.
-Me dejas de piedra. Quiera el Santísimo que lo descubra antes. Yo no se lo voy a decir porque no me va a creer. Se va por las circunstancias.
-Exactamente. Ahí se ve.
-¿Y se va?
-A ver-. Se oye barajar con garbo durante un buen rato y con voz de circunstancias la vidente pregunta: -¿Se va a ir a vivir con la chica sagitariana? Cuando digas ya, paramos.
-Ya.
-Izquierda, centro o derecha.
-Centro.
-A mi me dicen firmemente que lo tienen proyectado. ¿Están los dos trabajando?
-Él hace algunas cosillas. Ella, nada.
-¡Ahí esta!
-Te entiendo perfectísimamente.
-¿Ves? El mago con el loco: es inestable.
Pero la casa es mía. ¿Ellos al final se van o lo paran de momento?
-Yo creo que hay un parón. Dime: la izquierda o la derecha.
-Izquierda.
-Aquí hay un engaño rotundo para tu hija, hay una amiga con derecho a. “Asín” que…
-¿Y tu ves que a él le sale trabajo?
-Vamos a ver-. De nuevo, voz de preguntar a los arcanos: -¿A libra de 22 le sale trabajo?  Dime la izquierda o la derecha.
-La derecha.
-¡El mago y la muerte! Cariño, este muchacho tampoco se mata por trabajar.

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El olivar de Cirra

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Cuando te adentras en el olivar de Cirra, ves que los árboles están separados, como debe ser. Hay acequias, caminos principales y sendas. Algunos olivareros trajinan en silencio. Desde arriba parece otra cosa. Parece una selva sólida, roma e impenetrable. Solo en los bordes, algunos acebuches salvajes dan sensación de debilidad.

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De Castri a Delfos

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Antes de que trasladaran el pueblo colina abajo, Delfos se llamaba Castri. Las inscripciones de las piedras con las que habían construido la escuela dieron la pista de que no debía andar lejos el templo de Apolo.

Castri: parecía un nombre celta. En fin. El caso es que, conforme fueron apareciendo estatuillas y tambores de columnas, los arqueólogos franceses consiguieron convencer a las autoridades griegas para que desmantelaran el pueblo. Ahí lo tienes ahora, a 2 kilómetros de las ruinas: un par de calles prietas de hoteles con nombres rimbombantes y camas con colchones de muelles puntiagudos.

De todas formas, si el viajero tiene tiempo,  puede cenar en το πατρικό μας Ταβέρνα (la taberna de nuestro padre). La comida es buena y hay una excelente vista sobre el que fue el olivar más grande del mundo: una inmensa llanura de un verde acre, solo interrumpida por el último contrafuerte del Parnaso.

Allí abajo se ven las luces de la playa de Cirra. Sus habitantes pagaron caro el intento de cobrar peaje a los viajeros que desembarcaban en busca del oráculo.

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Avenida Dionysou Areopagitou

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