El Museo Naval de Galaxidi está en una casa que albergó antes el Ayuntamiento. En una de las salas se conserva una hermosa colección de cartas y postales. En las paredes, unos sesenta óleos y acuarelas todos dedicados a la navegación. La mayoría de los cuadros están pintados por aficionados de finales del XIX o principios del XX: desde la travesía más serena, hasta la tormenta más oscura; casi todos con un punto naif que los hace muy distintos a las marinas o los naufragios del romanticismo.
Esperanza Guillén tiene un libro que se llama precisamente así: Naufragios. Habla entre otros, claro, del «Mar glacial» de Friedrich y dice:
“La obra de Friedrich puede servir para ilustrar la distinción romántica establecida por Schiller entre lo ingenuo y lo sentimental. Si el primer término se refiere a una relación inmediata entre el artista y la naturaleza , es decir, la propia de quien forma un todo con ella, lo sentimental alude a un esfuerzo, cuando el hombre se ha vuelto artificial, por recuperar ese estado natural. La relación con la naturaleza, reflexiva y distanciada, es la de quien pretende alcanzar de nuevo una unidad que le permita superar ese estado de alienación. El artista clásico es ingenuo, el romántico es sentimental”
Y luego cita a Schiller en su Educación estética del hombre:
“Mientras el hombre, en su primer estado físico, acoge el mundo sensible por modo meramente pasivo, limitándose meramente a sentirlo, forma todavía un todo con el mundo; y por lo mismo que él es mundo, no hay en realidad mundo para él. Solo cuando, en el estado estético, coloca el mundo fuera, es decir, lo contempla, solo entonces separa de él su personalidad, y entonces se le aparece un mundo, precisamente porque ha dejado de formar un todo con él”.
La mayoría de estos cuadros del Museo Naval de Galaxidi están pintados con ese candor al que se refiere Schiller. Su mensaje es de grado uno, como si hubiera una vuelta al origen de la representación. Después de más de un siglo de “tragedia del paisaje”, hay aquí un alejamiento de lo sentimental que hacen del mar, de nuevo, algo por descubrir.
Otro café helado.
En la rada de Chirolaka, la carretera va junto el mar. No hay protección ni arcén. Dos metros más abajo, el agua clara deja ver las piedras del fondo. Galaxidi fue refugio veraniego de armadores, tal vez hasta que algunos hicieron dinero suficiente para comprarse islas particulares. Quedan casas grandes, con las contraventanas cerradas. Las conservan aún y dan al conjunto un aire lánguido. En las callejas, la sombras son de azul cerúleo y las buganvillas trepan por las paredes soleadas.
La carretera llega hasta el puerto; antes hay un bar con sombra de toldos. Sirven café frappé y desde las tumbonas se ve la línea del horizonte. Ahora, al mediodía, el cielo y el mar están poco definidos. Ni haciendo visera con la mano se distinguen bien; como si la imprecisión proviniera de uno mismo, de un fallo en la vista o de más adentro.
Llega una pareja elegante. Unos 70 años. Ella se quita por la cabeza un ligero vestido de playa, se descalza y baja la escalerilla de hierro que, desde el muelle, da al mar. A él le cuesta un poco más quitarse los mocasines y los pantalones claros. Luego se quita el polo. Deja la ropa doblada sobre la tumbona, con los zapatos al pie, y se tira desde el borde del hormigón. Solo se oye el chapoteo; el desnivel impide verlos.
El verano debe ser esto: el cuerpo propio y los ajenos; un paisaje inconcreto y no saber si merece la pena acercarse hasta el museo marítimo.
El jinete de Artemision es un niño, posiblemente africano. O monta habitualmente o aquel día, en las cuadras, decide subirse por su cuenta a un caballo que sale, también por la suya, a todo galope.
Su cara tiene ya las arrugas de lo pudo llegar a ser: determinación, valentía y miedo también.
El giro del caballo y el jinete hace pensar en aquel primer movimiento de cintura de las vírgenes góticas que parece la salida del túnel: la idea de que no todo permanecerá rígido para siempre. Aquí, 18 siglos antes de que a un artesano se le ocurriera que la madre de un dios también tiene caderas, otro nos enseña que en la representación de lo cotidiano se encierra un misterio de proporciones olímpicas.
Dice Montaigne: «Yo, que últimamente me he recogido en mi casa decidido, en cuanto de mi voluntad dependa, a pasar en reposo y solo la poca vida que me queda, pareciome no poder prestar beneficio mayor a mi espíritu que dejarlo en plena libertad, abandonado a sus propias fuerzas, que se detuviese donde tuviera por conveniente, con lo cual esperaba que pudiera en lo sucesivo adquirir mayor madurez; mas yo creo que ocurre precisamente lo contrario. Cuando el caballo escapa solo, toma cien veces más carrera que cuando el jinete lo conduce; mi espíritu ocioso engendra tantas quimeras, tantos monstruos fantásticos, sin darse tregua ni reposo, sin orden ni concierto, que para poder contemplar a mi gusto la ineptitud y singularidad de los mismos, he comenzado a poneros por escrito, esperando con el tiempo que se avergüence al contemplar imaginaciones tales».
Con un jinete como el de Artemision no parece tampoco que haya pensamiento que se detenga.

Antes de que trasladaran el pueblo colina abajo, Delfos se llamaba Castri. Las inscripciones de las piedras con las que habían construido la escuela dieron la pista de que no debía andar lejos el templo de Apolo.
Castri: parecía un nombre celta. En fin. El caso es que, conforme fueron apareciendo estatuillas y tambores de columnas, los arqueólogos franceses consiguieron convencer a las autoridades griegas para que desmantelaran el pueblo. Ahí lo tienes ahora, a 2 kilómetros de las ruinas: un par de calles prietas de hoteles con nombres rimbombantes y camas con colchones de muelles puntiagudos.
De todas formas, si el viajero tiene tiempo, puede cenar en το πατρικό μας Ταβέρνα (la taberna de nuestro padre). La comida es buena y hay una excelente vista sobre el que fue el olivar más grande del mundo: una inmensa llanura de un verde acre, solo interrumpida por el último contrafuerte del Parnaso.
Allí abajo se ven las luces de la playa de Cirra. Sus habitantes pagaron caro el intento de cobrar peaje a los viajeros que desembarcaban en busca del oráculo.
La vista desde la ventana del hotel es un caos caliente que anima a salir a la calle enseguida. En la aceras, lo árboles tienen medio tronco pintado de blanco, como los tenían aquí a los lados de las carreteras, antes de que los talaran. Muchos comercios están cerrados o tienen una actividad que parece de mera subsistencia. Cerca de la plaza Exarchia, hay coches quemados y las fachadas están empapeladas con carteles reivindicativos en los que se mezclan el griego y el español o aparece el rostro de un Txipras joven y despreocupado.
Llevo en la cabeza dos libros: La hora inmóvil de Bernad Plossu y PIGS de Carlos Spottorno. En el caso de Plossu, el libro no ha quedado bien. No sé por qué, las fotos tienen un tono caliente que no se corresponde con las copias que expuso en el Jardín Botánico. Las recuerdo más limpias, sin el añadido del acento que no les favorece. De todas formas, dan un idea del Mediterráneo muy personal. Tanto que, aunque se reconoce bien al autor, este se aleja de su punto de vista habitual y retrata las cosas por su nombre. Llama a los objetos con más claridad que en otras ocasiones, les da sentido, los aísla sin apartarlos del contexto y así los sumerge en una luz algo violenta y meridional.
Guardo el libro de Spottorno con cuidado porque lo editó en un papel casi de periódico. En la contraportada colocó el anuncio de un banco de su invención que luego ha vuelto a aparecer en alguna de sus publicaciones: el WTF Bank. “No necesitas dinero. Todo lo que necesitas es crédito”. Dice debajo de un hermoso Ferrari. Al contrario que en otros fotolibros contemporáneos, Spottorno hace alguna advertencia, de manera que la colección de imágenes que muestra -muchas de ellas paradójicas- resulta soportable para los ciudadanos del sur de Europa: “Esto es lo que veríamos –dice- si tradujéramos en imágenes los artículos que leemos en la prensa financiera”.
Los dos libros me sirven para viajar desde Salónica a Atenas por la A1. Si es cierto que los PIGS tienen una idiosincrasia particular, también lo es que nadie quiso ayudarles durante el siglo XX mientras, cada uno de ellos sufría el doloroso sarampión de sus respectivas dictaduras. Lo mismo que ha sucedido en toda la cuenca mediterránea. Llevo la ventanilla abierta y huele a almazaras, a pescado y a los ácidos que desprende la madera cuando se quema. Me viene a la cabeza, todo de una vez, la imagen de Franco y Eisenhower paseando en coche descubierto por la Castellana, la de Atenas desierta cuando el golpe de los coroneles o la de Sarkozy, gritando Vive la Libye!
Aunque estaba avisado, me sorprende la montaña desparramada de hormigón que es Atenas. Las luces amarillas de las farolas iluminan el extrarradio que parece adentrarse hasta el centro de la ciudad. Llego al hotel sin contratiempos, cerca del parque Areos y el Museo Arqueológico Nacional.