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Passy en invierno : Música

Misericordia

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Fin de semana. Descanso. Apartarme de no hacer nada para no hacer nada. Me voy al templo de Sensō-ji en Asakusa. Al Sanja Matsuri. Hay mucho más público que en Kanda. Llueve bastante. Llego justo cuando aparecen en la enorme puerta del templo varios mikoshi en procesión. Encuentro un sitio bueno y hago lo que puedo. He comprado un paraguas plegable y pequeño. Tomo algunas fotos con flash. Enfocar sujetando una máquina tan grande y a la vez el paraguas entre tantas personas no funciona bien. Me aparto e intento plegar el paraguas: sin éxito. Lo rompo y lo guardo en un bolsillo exterior de la mochila. Entro en el templo y hago cola para que el monje calígrafo me ponga unas letras en la libreta. Mientras espero que llamen por mi número. —¡Veinticinco!— anuncia el asistente del calígrafo al otro lado del mostrador. Mientras, fuera llueve sin parar. Traduzco la caligrafía con el móvil: «17 de mayo. Día del Seikon Gaku. Kinryuzán», el nombre completo del templo: Montaña del Dragón Dorado y la Diosa de la Compasión, que es la imagen principal del templo Sensō-ji.

Los fieles japoneses que van al Sensō-ji a pedir por sus enfermos, sus negocios, sus hijos, no están muy lejos de los católicos que rezan a la Virgen de la Misericordia. Hay una religiosidad del consuelo, del refugio emocional, que funciona de manera muy similar, pero la estructura teológica es distinta. En el cristianismo hay un Dios personal que ama y perdona o castiga. En el budismo hay un principio de compasión universal que acompaña sin juzgar, que guía sin imponer, que alivia sin redimir. Aquí el fervor opera bajo una lógica diferente. No hay culpa que expiar, sino ignorancia que disipar. No hay salvación que recibir, sino despertar que realizar. Esa ignorancia ingenua, que choca con nuestra negación de la eximente de desconocimiento para las leyes civiles, es propia de la compasión budista: no hay juicio moral previo, no hay deuda que pagar. La compasión budista de Kannon (観音, Kanzeon) significa literalmente «la que observa los sonidos del mundo». Se trata de una presencia atenta, no de una intervención judicial. No hay nada que perdonar; simplemente acompaña el sufrimiento y ayuda a disipar la ignorancia que lo causa.

La misericordia cristiana es vertical y condicional: Dios la otorga al pecador arrepentido. Implica una economía del perdón donde hay algo que saldar, una deuda moral que liquidar. La compasión de Kannon es horizontal e incondicional. No juzga ni perdona porque no existe un orden moral quebrantado.

La misericordia necesita una arquitectura moral: pecado, culpa, arrepentimiento, perdón vertical. Lo secular no solo eliminó a Dios del discurso público, sino todo el vocabulario que dependía de esa relación vertical. Palabras como «compasión», «empatía» o «solidaridad» fagocitaron la misericordia porque pueden funcionar horizontalmente, entre iguales. Pero «misericordia» sigue implicando una asimetría de poder casi feudal: alguien superior que se apiada de alguien inferior. Es profundamente jerárquica. La misericordia tiene un residuo de condescendencia: «ten misericordia de mí» implica que estás en posición de juzgarme primero. La ética contemporánea prefiere conceptos que no impliquen esa superioridad moral.

El budismo japonés nunca tuvo ese problema porque la misericordia budista siempre fue horizontal. Jihi (慈悲), el término budista que traducimos como compasión, no tiene nada que ver con esta arquitectura contable. Kannon simplemente «observa los sonidos del sufrimiento» (Kanzeon) y responde sin intermediarios teológicos, sin tribunal, sin protocolo de expiación. No hay culpa que limpiar, sino ignorancia que disipar. La compasión está ya ahí, incondicional, presente, sin preguntar si la mereces o si has cumplido algún requisito previo.

Al día siguiente, repaso la cámara y el flash y voy a Asakusa de nuevo. Me equivoco de tren otra vez. Hay más público. Veo a algunos fotógrafos con banquetas plegables de aluminio y grandes teleobjetivos. Me meto por donde puedo con el ojo puesto en el visor hasta que noto los empujones porque estamos en las escaleras del templo. Paro un rato a descansar. Me aparto y luego vuelvo a intentarlo con una y otra cofradía. Voy cambiando de calle conforme escucho las flautas y los tambores. El sonido agudo acompañado de tambores de ritmo incómodo, que sirve para marcar el territorio de las deidades, me hace daño. El ritmo incómodo, ¿de dónde viene? Otra cofradía precedida por unas geishas pasa por una calle estrecha. Hay una que parece la jefa: más alta, más severa, con rasgos casi masculinos. El erotismo de las que le acompañan se esfuma cuando miro a esta mujer que pasa con suavidad pero sin elegancia.

Como atún crudo con wasabi y un poco de té hojicha tostado, dulce. Después de comer, sigo a otra cofradía y voy tomando fotos. Mejor sin cervezas. A pesar de ir sobrio, se me cae la cámara al suelo porque uno de los enganches está flojo. Ayer mismo pensaba en la diferencia entre parecer y hacer bien. Cuántas veces me engaño con la apariencia. Parece que la máquina está bien. Tiene un roce en el borde inferior derecho. Mientras vuelvo a colocar la correa, oigo un run-run a mi derecha, en un lateral del templo. Un grupo de hombres se desnuda para mostrar sus tatuajes. Corro como otros y me siento en el suelo. Ha sido una sesión de media hora dirigida por un maestro de ceremonias, que colocaba a los protagonistas de frente, de espaldas, para que admiráramos sus cuerpos tatuados. Había dos chicas con la parte superior de un bikini. He estado la media hora buscando caras, culos y dibujos. Tampoco sé para qué. Veremos luego. Luego, me siento en mitad de la calle junto a un fatigado mikoshi katsugi. Mantenemos una conversación banal con el Google Translator. Le digo que siento no hablar japonés y que para ir a los sitios hay que tener al menos una idea del idioma. El tipo me contesta que lo importante está en el corazón de las personas que se hablan. Hemos tomado una limonada amarga.

Vuelvo a la Puerta del Trueno cuando ya atardece. Varios mikoshi esperan para entrar. Me coloco junto al pilar derecho y aguanto las embestidas de los katsugi que los llevan en andas. El deseo de entrar todos a la vez hace que la presión sobre la puerta quede despejada de curiosos. Pego la espalda contra la roja columna de madera y levanto la cámara sobre mi cabeza. Hace diez años estaba en el patio, ahí adelante, quemando incienso en el enorme pebetero de bronce. Ahora, el fragor de la música y los gritos —¡Soiya! ¡Soiya!— con los que se animan unos a otros es todo el paisaje al que puedo llegar. No veo nada.

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Aguas turbulentas

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Tengo que mirar dónde hay un embarcadero para cruzar el rio Edo. Hay una canción de los años 70 interpretada por una pareja que anhela salir de Shibamata, atravesando el río, bajo la lluvia.

Quiero lo contrario: entrar desde Chiba al lugar viejo, al lugar del que no se sale, donde arden las casas, las cabezas de león aparecen en el río y donde la dirección del tiempo extingue el deseo de volver. Y quiero que alguien me lleve de una orilla a la otra. Los budistas japoneses tienen un puente para las almas virtuosas y un vado para quienes cometieron pecados veniales. Ninguna de ambas posibilidades sirven a mi propósito: la segunda porque, a su paso por Shibamata, el río es profundo. La tercera, las aguas turbulentas, está reservada para quienes pecaron seriamente. ¿Cómo de fuerte es la corriente del Edo? 

Como en la laguna Estigia, también aquí hay dinero de por medio, los deudos dejan unas monedas al lado del difunto. El dinero lo allana todo. Al pasar la barca. Recuerdo La isla de los muertos de Arnold Böcklin. Al menos la que vi en la Antigua Galería Nacional de Berlín hace años. Böcklin repitió el cuadro muchas veces, aunque el primero lo hizo por encargo: -Pínteme algo que me haga soñar-. Le pidió una princesa que había enviudado hacía poco.

Algo así. No tan tétrico. Crúceme. Que alguien me lleve de un lado al otro. Por dinero. Porque tal vez tenga una concesión y esté obligado a remar para quienes tienen o quieren ir al otro lado.

Después de cenar caballa y panceta con tomate, vuelvo al hotel a por el trípode y doy un paseo alrededor de la estación. Las cervezas han provocado un efecto tranquilizador. Hago una foto. Eso es todo. C.K. me decía que los japoneses no se preocupan tanto a la hora de fotografiar o de componer un libro de fotos. Para ella no hay razones morales que iluminen un trabajo, ni un comportamiento ético que lo justifique. Sin embargo, la calidad estética de las fotografías de C.K. debe entenderse como una posición ética. Cuidar la forma dice mucho sobre cómo se relaciona con el mundo, sobre qué merece su atención y qué no. Los japoneses usan Yūgen para referirse, en lo estético, a lo que se sugiere y no puede ser dicho. Tal vez sea eso.

Creo que Wittgenstein no estudió filosofía oriental, pero algunas de sus proposiciones parecen escritas a este lado del mundo: 6.421 “Es claro que la ética no puede expresarse. La ética es transcendental. (Ética y estética son lo mismo)”. Posiblemente a esto se refiera C.K cuando me dice estas cosas y no nombra otras. Esa relación profunda es para mí un objeto inalcanzable y quienes llegan a entender la unidad de ambas son dignos de cruzar el Sanzu no Kawa a través del puente de la virtud.

Vuelvo al hotel. Ha empezado a llover. Ya no hay avisos sonoros en la estación; solo se oyen los trenes que llegan y se van, cada vez con menos frecuencia. Miro una última vez a través del visor de la cámara y veo a cualquiera menos a mí.

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Las pupilas de Nietzsche

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Lo exótico, ¡bah! Todo es igual en todas partes. Mira que hemos cabalgado a lomos de lo racional durante siglos. Si hasta hemos matado a dios, aunque encargáramos el  trabajo a un tipo que se abrazó a un caballo para decirle: “Madre: soy tonto”. 

Lo insólito nos uniforma más que el silogismo.  A la tarde, en Kanda, veo una procesión infantil: dos grupos de niños traen a hombros sendos mikoshi para ser bendecidos frente al templo. Avanzan al grito de ¡Banzai! Niños fuera del rito de iniciación. Como si en Semana Santa salieran -que ya salen- vestidos de mozorros o de legionarios. Niños llevando en andas un paso de la Mini Macarena. Les recibe en lo alto de las escaleras el sacerdote principal, alto, joven y guapo, junto a otros sacerdotes de rango inferior y dos chicas ayudantes. Se mueven todos como si no doblaran las rodillas, como con ruedines en los pies, sin esfuerzo. Entran y salen de la oscuridad del templo a la luz de la tarde y las pupilas han de hacer un esfuerzo si quieres seguirles. Ellas, vestidas con camisa blanca y sobrefalda naranja, se encargan del protocolo. Conforme llegaban más cuadrillas con sus altares portátiles, dos ayudantes con sobrefalda azul turquesa invitan al público a hacerse a un lado. Me aparto hacia el jardín donde se celebra el festival de percusión. Produce sonrojo recordar las batucadas que desde hace unos años se oyen en nuestras fiestas y manifestaciones. Aquí la variedad de ritmos y cadencias es abrumadora. Creo que la semana que viene algunas hermanades sevillanas pasearán por Roma y el sábado pasado hubo fumata blanca en el Vaticano. 13.500 km de distancia: Lo exótico.

A la mañana, bajo la lluvia, he seguido a un grupo que volvía a casa después de hacer su ofrenda en el templo. Para que sus camisas no se mojen, todos llevan impermeables transparentes. Empujan la caseta de los músicos: 3 tambores, un flautista y una mujer que golpea un platillo de metal. En medio del tráfico, recorren el barrio, siempre por el carril más cercano a la acera. Voy detrás como un tonto. Nadie más les sigue. En los cruces, algunas personas se paran a mirar. La comitiva espera a que el semáforo les dé paso y atraviesan una avenida de 8 carriles.

Dice J. que siempre andamos alzando algo: muertos en los funerales, palios, pancartas, pasos, altares portátiles. Levantamos lo que sea y lo ofrecemos. No lo arrastramos por el suelo. Buscamos elevarlo para ofrecerlo, para enseñarlo. Tal vez sea porque “arriba” está la luz que permite distinguir. En la oscuridad todo se confunde. Por eso la luz se asocia con conocimiento. Al cielo con ella. ¿Con quién? Al cielo con la razón.

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Una malla de gallinero

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En el templo budista de Shibamata, un monje vestido de negro hace chocar dos tablas de madera con poco sentido del compás. Canta algo indefinido. Algo que se parece a las canciones que cantan los indios alrededor del fuego, en las películas del Oeste. 

Cuando termina de golpear las tablillas, el monje comienza a rezar. Está sentado en la postura del loto cerca del altar. Le separa de los fieles dos escalones y una red de gallinero sujeta por una estructura de madera. El monje sigue rezando, hasta que golpea dos veces un gong de bronce. El recubrimiento de fieltro del mazo hace que el sonido sea profundo y prolongado. 

Desde un edificio contiguo, se escucha otro tableteo sin un patrón definido; un crotoreo de cigüeña desganada. Esa especie de desidia en el ritmo, hace del sonido algo imprevisible. No cabe otra cosa que la tensión: El no iniciado espera que, en cualquier momento, se encadene un compás que le arrastre a la laxitud, pero la cadencia no llega nunca.

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Akasaka

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Quai Saint Bernard

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Estoy solo, oyendo a unos músicos de jazz. Llevo dos días escuchándolos ensayar. En un descanso ven una película antigua y le pregunto a uno de ellos si hacen música para cine. Me contesta muy serio y algo condescendiente que no, que sólo hacen jam session.

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Ça arrive tout le temps

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ca-va-arriver
happens all the time, Depeche Mode

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Seth Gueko en el metro

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paris-photo-201520151114_161el rap y el francés

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Avant mercredi soir

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L’origine \ Boris Vian

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Cecil Mclorin / Le front caché sur tes genoux

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Le front caché sur tes genoux
J’ai sangloté toute ma peine,
Il faisait sombre autour de nous,
Et le soir sentait la verveine.

Mon cœur battait à tristes coups,
Comprenant sa tendresse vaine;
Le front caché sur tes genoux,
J’ai sangloté toute ma peine.

Tu me disais des mots très doux,
Mais je les entendais à peine…
je revivais l’heure lointaine
Où je faisais des rêves fous,
Le front caché sur tes genoux.

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De dónde viene todo esto: Passy en invierno. 9 años por el barrio

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