

Gracias por tu recomendación. He leído Limónov casi sin pausa y, si se puede decir así, en el mejor momento. Mientras el protagonista viajaba a Yugoslavia, los soldados de Putin entran en Crimea. Las aventuras de este tipo inclasificable me han hecho entender que no es tan difícil perderse a la hora de elegir un bando. El ejemplo de Ucrania es una muestra más. Quién es el golpista, quién el invasor. Las confusiones entre partidos, tendencias o movimientos no nos son tan ajenas. De hecho, cambiando lo que se deba cambiar, todo es muy parecido y por encima de las ideas, claro, el dinero. La narración de la caída de la URSS y la venta de empresas públicas resulta escalofriante. La angustia de quienes quedan orillados en las cunetas de la miseria hace entender muy bien la añoranza del comunismo.
He disfrutado con el retrato de las mujeres de Limónov y he buscado la fotografía de Elena. Si no recuerdo mal, Carrère no acaba de describir la imagen por completo. No cuenta que Elena está sentada sobre una bandeja, servida como una cena exquisita.
No sé si ahora se conforma con menos pero da la sensación de que las redes sociales lo igualan todo. Aunque tenga dos millones de lectores rusos y en su blog mande a Obama a la mierda, la cosa no suena igual. Falta ese romanticismo violento que Carrère describe tan bien.
Nos vemos pronto,
Extras:
Soy yo, Eddie traducido al español, en PDF
Todo sobre Limónov (en francés)
Mucho antes de que Arturo Redín escribiera el guión de El cielo gira, imaginó una Pamplona con mar en La cofradía del centollo, un relato que Navarra hoy publicó por entregas.
Me he acordado de La cofradía viendo mapas. Por asociación. Pamplona no tiene mar pero a la inversa, en la bahía de Alaska hay un pequeña cadena montañosa sumergida que se llama Pamplona Ridge. La forma más cómoda de acercarse es volando hasta el aeropuerto de Icy, junto a la frontera con Canadá.
Y todo por tomar un desvío mientras paseaba por la página de David Rumsey: una enorme colección de mapas de todo tipo que equivalen -extendido- al globo terráqueo de nuestra infancia.
No he podido saber por qué alguien le puso semejante nombre a un lugar tan remoto y profundo. Sí he visto que, casi enfrente, está el glaciar de Malaspina, del que sabemos que debe su nombre a Alejandro Malaspina, un explorador italiano al servicio de la Armada española, que visitó la región en 1791.