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Estimado L.:
No eres el único al que le interesan los reversos. Especialmente en el fotoperiodismo, hay coleccionistas que solo deciden la compra después de dar la vuelta a la imagen para ver las anotaciones.
Mira esta foto de John Dominis y dime qué te gusta más. Por lo menos, podremos decir que cara y cruz son complementarias y que cuentan una misma historia y también dos distintas. Dominis –murió en diciembre pasado- estuvo en Vietnam, en Woodstock; hizo de todo pero nunca sabes dónde te encontrarás con algo como esto. Tú tampoco sabes cuándo encontrarás la nota definitiva. Espero que sea pronto.
Saludos,

Watabe Yukichi – A Criminal Investigation from PhotoBookStore.co.uk
Hace ahora dos años, se editó A Criminal Investigation. Ahora se reedita.
Parece que es «obligado» que los trabajos fotográficos tomen la forma de una serie, de un grupo de imágenes que traten de un mismo tema de manera que el espectador pueda centrarse sobre el objeto del trabajo sin perder el hilo. Hay, se dice, dos tipos de fotografía: la que tiene valor por sí sola y la que forma parte de un cuerpo de trabajo. Lo ideal sería que la misma imagen fuera las dos cosas a la vez. Las hay, desde luego.
Están también los casos en los que la fotografía se pone, sin complejos, al servicio del relato. Este libro de Watabe Yukichi me recuerda las fotonovelas que leían las chicas en nuestra adolescencia: fotos para contar. Luego fuero sustituidas por las telenovelas pero el objeto era el mismo. A Criminal Investigation es algo más sutil que aquellas revistillas cuya cuatricomía no encajaba ni por asomo. Es la historia de un policía que busca al asesino de Sato Tadashi, partes de cuyo cuerpo habían aparecido el 13 de enero de 1958 en un barril de petróleo en la prefectura de Irabaki.
El fotógrafo no cuenta ni el hallazgo ni la resolución, solo el deambular del detective. Es una historia recortada que, por cierto, no gustó nada a la policía japonesa. El resultado es una identificación con el personaje mucho más que con el caso. El «lector» acaba subyugado por un hombre que deambula por los barrios de la ciudad sin importarle si resolverá o no el crimen. Es la persona, es la persona,
«Rectitud, s.
Virtud sólida que solía encontrarse entre los Pantidoodles, habitantes del sector meridional de la península de Oque. Misioneros que volvían de allí hicieron varios tibios intentos por introducirla en Europa, más, al parecer, la expusieron con escasa convicción, como se desprende del único sermón conocido del piadoso obispo Rowley, del que damos un pasaje característico: <Ahora bien, la rectitud consiste no sólo en un santo estado de ánimo, ni siquiera en cumplir los ritos religiosos y obedecer la letra de la ley. No basta ser piadoso y justo; es necesario conseguir que los otros alcancen el mismo estado; y el medio justo para ese fin es la compulsión. Porque así como mi injusticia puede hacer daño a otro, del mismo modo la injusticia de éste puede perjudicar a un tercero, cosa que manifiestamente debo impedir, así como evito mi propio mal. En consecuencia, si quiero ser recto, debo impedir, por la fuerza si es necesario, que el prójimo
acometa esas injuriosas empresas de las que yo mismo, gracias a una mejor disposición y a la ayuda del Cielo, me abstengo>».
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| Vía: Buzón de pintura |
Querido J:
A esto te referías posiblemente el otro día, cuando hablábamos del artículo publicado en El mundo y algún comentario en las redes. Es muy posible que los británicos cubran el precio del Van Dyck porque entenderán que es una cuestión de cierta importancia. Pero también entienden que el propietario quiera venderlo por su precio de mercado. La coexistencia de ambas posibilidades está matizada en todas las legislaciones europeas por el derecho de tanteo del Estado en casos determinados. Supongo -solo supongo- que no siendo un autor inglés, en este caso, el propietario tiene derecho a venderlo fuera del país. Ahí aparece esa relación con el dinero que resulta mucho más simple que en el Mediterráneo católico.
De esos extraños lazos entre arte y capital habla el dorso del cartel Badiola. En realidad es una pequeña recopilación de citas. Tal vez sea más conveniente entregar al espectador no avisado un ejemplar de La ética protestante y el capitalismo y otro de las Profanaciones de Agamben pero de esto ya hablaremos después de ver la obra. Mientras tanto baste recordar que los protestantes hace tiempo que tienen clara la relación escatológica con el dinero. Basta con darse un vuelta por Amsterdam y contemplar los relieves de sus iglesias.
Saludos,
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| Reclus wordpress |
“… entre 1871 y 1914, Francia tuvo cincuenta gobiernos distintos, pues se dedicaban en su mayoría a disputarse los cargos y con frecuencia solo parecían estar interesados en lo que podían extraerle a lo que el pueblo denominó “la meretriz” o la república de los amiguetes. En 1887, se descubrió que el yerno del presidente vendía títulos honoríficos, entre ellos la legión de honor, por lo que, durante algún tiempo el término “viejo condecorado” se consideró ofensivo. En 1891-1892 quebró la compañía del canal de Panamá, arrastrando consigo millones de francos y la reputación de los eminentes Lesseps y Gustave Eiffel, constructor de la famosa torre, así como de decenas de diputados, senadores y ministros. Al menos el fallecimiento del presidente Faure en brazos de su amante dio lugar a otro tipo de escándalo”…
1914 De la paz a la guerra ed. Turner Noema
Margaret MacMillan
Es una especie de refugio religioso. La puerta principal da a una gran avenida. Las dos hojas abiertas nos permiten ver los acontecimientos, asomarnos incluso, un poco temerariamente. Si alguien lo hace en exceso un monje, o lo que sea, nos arrastra hacia adentro.
Hemos venido desde muchas partes para fotografiar esto. Desde la derecha de la calle se oye un rumor que se convierte enseguida en un estruendo. Me asomo para ver una especie de encierro en el que los toros son de trapo: unos peluches que persiguen a corredores que parecen guiñoles. Tengo la cámara conectada a un iPad. No sé por qué. El caso es que los cables y la correa están delante del objetivo y no hay forma de tomar una foto. Un monje me empuja al interior.
Hay una mesa baja donde todos los corresponsales han dejado sus máquinas. Todas parecen ser de película. Las hay con motor, sin motor, réflex, sin espejo, unas junto a otras pero ninguna es digital. A la derecha se abre un laberinto de pasillos de tela amarilla. Me entra la curiosidad y avanzo sin saber adónde voy. Un monje me detiene. Debe ser la zona de clausura.

Querida P:
Que yo sepa, en casa solo hay dos libros prestados. Uno es El camino más corto de Manuel Leguineche. Me lo dejaste hace treinta y tres años. Está bien de salud, con la sobrecubierta intacta. Solo tiene la marca de tu nombre en la página de respeto, arriba a la derecha, escrito con letra pequeña, redonda y subrayada.
Me he acordado de él ahora que su autor ha muerto. Durante todos estos años también me ha venido a la memoria por otras muchas cosas. Recuerdo lo primero que me gustó: el Land Cruiser de la ilustración. También me vino a la memoria hace poco, cuando L. me dijo que estaba aprendiendo a fabricar arcos de madera y a disparar con ellos o cuando leí Las columnas de Hércules de Teroux. Es un libro estupendo y aquí está todavía, haciendo de puente.
Una vez quise devolvértelo y me dijiste que no. Desde entonces estoy algo más tranquilo pero no del todo. Prestar libros o recibirlos en préstamo me pone muy nervioso. ¿Cuándo lo devolveré? ¿Cuándo estará de vuelta? También es cierto que ahora basta con dar un título para que cualquiera se lo descargue de aquella manera.
Mira esta página, me dice una amigo, tiene diez mil libros para descargar. Qué pereza: diez mil libros. Cuánto hay que saber para elegir si no tienes a la vista la mesa de novedades y el estante de los que siempre te han gustado.
Estoy divagando. Todo lo que quería decirte es eso: que El camino más corto sigue por aquí y que da igual por dónde lo abra porque siempre produce el mismo deseo de viajar.
Saludos,
P.S. Aunque el plazo legal ha transcurrido, siempre diré que la usucapión no ha desplegado sus efectos porque sigo considerando que el bien es tuyo.
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