Estoy con el ojo en el visor para comprobar que las verticales están en su sitio. Me despistan los postes. La mayoría están torcidos. Consigo que las casas se yergan sin errores de perspectiva, pero a los lados, siempre aparecen líneas que entran sin recato hacia el interior de la imagen.
Me siento un rato para buscar referencias y saber qué estoy fotografiando. El terremoto del 11 de marzo de 2011 y el tsunami que le siguió arrasaron ciudades enteras. Murieron casi 20.000 personas. Aquí, en Tokio, a cientos de kilómetros del epicentro, se sintió la sacudida durante varios minutos. En barrios como Matsudo y Shibamata, cerca del río Edo, el temblor prolongado hizo que el terreno perdiera su resistencia durante la vibración y terminara comportándose como un líquido viscoso. Los postes se hundieron o se inclinaron.
Enseguida, mi problema con las verticales deja de serlo y se convierte en un recordatorio. Una línea desajustada me permite evocar con delicadeza y respeto un desastre que no viví y un lugar en el que no estuve. Al mismo tiempo, uno de esos postes parece hundirse en mi cerebro como una aguja fina, como si mi cráneo también hubiera sufrido un proceso de licuefacción. El extremo afilado del poste hace sinapsis en alguna zona remota del recuerdo. Mi madre nos bañaba en un barreño de zinc que encajaba en el fregadero. Hay una foto en la que aparezco dentro: enjabonado, pequeño y feliz. Era el mismo barreño que mi madre usaba para hacer la colada. Hasta que compró una lavadora de carga superior: un cilindro perfecto de la marca Otsein. En el centrifugado, la máquina se movía enloquecida por la cocina en un zarandeo rítmico cada vez más intenso, mientras el ruido del motor subía hacia los agudos. Entonces aparecen Richter y su escala y el círculo se cierra.
No estaba aquí en 2011, ni estoy ahora en el barreño de la cocina. No puedo recordar algo que no he vivido y tal vez recuerde mal algo que sucedió hace 60 años y, sin embargo, un poste torcido me lleva de un sitio a otro a una velocidad que no creo que alcance la luz.
Fin de semana. Descanso. Apartarme de no hacer nada para no hacer nada. Me voy al templo de Sensō-ji en Asakusa. Al Sanja Matsuri. Hay mucho más público que en Kanda. Llueve bastante. Llego justo cuando aparecen en la enorme puerta del templo varios mikoshi en procesión. Encuentro un sitio bueno y hago lo que puedo. He comprado un paraguas plegable y pequeño. Tomo algunas fotos con flash. Enfocar sujetando una máquina tan grande y a la vez el paraguas entre tantas personas no funciona bien. Me aparto e intento plegar el paraguas: sin éxito. Lo rompo y lo guardo en un bolsillo exterior de la mochila. Entro en el templo y hago cola para que el monje calígrafo me ponga unas letras en la libreta. Mientras espero que llamen por mi número. —¡Veinticinco!— anuncia el asistente del calígrafo al otro lado del mostrador. Mientras, fuera llueve sin parar. Traduzco la caligrafía con el móvil: «17 de mayo. Día del Seikon Gaku. Kinryuzán», el nombre completo del templo: Montaña del Dragón Dorado y la Diosa de la Compasión, que es la imagen principal del templo Sensō-ji.
Los fieles japoneses que van al Sensō-ji a pedir por sus enfermos, sus negocios, sus hijos, no están muy lejos de los católicos que rezan a la Virgen de la Misericordia. Hay una religiosidad del consuelo, del refugio emocional, que funciona de manera muy similar, pero la estructura teológica es distinta. En el cristianismo hay un Dios personal que ama y perdona o castiga. En el budismo hay un principio de compasión universal que acompaña sin juzgar, que guía sin imponer, que alivia sin redimir. Aquí el fervor opera bajo una lógica diferente. No hay culpa que expiar, sino ignorancia que disipar. No hay salvación que recibir, sino despertar que realizar. Esa ignorancia ingenua, que choca con nuestra negación de la eximente de desconocimiento para las leyes civiles, es propia de la compasión budista: no hay juicio moral previo, no hay deuda que pagar. La compasión budista de Kannon (観音, Kanzeon) significa literalmente «la que observa los sonidos del mundo». Se trata de una presencia atenta, no de una intervención judicial. No hay nada que perdonar; simplemente acompaña el sufrimiento y ayuda a disipar la ignorancia que lo causa.
La misericordia cristiana es vertical y condicional: Dios la otorga al pecador arrepentido. Implica una economía del perdón donde hay algo que saldar, una deuda moral que liquidar. La compasión de Kannon es horizontal e incondicional. No juzga ni perdona porque no existe un orden moral quebrantado.
La misericordia necesita una arquitectura moral: pecado, culpa, arrepentimiento, perdón vertical. Lo secular no solo eliminó a Dios del discurso público, sino todo el vocabulario que dependía de esa relación vertical. Palabras como «compasión», «empatía» o «solidaridad» fagocitaron la misericordia porque pueden funcionar horizontalmente, entre iguales. Pero «misericordia» sigue implicando una asimetría de poder casi feudal: alguien superior que se apiada de alguien inferior. Es profundamente jerárquica. La misericordia tiene un residuo de condescendencia: «ten misericordia de mí» implica que estás en posición de juzgarme primero. La ética contemporánea prefiere conceptos que no impliquen esa superioridad moral.
El budismo japonés nunca tuvo ese problema porque la misericordia budista siempre fue horizontal. Jihi (慈悲), el término budista que traducimos como compasión, no tiene nada que ver con esta arquitectura contable. Kannon simplemente «observa los sonidos del sufrimiento» (Kanzeon) y responde sin intermediarios teológicos, sin tribunal, sin protocolo de expiación. No hay culpa que limpiar, sino ignorancia que disipar. La compasión está ya ahí, incondicional, presente, sin preguntar si la mereces o si has cumplido algún requisito previo.
Al día siguiente, repaso la cámara y el flash y voy a Asakusa de nuevo. Me equivoco de tren otra vez. Hay más público. Veo a algunos fotógrafos con banquetas plegables de aluminio y grandes teleobjetivos. Me meto por donde puedo con el ojo puesto en el visor hasta que noto los empujones porque estamos en las escaleras del templo. Paro un rato a descansar. Me aparto y luego vuelvo a intentarlo con una y otra cofradía. Voy cambiando de calle conforme escucho las flautas y los tambores. El sonido agudo acompañado de tambores de ritmo incómodo, que sirve para marcar el territorio de las deidades, me hace daño. El ritmo incómodo, ¿de dónde viene? Otra cofradía precedida por unas geishas pasa por una calle estrecha. Hay una que parece la jefa: más alta, más severa, con rasgos casi masculinos. El erotismo de las que le acompañan se esfuma cuando miro a esta mujer que pasa con suavidad pero sin elegancia.
Como atún crudo con wasabi y un poco de té hojicha tostado, dulce. Después de comer, sigo a otra cofradía y voy tomando fotos. Mejor sin cervezas. A pesar de ir sobrio, se me cae la cámara al suelo porque uno de los enganches está flojo. Ayer mismo pensaba en la diferencia entre parecer y hacer bien. Cuántas veces me engaño con la apariencia. Parece que la máquina está bien. Tiene un roce en el borde inferior derecho. Mientras vuelvo a colocar la correa, oigo un run-run a mi derecha, en un lateral del templo. Un grupo de hombres se desnuda para mostrar sus tatuajes. Corro como otros y me siento en el suelo. Ha sido una sesión de media hora dirigida por un maestro de ceremonias, que colocaba a los protagonistas de frente, de espaldas, para que admiráramos sus cuerpos tatuados. Había dos chicas con la parte superior de un bikini. He estado la media hora buscando caras, culos y dibujos. Tampoco sé para qué. Veremos luego. Luego, me siento en mitad de la calle junto a un fatigado mikoshi katsugi. Mantenemos una conversación banal con el Google Translator. Le digo que siento no hablar japonés y que para ir a los sitios hay que tener al menos una idea del idioma. El tipo me contesta que lo importante está en el corazón de las personas que se hablan. Hemos tomado una limonada amarga.
Vuelvo a la Puerta del Trueno cuando ya atardece. Varios mikoshi esperan para entrar. Me coloco junto al pilar derecho y aguanto las embestidas de los katsugi que los llevan en andas. El deseo de entrar todos a la vez hace que la presión sobre la puerta quede despejada de curiosos. Pego la espalda contra la roja columna de madera y levanto la cámara sobre mi cabeza. Hace diez años estaba en el patio, ahí adelante, quemando incienso en el enorme pebetero de bronce. Ahora, el fragor de la música y los gritos —¡Soiya! ¡Soiya!— con los que se animan unos a otros es todo el paisaje al que puedo llegar. No veo nada.
Después de diez años vuelvo al museo Asakura. No recordaba que el escultor había hecho construir un pozo con un elevador eléctrico para trabajar las esculturas al nivel adecuado. El hueco es circular, pero la base es hexagonal. Sobre ella está la estatua de Ōkuma Shigenobu, una mole gris de dos metros. Subo a la terraza donde el escultor tenía su huerto y desde el que se ve, en vertical, el estanque recogido entre las paredes del patio y los arbustos. Las carpas rojas nadan de esquina a esquina.
La guía del museo del escultor Asakura habla alemán porque su cantante de ópera favorito es alemán. Me ha dado un mapa de Ueno para decirme dónde hay un par de museos tranquilos y cuando he ido a marcarlos con un bolígrafo negro ha venido una cuidadora -ha aparecido por detrás como el rayo- para ofrecerme un lápiz. Hemos hablado del color en la escritura. Me ha mostrado su acreditación desmintiendo mi idea del gris, pero luego ha añadido algo: los japoneses no son de sí o no, andan en el gris. Al rato me he acordado de aquella idea para el libro de la plata, las fundas de las bicicletas y de los coches. Ahora ando aquí dándole vueltas al color. Miro estos azules y rojos que aparecen en todas partes.
No solo por la enfermedad; el deseo de no molestar con la presencia propia y el de ocultar el rostro, parecen motivos para la mascarilla. Hoy, en el tren, una chica se arreglaba los mechones del pelo debajo de su sombrero mientras se miraba en el espejito de la funda del móvil. Aparte de sus ojos es todo lo que mostraba.
En el Palacio Yamamoto Tei, muchas mesas están hoy ocupadas por mujeres que toman un té. Nadie habla demasiado alto. La veranda está cerrada por cristaleras finas desde las que se ve el jardín en trampantojo: es como estar frente a un bosque que en realidad no existe. la elevación del fondo y un falso salto de agua entre los árboles producen la sensación de distancia. A mi izquierda, el hombre al que intento fotografiar se ha dado cuenta y se marcha.
En el jardín del palacio hay aún algunos macizos florecidos, desde aquí parecen lirios. Están a punto de marchitarse. El cielo está horrible, es como nata sin cuajar, tan desagradable como ayer. Tan desagradable como yo mismo. Con la entrada al palacio del té se puede visitar también al museo de Tora san. En España hay un Museo Berlanga, pero es virtual.
Dos chicos están practicando peluquería en un cementerio. No tienen problema en que los fotografíe. Como el que hace de peluquero llevaba gorra de visera su cara quedará oscura. Al otro, al sujeto paciente, le pido que gire la cabeza a la izquierda porque me mira con una seriedad que quisieran muchos modelos. Al rato, me alcanzan en la estación de metro, y me piden hacer una foto de la foto. En nuestro horrible inglés los tres hablamos del tiempo de formación y del futuro de un peluquero en Tokio.
He perdido la gorra de Ken, justo ahora ahora que empezaba a despelucharse. Al rato paso junto a una tienda de confecciones y en la calle hay un aparador con varios modelos de gorras. La encargada me ofrece algunas. Siempre he querido una sahariana de las que cubren la nuca, pero cuando me veo en el espejo desisto de inmediato. Una gorra de ala regular es suficiente. Aún me ha ofrecido un sombrero estilo Tora san.
Vuelvo al bar de casi todos los días y como caballa y pollo en brocheta con dos cervezas. El elevador del museo de Asakura, ese mecanismo tan práctico, me sigue dando vueltas en la cabeza. El hexágono dentro del círculo. La estatua del hombre vestido de profesor apoyado en su bastón, porque había perdido una pierna a causa de la explosión de una bomba lanzada por un miembro de la Sociedad del Océano Negro. Demasiado conciliador para ellos.
Me bajo en Kanamachi con demasiado sol. Paseo por la Universidad de Ciencias. Al lado hay unos campos de deporte. Unos ancianos juegan a una especie de golf suave en un campo de fútbol. Usan unos palos que parecen de plástico. Se trata de embocar la pelota en unos cestitos plantados en la hierba. Van a buen paso. Recorren cuatro o cinco “hoyos” plantados en medio del campo de fútbol y vuelven a empezar. Me siento después a ver jugar al tenis a unos cuantos jóvenes que se turnan conforme van perdiendo el punto. En las gradas, un empleado pasa un soplador, aunque todo parece limpio y antes ha barrido con una escoba de sorgo. Este detalle del soplador deja claro el amor por los lugares públicos.
Hay elecciones dentro de poco. Los carteles de los candidatos están pegados con adhesivos hexagonales de 1,5 cm a la pared. Se quitan luego con facilidad. No sé si tengo sed o pocas ganas de fotografiar. La máquina falla y no sé qué hago aquí. No voy a conseguir retratar a nadie. Solo queremos ser retratados cuando somos felices. Anteayer se me acercaron padre e hija para preguntarme si me acordaba de ellos. El día anterior les había tomado unas fotos.- ¡Claro!- les dije intentando aparentar que sí me acordaba. Les pedí un email y les tomé una foto con el móvil para identificarles cuando vuelva a casa.
Camino de Shibamata voy paralelo al rio Edo junto a los campos de béisbol. Hay un carril alto para peatones y bicis sobre el dique que protege las casas de las avenidas del rio . Voy por el camino de abajo: pasan ciclistas; ningún ruido que no sea el cli, cli, cli de las cadenas bien cuidadas. Hay un sombrajo con un banco y una fuente junto a un parterre en el que dos hombres siembran flores de primavera. Me quito los zapatos y me quedo dormido enseguida. Neruda comparó las bicicletas con insectos en el verano, y el Ayuntamiento de Pamplona ha reproducido algún verso de la oda junto a unas bicicletas de aluminio en mitad de un paseo, una especie de monumento tautológico.
“Pasaron
junto a mí
las bicicletas,
los únicos
insectos
de aquel
minuto
seco del verano,
sigilosas,
veloces,
transparentes:
me parecieron
sólo
movimientos del aire”.
Antes, Neruda me gustaba.
Aquí hay aparcamientos para bicicletas en cualquier parte. Todas las que ya no se ven en Pekín parecen estar aquí. Me he despertado al cabo de una hora con el sonido de las azadas. Sigo andando hasta la estación y de ahí al templo. Subo a ver los relieves de madera que lo rodean, protegidos por pantallas de cristal, son una historia de Buda con garzas y dragones. El conjunto representa algunas parábolas del Sutra del loto, posiblemente el sacerdote al que escuché el otro día lo estaba recitando en el salón del templo.
Detrás del templo está el jardín Suikeien. Una cuadrilla trabaja en un árbol de copa baja y ancha al que están poniendo un andamio a la mitad de su altura. Hay una chica vestida de geisha que posa en un puentecillo sobre el lago de las carpas. entorna los ojos y junta las manos en señal de no sé qué.
Hoy, el bar de la estación está cerrado. Compro unas fresas. El frutero me las lava en las trastienda y me las como en el escalón de la entrada de una casa. La cámara ha seguido fallando. He hecho de todo: montar y desmontar el objetivo, probar con otro y probar con otros programas. La dejo descansar mientras me como las fresas. Una familia posiblemente indonesia o malasia se ha detenido frente a mí, a unos 10 metros. La madre ha sacado a uno de los niños de su silleta y este ha comenzado a correr de aquí para allá. Calza unas zapatillas que suenan a cada paso con el ruido de dos pollos de goma. El niño corre sin parar. Se aleja, vuelve y pasa junto a mí.
Las fotos, mal. No hago lo que quiero porque no sé qué quiero. La idea de añadir personajes al paisaje lo complica todo y además, este cielo. De dónde sale este cielo sin interés. Para ver un rastro de nube tienes que entornar los ojos hasta que el contraste deja percibir una mínima diferencia entre tonos. Mañana cambiaré de aires porque hacer cosas iguales da resultados iguales.
Me levanto tarde. Casi no llego al desayuno. No recordaba que el servicio termina a las 09:00. Me sirvo unas salchichas y cuando me doy la vuelta ya están retirando las verduras. Salchichas con mostaza pues. Queda un culín de arroz blanco y el dispensador de té aún funciona.
Vuelvo a la entrada del parking, a la vuelta de la esquina. Está pintada de azul. Me gusta su proporción. Es baja y ancha. Hay una plataforma circular para que los coches giren en el menor espacio posible. Además, el semáforo que da paso es azul turquesa y combina muy bien con el color de las paredes y el gris metálico de la plataforma. Ahora hay demasiada luz. Volveré de noche.
A la derecha, en el borde del barrio de la estación, hay un terraplén que salvan unas escaleras integradas en un edificio de 6 pisos. En todos hay negocios que a las 10:00 no están abiertos. Arriba, hay aparcamiento de bicicletas a lo largo del parque en el que estuvo la escuela de Ingeniería del Ejército Imperial Japonés. Quedan los pilares de la entrada. La Escuela funcionó hasta la guerra. En una placa se recuerda una batalla. Ahora el parque se llama Central Park. Hay juegos para niños. La arena está cubierta con una lona para que no se embarre. Un jardinero limpia las hojas de los pinos con una escoba vegetal. Vuelvo al hotel a por una chaqueta. En el rato que he estado fuera, unos operarios han montado dos hileras de taquillas para las maletas. Los había visto cuando he salido, mirando el plano de la instalación.
Me voy a Shibamata. Me equivoco de tren y una hora más tarde como en un restaurante junto a la estación del barrio. Me siento en la terraza, junto a las vías viendo los trenes que se cruzan. Arroz frito, sopa de misho y té helado. En el paso a nivel desmontan los ciclistas, esperan los peatones. Antes, desde lejos, se oyen los avisos en los pasos anteriores conforme se van cerrando; una sucesión de llamadas que dan idea del tiempo y el espacio. Luego las luces amarillas parpadean rápido y caen las barreras.
Fotografío algunos anejos del templo y luego me quedo delante de unos leones protectores del templo. Dice el cartel que uno de ellos perteneció a la familia Saíto, jefes de la aldea de Shibamata. Como el león se escapaba todas las noches y se comía el arroz del almacén, el jefe Saíto arrojó su cabeza al río Edo. Sin embargo, la cabeza del león remontó los rápidos hasta llegar a la orilla, los aldeanos, sorprendidos, la entregaron al Santuario Hachiman.
A la vuelta, en el metro, bajo la velocidad del obturador. A ver qué pasa.
A las 06:30 llueve bastante Salgo a dar una vuelta por Matsudo. Hay quien dice que este es un barrio sin interés, un sitio para dormir. 450.000 habitantes tienen que dar para más. Al atarceder, la plaza delante de la estación es un mini Tokio. Los edificios de 10 pisos están llenos de restaurantes, tiendas de electrónica, ropa, papelerías. Todo hacia arriba, hacia la grúa que señala por dónde se amplía la estación.
Estaría encantado de saber qué busco. Tengo el recuerdo de una conversación, sentados delante de un bungalow junto al rio San Lorenzo en Gaspesie, hablábamos de fotografía. F Me dijo: -¡Ah! Tú buscas lo exótico-. Le contesté lo primero que se me ocurrió: -Me parece que busco lo parecido-.
Nunca había dormido en un motel. Uno de verdad, con su jardincito, su mesa para cenar fuera, la cama ancha y la sensación de que puede venir un asesino con un hacha. No he olvidado el reproche ni la contestación, y aquí estoy, de paseo por Matsudo en busca de semejanzas.
La lluvia ha hecho desaparecer a peatones y ciclistas. En un parquin de bicicletas, el encargado me pide que me aparte: los clientes entran deprisa, después de tomar una curva de 90 grados. Le entrego una tarjeta impresa donde explico en qué estoy trabajando. La mira con desdén y ne la devuelve. No conozco a nadie, ni con nadie puedo hablar. Vuelvo al hotel antes de que termine el horario del desayuno. Dos mujeres hablan en francés. Podrían ser de Nueva Caledonia o de la Polinesia Francesa. Gritan muchísimo. ¿Tienen que sentarse a mi lado? Además, los pies de pata de las sillas no están protegidos, así que el desayuno es un estrépito ¿Tanto valen 160 conteras de goma?
Salvo el café, el desayuno es bueno. Hay té verde. Mientras me sirvo sopa de misho, un poco de arroz blanco y una ensalada con encurtidos, recuerdo la tablilla que dejé ayer para quemar en el templo de Shibamata. Hace años, se puso de moda por aquí un tipo de confesión comunitaria en la que los fieles escribían sus pecados en un papelito y luego el oficiante los quemaba todos en un recipiente. Escribí ayer algo que nunca había escrito, que nunca he dicho y lo dejé en el montón de quemar.
En medio de este chirriar de sillas y francés ultramarino, los dos recuerdos unidos por el bol de arroz, me llevan otra vez a Barthes: Ni para Barthes ni para las tablillas la escritura busca durar. No se trata de fijar un sentido, sino de provocar un movimiento: desgarro o alivio. La culpa deja de ser una carga y se convierte en eso, en escritura. La madera fina y el rotulador que los monjes te facilitan a cambio de 300 yenes convierten el sentimiento en algo casi gozoso: escribir y destruir. Un poco más de té verde y exotismo a gritos.
Dejo la maleta en la habitación y reviso cuántos enchufes hay. No hay una segunda almohada. En la recepción me dan una manta en una bolsa de cartón. Salgo para Shibamata y llego al atardecer; la luz cae muy deprisa. De la estación giro a la derecha. En el siguiente cruce, un reluciente camión de bomberos, con las luces de emergencia encendidas, bloquea el paso. Desde la intersección, un poco más adelante, llegan más reflejos rojos y luego el sonido de las sirenas. Cambio el rumbo y dejó el templo de Taishakuten para más tarde.
Hay cinco o seis camiones y tres ambulancias. La policía controla el tráfico. Un agente se despista y levanta la cinta del perímetro, así que llego hasta el lugar del incidente. Es un cuarto piso de uno de los pocos edificios altos del barrio. Hay una ventana reventada. Contra el marco quedan apilados restos de muebles. Por la escalera exterior han subido varios bomberos. Tomo algunas fotos sin darme cuenta de que lo hago junto a la camilla en la que yace un fallecido dentro de un saco de plástico. Le pregunto a un bombero: –Fire-. Le pregunto si ha sido el gas. Me mira sin comprender: –Fire-. Hace un gesto que abarca una gran bola imaginaria.
Pido a los bomberos que recogen ya las mangueras que me dejen fotografiarles. Llego hasta el puesto de mando que está instalado en un pequeño aparcamiento. Han abierto una mesa plegable sobre la que está extendido un plano del edificio. El jefe se da la vuelta y me dice que no puedo estar ahí. Me marcho después de insistir sin éxito. Hay un puesto de kushiage y me como un par de pinchos sentado en la acera.
He venido a Moarves solo por ver otra vez el color de la portada de la iglesia. La última vez, el viejo que explica la iglesia estaba sentado en el poyo de la casa de enfrente. Serían las siete de la tarde y la luz era ya rasante. Charlamos un rato y me explicó el apostolado como quien explica una huerta. -Y a la derecha Sansón y a la izquierda un negro-.
Luego he sabido que está en el hospital. Ni bebe, ni fuma, ni nada, pero está en el hospital.
Aquel día, después de media hora de conversación y cuando ya creí tener todo a mi favor, le pedí que me abriera la iglesia: -No, que es lunes-. Me dijo con una sonrisa de te tendrás que joder.
Así que me quedé un rato más mirando “la encendida encarnadura” de la portada de la iglesia de San Juan Bautista. La piedra está teñida. Me quedé con esa idea entonces, pero ahora no encuentro ninguna referencia. Quería escribirle a Himari para decirle que no somos tan distintos: que si los muros del templo de Ryōan-ji en Kioto están teñidos con aceite, la fachada de Moarves lo está también con alguna tintura. No he dado ni con una cosa ni la otra.
El conjunto del arco y el friso escultórico protegido por el alero volado tiene un aire oriental. Si haces un pequeño ejercicio de abstracción, casi es una pagoda sin fondo ni altura. He venido por el color y me he quedado por la forma. O por una sinapsis equivocada.
He cruzado después la carretera P-227 que parte el pueblo. De este otro lado está la antigua escuela. Por la ventana se ve una cabina de votación y unos bancos apilados. Cerca hay varios vecinos alrededor de 2 coches. Uno, cuando salía de un pajar marcha atrás, ha chocado con otro. Veo un parte amistoso y una mujer intenta recordar en qué compañía está asegurado el coche de su marido. En el otro, hay un perro que no deja de ladrar. ¿Por qué no lo sacan? La dueña le dice que se calle. -¡Calla, no se qué!-. Un diminutivo tan feo como el animal. ¿Tú te imaginas ser un perro y que te digan ¡Calla Purruski!? Yo qué me voy a callar. Contento que no te salte al cuello por pedirme que me calle, mientras me tienes encerrado en un coche con las ventanillas subidas y rodeado de una docena de personas que miran un bollo en el lateral izquierdo.
La iglesia más pequeña de Madrid es el Humilladero de Nuestra Señora de la Soledad. Tiene 40 metros cuadrados y ya no se celebran misas. Antes sí, pero ahora, entre que la acera es muy estrecha y que hay mucho tráfico, pues no. De la cercana iglesia de san Ildefonso, vienen a recoger las monedas que dejan los fieles delante de un cuadro de la Virgen al que tienen devoción. Hace unos años pasé por delante del portón abierto y me extrañó encontrarme al papa Francisco junto al altar. Ni siquiera sabía que estaba en España. Me detuve un momento y le fotografié. No pareció molestarle. Me moví un poco para cambiar el ángulo y entonces vi el borde del cartón pluma.
Entró una monja encogida y negra. No tendría 40 años. Se encorvó un poco más cuando me vio en la entrada. Llevaba una bufanda blanca sobre el hábito negro. La puerta estaba bien engrasada y no hizo ruido; solo sentí el aire desplazado que parecía tener las mismas proporciones que la hoja: un rectángulo alto y frío que me atravesó durante un momento.
El hombre que cuida la capilla de Empel habla un inglés que puedo entender. Su acento es muy malo y eso ayuda. Sentados frente a frente, miramos hacia afuera, llueve mucho y ahora no hay peregrinos. Le pregunto por unas botas militares que están colgadas de la verja. Las dejó hace un par de días un español. Una especie de ofrenda. Como el hombre es un tipo educado no me dice cuándo, pero las va a quitar. A quién se le ocurre colgar unas botas de la reja de una capilla.
Le pregunto si se dejaría fotografiar. No tengo éxito. Charlamos un rato más y me dice que se va a comer. Volverá a las cinco para apagar las velas que hayan encendido los fieles. Como no hay forma de trabajar afuera, repaso el libro de visitas.
«En las primeras generaciones del imperio, el antiguo politeísmo empezó a convertirse en monoteísmo mágico, sin que muchas veces cambiase nada en la forma exterior del culto del mito. Había surgido un alma nueva, que vivía las formas viejas de otra alma. Seguían los mismos nombres, pero cubriendo nuevos númina. Todos los cultos de la Antigüedad posterior, los de Isis y Cibeles, los de Mitra, Sol, Serapis, no son ya tributados a seres con fijeza y representados plásticamente. En la Acrópolis se adoraba a Hermes Propileo a la entrada. Pocos pasos más allá se encontraba el Santuario de Hermes, el marido de Aglaura; y sobre este lugar, se alzó más tarde el Erecteón. En el extremo sur del Capitolio, junto al Santuario de Júpiter Feretrio, que, en vez de estatua, tenía una piedra sagrada (sílex), estaba el de Júpiter Óptimo Máximo; Y cuando Augusto construyó para éste un templo gigantesco, hubo de dejar intacto, respetuosamente, el lugar donde el numen moraba primero.
Pero en la época cristiana primitiva ya Júpiter Doliqueno y Sol Invicto eran adorados dondequiera «hubiese dos o tres reunidos en su nombre». Todas esas de deidades fueron poco a poco, sintiéndose como un numen único; solo que cada creyente de un determinado culto estaba convencido de que la verdadera forma era la que él conocía. En este sentido, se hablaba de «Isis, la del millón de nombres». Hasta entonces los nombres habían sido denominaciones de otros tantos dioses, de otros tantos seres distintos, por el cuerpo y por la morada. Ahora son títulos de un solo, a la que cada cual se refiere.
Este monoteísmo mágico se revela en todas las creaciones religiosas, que desde el Oriente llenan el imperio: la Isis, Alejandrina; el dios del Sol (el Baal de Palmira), preferido de Aureliano; Mitra, protegida por Diocleciano, y cuya forma pérsica fue totalmente transformada en Siria; la Baalat, de Cartago ( Tanit, Dea caelestis), adorada por Septimio Severo. Éstas deidades no aumenten el número de los dioses concretos, a la manera antigua, sino que, por el contrario, los absorbe, en un modo que cada vez se aparta más de la representación plástica. Esto es alquimia en lugar de estática. A este nuevo sentir corresponde la aparición de ciertos símbolos -el toro, el cordero, el pez, el triángulo, la cruz- en lugar de las imágenes. La frase in hoc signo vinces no suena ya a «antigua». Va a preparándose la aversión a las representaciones de la figura humana, aversión que llegó más tarde a la prohibición de las imágenes en el islam y en Bizancio».
Hace tan buen tiempo en París que no dan ganas de entrar a la feria. Mejor pasear casi a cuerpo gentil por los Campos de Marte. Cuando atardece, junto al monumento a los Derechos del Hombre, un grupo de chicos montan un botellón con una música bien elegida. La construcción tiene un aire entre egipcio y agnóstico. Aunque a esta hora está cerrado, desde fuera resulta acogedor. En casa leo los comentarios que dejan los visitantes en estas páginas donde un puede escupir lo que le plazca: “Un monumento frío, helado incluso que es en realidad una especie de pequeño templo masónico abarrotado de detalles y referencias esotéricas, más o menos escondido en el corazón de París, y que tiene un solo mérito: revelar públicamente la pertenencia de la República Francesa a (la) Masonería”.
Hay mucho escrito sobre la etimología del término masón. Zbigniew Herbert se refiere a ella cuando habla de las catedrales en Un bárbaro en el jardín (pág. 139): “La terminología que se utilizaba para designar a los diferentes artesanos es bastante pobre y confusa. Muchas veces no se basaba en sus funciones sino en la realidad. Así, un término como el inglés hard hewers, definía los artesanos que trabajaban en las piedras pesadas, como por ejemplo las que hay en los alrededores del condado de Kent, a diferencia de los que labraban piedras más ligeras, que se destinaban a las esculturas, y los llamados freestone masons (posteriormente se utilizó el término abreviado Freemason, del que procede el nombre francés franc-maçon, que, no obstante, en la Edad Media no se conocía, y empezó a circular en el siglo XVIII para referirse a la francmasonería)…”
Unos metros al Este del monumento a los Derechos del Hombre, en la calle Bosquet, está Coedition, que es adonde iba. Es lo que tiene caminar sin rumbo. Quería ver la fachada de esta tienda de muebles. No sé si se puede llamar así: tienda de muebles. Me ha hecho recordar aquellas de hace años en las que se exhibían cuadros de ciervos saltando arroyos, perseguidos por perros de caza. Cabeceros de madera oscura y brillante. Cómodas y mesillas. Comprar el dormitorio. ¿Cómo se amueblan ahora las casas? Como se puede, supongo. Como lo hicimos nosotros. Las bombillas desnudas, algunas sillas regaladas. Oscar Wilde, mientras se marcha de casa de los Proust: – ¡Qué casa tan fea la suya!
«Pero la obra de Christo, en efecto, no es trascendente. No pretende mostrarnos la verdad que subyace bajo las apariencias, más bien se conforma con mostrarnos las enormes posibilidades que ofrece el trato imaginativo con esas mismas apariencias. Esta labor <intrascendente> puede espantar a los críticos amantes de lo épico más incluso que su sospechosa adaptación al mundo real. Pero lo que sin duda les parecerá más intolerable es que su participación resulte innecesaria: los trabajos de Christo tienen una dimensión mediática tan resonante y constituyen unos éxitos tan incontestables que no requieren mediación crítica. Christo ha conseguido imbricar la inutilidad de su esfuerzo con la urdimbre contemporánea, con los ritmos habituales de una sociedad economizada. Su obra resulta desde ese punto de vista, clásica en la medida en que, a diferencia de todo el arte de vanguardia que surge de la contra del sentido común, brota con naturalidad en la ribera de la corriente que arrastra a la misma sociedad y la agasaja con unos frutos que cualquiera es capaz de saborear sin esfuerzo».
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«Su educación socialista no sólo atenúa la suspicacia que despierta esta profesión de cinismo, sino que enfatiza el valor dialéctico de su controversia real y activa con lo dado. Los trabajos en los que Christo fue obligado a participar no trataban de conducir al espectador a otro mundo, de naturaleza espiritual, sino de incidir a través de la ficción en su percepción de la realidad. Los fines de semana era enviado con su cuadrilla a las granjas que bordeaban las vías del Orient Express con la misión de adecentarlas y maquillar su productividad al objeto de que los viajeros occidentales -que difícilmente obtenían otra perspectiva de Bulgaria- apreciaran su prosperidad. Este entrenamiento no sólo predispuso a Christo a trabajar en grupo y en el ambiente real, sino que, seguramente, le hizo meditar sobre el tema del encubrimiento, el escenario y la imagen».
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Estrategias del dibujo en el arte contemporáneo. Juan José Gómez Molina coordinador. Editorial Cátedra. Capítulo XIII Nada más profundo que la piel: los dibujos de Christo. Ramón Salas
«Creo que la mente es lo más valioso del mundo… Hace poco estuve en Israel y me llevaron de Belén a Jericó por veredas polvorientas hasta llegar a la frontera con Jordania, y el paisaje me pareció un desierto como otro cualquiera, pero con una diferencia: nunca olvido que este es de los más antiguos del mundo; que hace 7.000 años la gente ya construía todos nuestros recuerdos aquí, era una superficie de 300 km. Sólo queda tierra y rocas, no hay vestigios, pero uno lo sabe. Es absolutamente antidialéctico afirmar que no es diferente de cualquier zona desértica de Arizona. No es posible separar las cosas, pues toda nuestra percepción del mundo proviene de nuestra mente. No se puede divorciar algún tipo de existencia formal de la existencia mental, funcionan juntas y encajan bien».